El Archivo de Nájera (El Secreto de San Millán: Tomo II) CAPÍTULO 7 Rastros de libros puestos a salvo
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CAPÍTULO 7 Rastros de libros puestos a salvo

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El nombre seguía incompleto.

Irene había mejorado cuanto podía la lectura del registro de Valdeterra sin intervenir sobre el original, pero la humedad había desplazado parte de la tinta y no existía procedimiento capaz de devolver al papel lo que ya no conservaba.

La anotación seguía diciendo:

...án Riaño.

El apellido podía darse por seguro.

El nombre, no.

Sebastián se negó a avanzar un paso más.

Mauro no insistió aquella mañana.

Había comprendido que discutir con letras ausentes no conseguiría hacerlas aparecer.

Lo que sí tenían era la fecha.

Y eso permitía cambiar el método.

—No busquemos el nombre —dijo Sebastián.

Inés Montalbán levantó la vista.

—¿Entonces?

—Busquemos a todas las personas apellidadas Riaño que puedan aparecer en la documentación de ese intervalo.

Mauro apoyó los brazos sobre la mesa.

—Eso se parece bastante a buscar el nombre.

—No.

—Explíqueme la diferencia.

—No vamos a completar un documento dañado con el primer candidato que encaje. Vamos a reunir candidatos y eliminarlos con fuentes independientes.

Irene sonrió.

—Eso sí sonó a vos.

Inés comenzó por los repertorios notariales.

El apellido Riaño aparecía en la zona con suficiente frecuencia como para exigir prudencia, pero no tanto como para volver inútil la búsqueda.

Encontraron varios nombres.

Pedro.

Juan.

Hernando.

Esteban.

Y Bernardo.

Mauro permaneció callado.

Sebastián también.

Inés siguió revisando.

—Hay dos Bernardos.

Sebastián asintió.

—Mejor.

Mauro lo miró.

—¿Mejor?

—Nos obliga a demostrar cuál. Si es alguno.

Uno de ellos era demasiado joven para la fecha del relevo.

Solo aparecía documentado décadas después.

Quedó descartado.

El segundo sí era contemporáneo.

Bernardo Riaño, vecino de Nájera.

Nada más en el índice.

Sebastián negó.

—Todavía no alcanza.

Inés amplió la búsqueda.

Bernardo aparecía como testigo en compraventas, después en una obligación de deuda y más adelante en una escritura relacionada con transporte de mercancías.

Hasta que surgió una referencia diferente:

Reconocimiento de bienes recibidos de Rodrigo de Cañas.

Nadie habló.

Inés abrió la ficha.

El protocolo original no estaba completo, pero sobrevivía una transcripción antigua.

Sebastián empezó a leer.

El resumen inicial no mencionaba ningún libro.

Hablaba de bienes entregados temporalmente.

Después aparecía una cláusula:

y asimismo recibe el libro que dicho Rodrigo guardaba por cuenta ajena

Mauro soltó el aire.

—Ahora sí.

Sebastián siguió leyendo.

No aparecía San Millán.

Tampoco una descripción física suficiente.

Solo decía libro.

—Todavía falta identificarlo.

Mauro negó lentamente con la cabeza.

Irene preguntó:

—¿Hay una remisión?

Sí.

Sebastián leyó:

según obligación precedente otorgada ante Alonso de Heredia

Aquello cambió la situación.

Alonso volvía a conectar los documentos.

La obligación citada procedía directamente de una escritura que ya conocían.

Irene se acercó.

—Entonces estamos dentro de la misma secuencia documental.

—Sí.

—¿Y podemos demostrar que es el mismo libro?

Inés buscó la referencia exacta.

Correspondía a la transferencia de Pedro de Arenzana a Rodrigo de Cañas.

La misma escritura que describía el volumen grande de pergamino, incompleto al comienzo, y señalaba que debía acompañarlo una constancia.

Sebastián dejó la hoja sobre la mesa.

—Ahora sí.

Esta vez no necesitaba completar letras dañadas por semejanza.

Otra fuente demostraba el relevo.

Bernardo Riaño había recibido de Rodrigo de Cañas el mismo volumen procedente de San Millán.

Irene volvió a mirar la fotografía del registro deteriorado.

—Entonces dice Bernardo Riaño.

Sebastián precisó:

—Podemos identificarlo como Bernardo Riaño por documentación independiente. La lectura directa del nombre sigue incompleta.

Irene asintió.

La diferencia importaba.

Mauro dijo:

—Álvaro había llegado hasta él.

—Sí.

—Entonces tenía razón.

—En la identificación, sí.

Nada de aquello demostraba parentesco.

La advertencia escrita por Álvaro Riaño seguía siendo válida:

No asumir parentesco.

Mauro recordó la frase.

—Entonces la genealogía sigue sin ser prioritaria.

—Exactamente.

Mauro sonrió.

—Eso no significa que no la esté mirando.

Sebastián lo observó.

—Ya lo suponía.

La identificación de Bernardo no cerraba la búsqueda.

La ampliaba.

Su escritura tenía una particularidad.

El volumen de San Millán no había llegado solo.

Rodrigo de Cañas había transferido también otros bienes cuya guarda debía continuar.

Entre ellos figuraban dos libros.

Uno estaba descrito como:

libro pequeño de papel con cuentas antiguas

El otro era el códice.

La nota final aclaraba que ambos procedían de obligaciones diferentes.

No constituían un lote.

No tenían el mismo origen.

Solo coincidían en Bernardo.

Sebastián observó la escritura.

—Otra vez encontramos a una misma persona respondiendo por libros ajenos de procedencias distintas.

Irene asintió.

Eso alejaba todavía más cualquier idea de una cadena exclusiva dedicada a un único manuscrito.

Lo que aparecía era algo más ordinario.

Personas consideradas confiables, con capacidad material o posición suficiente para conservar bienes de terceros en situaciones concretas.

Irene preguntó:

—¿Qué sabemos de Bernardo?

Inés encontró varias referencias.

No era noble.

Tampoco religioso.

Ni escribano.

Trabajaba en actividades relacionadas con transporte y aprovisionamiento y mantenía vínculos comerciales con diferentes puntos de La Rioja.

Sebastián levantó la vista.

—Eso puede resultar importante.

—¿Por qué?

—Porque se mueve.

Mauro entendió.

—Y una persona que se desplaza puede obligar a mover el libro o a transferirlo antes de marcharse.

Sebastián no llevó la hipótesis más lejos.

Todavía no.

Seguían reconstruyendo responsabilidades dentro de Nájera.

Las rutas podían esperar.

Irene preguntó:

—¿Cuánto tiempo tuvo el códice?

Inés buscó el siguiente rastro.

No apareció.

En cambio encontraron algo diferente.

Un inventario particular de Bernardo.

Y dentro:

libros ajenos puestos a salvo en casa por riesgo de pérdida

Sebastián se quedó quieto.

La expresión era nueva.

No decía solamente que los libros permanecían en guarda.

Decía:

puestos a salvo

Por primera vez una fuente explicaba la finalidad con tanta claridad.

No propiedad.

No una simple operación comercial.

Protección ante un riesgo.

Mauro preguntó:

—¿Qué riesgo?

El documento no lo precisaba.

Podía haber múltiples causas.

Sin una fuente que lo aclarara, no tenía sentido escoger una.

Pero la expresión era suficiente para cambiar la pregunta.

Tal vez determinados movimientos de libros no se hubieran producido únicamente cuando un responsable dejaba de poder conservarlos.

En ciertos momentos, la razón podía haber sido protegerlos frente a una circunstancia concreta.

Y si aparecían otros casos independientes, la historia empezaría a mostrar algo más que relevos individuales.

Empezaría a mostrar episodios de protección documental.