El Archivo de Nájera (El Secreto de San Millán: Tomo II) BLOQUE 2
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El expediente de Echevarne no demostraba ningún delito.

Mauro dejó eso claro desde el comienzo.

La documentación había llegado al mercado a través de una sucesión tramitada años atrás.

Existía contrato.

Había facturas.

También una relación de bienes vendidos.

El problema estaba en cómo se había descrito el lote:

papeles antiguos, correspondencia y documentación familiar sin especial valor administrativo

Sebastián levantó la vista.

—¿Cuántas cajas?

—Cuatro.

—¿Y cuántos documentos vendió después Echevarne?

—Todavía no lo sabemos.

Irene miró las fotografías.

—La hoja vinculada con Sancho salió de ahí.

Mauro asintió.

—Eso parece.

—Y la segunda también.

—Sí.

La operación no la había realizado una sola persona.

Un representante había actuado por varias ramas de herederos.

Sebastián preguntó:

—¿Todos habían autorizado?

—Lo estoy comprobando.

—¿Y la abogada de la otra rama?

Mauro abrió otra carpeta.

—Inés Arbizu ya apareció.

La coincidencia de nombre con Inés Montalbán obligó a Mauro a sonreír.

—Por si quieren complicarme más la vida, ahora tenemos dos Inés.

Sebastián no respondió.

La abogada representaba a una de las ramas familiares relacionadas con la sucesión.

No había intervenido en la venta original.

Había entrado años después, durante otra partición.

Irene preguntó:

—¿Qué sostiene?

—Que parte de lo vendido podría no haber pertenecido a quienes firmaron.

La sala quedó quieta.

Sebastián entendió de inmediato.

Dentro de un mismo archivo familiar podían haberse acumulado, durante siglos, papeles de naturaleza muy distinta.

Documentos propios.

Papeles de administradores.

Copias notariales.

Bienes depositados.

Constancias relativas a terceros.

Y si una venta moderna trataba todo aquello como un único fondo familiar, podía reproducirse el mismo error que ellos estaban estudiando históricamente.

Mauro continuó:

—Todavía está revisando la documentación.

Sebastián respondió:

—Entonces no afirmemos nada.

—No estoy afirmando.

Inés Montalbán había localizado mientras tanto un inventario antiguo donde algunos legajos llevaban una anotación:

no propios

Irene se inclinó.

—Otra vez la distinción.

—Sí.

—¿Las piezas vendidas estaban en esa categoría?

—Eso tenemos que demostrar.

Inés comparó las signaturas antiguas con fotografías de los catálogos comerciales.

Una de las hojas vendidas por Echevarne conservaba una referencia archivística posterior.

No pertenecía al protocolo original.

Correspondía al orden interno de Valdeterra.

La serie decía:

papeles de obligaciones y bienes ajenos

Mauro permaneció inmóvil.

—Entonces esa hoja no estaba catalogada como documentación propia de la familia.

—No.

—Pero acabó vendida dentro de un lote familiar.

—Sí.

Aquello era más serio.

No demostraba mala fe de Echevarne.

Podía haber comprado exactamente lo que el representante de los herederos le había ofrecido.

Pero sí indicaba que la venta original había podido reunir documentos de naturalezas distintas.

Sebastián volvió al inventario medieval.

La simetría era incómoda.

Siglos atrás la casa había sido cuidadosa al separar lo propio de lo ajeno.

Generaciones después, esa diferencia podía haberse perdido.

Irene preguntó:

—¿Hay más piezas comerciales con esas signaturas?

Inés buscó.

Primero una.

Luego otra.

Después cuatro.

Cartas.

Una copia notarial.

Una relación de bienes.

Una hoja de cuentas.

Ninguna tenía demasiado valor aislada.

Juntas empezaban a reconstruir una parte del antiguo fondo.

Sebastián dijo:

—El archivo terminó disperso.

Mauro corrigió:

—No sabemos quién lo dispersó.

Sebastián asintió.

—Correcto.

Podía haber ocurrido durante la sucesión.

Antes.

En una mudanza.

En una clasificación antigua.

O incluso después de la venta.

Había que reconstruirlo.

Inés Arbizu aceptó hablar con Mauro.

La conversación se realizó por videollamada desde una sala aparte.

Sebastián e Irene continuaron trabajando.

Cuando Mauro regresó llevaba otra carpeta.

—Tiene un inventario de la sucesión.

Sebastián preguntó:

—¿El mismo que recibió Echevarne?

—No. Una versión anterior y más completa.

El documento ordenaba los lotes por ubicación física.

Uno procedía de una dependencia llamada:

archivo bajo

Había doce cajas.

Cuatro fueron vendidas.

Ocho quedaron.

Irene dejó el lápiz.

—¿Dónde están?

—Todavía en manos de la familia.

Sebastián sintió que la investigación volvía a abrirse.

Si aquellas cajas conservaban documentos anteriores o posteriores a los papeles dispersados, podían reconstruir parte del contexto perdido.

—¿Hay descripción?

—Muy general.

Mauro mostró una entrada:

documentación antigua relativa a administradores, depósitos, obligaciones y bienes externos

Sebastián miró a Inés Montalbán.

Eso era exactamente lo que necesitaban.

Valdeterra había conservado durante generaciones papeles relacionados con bienes que no habían pertenecido a la familia.

El códice era uno.

Tal vez hubiera muchos más.

Irene preguntó:

—¿Aparecen los mismos sellos?

Inés amplió varias fotografías.

Sí.

En muchos documentos aparecía la marca administrativa que habían visto junto al volumen.

No porque se tratara de libros.

Sino porque todos habían sido bienes ajenos sometidos a control interno.

Irene dijo:

—Entonces el sello puede ayudarnos a seguir esa documentación.

Inés respondió:

—Puede ayudarnos a reconocer una categoría. No necesariamente una serie completa.

Sebastián sonrió.

—Perfecto.

Irene lo miró.

—¿Qué?

—Ya habla como yo.

Ella ignoró el comentario.

Había encontrado algo en el inventario del volumen.

Una marca adicional.

Una única letra:

R.

Sebastián revisó otras entradas.

Algunas tenían D.

Otras T.

Varias R.

Algunas, ninguna.

Irene preguntó:

—¿Destino?

Inés dudó.

—Podría ser.

—¿Devuelto?

—También.

—¿Relevo?

—Es posible.

Sebastián negó.

—No completemos.

Necesitaban la clave.

Buscaron en las primeras hojas del inventario.

No estaba.

Tal vez se hubiera perdido.

O quizá sobreviviera dentro de otra copia.

Otra pieza separada.

Irene observó las reproducciones.

—Estamos reconstruyendo un archivo con documentos de épocas diferentes.

—Sí.

—Y todavía no vimos las cajas que quedan.

Mauro regresó.

—La familia autorizó una primera consulta.

—¿De las ocho cajas?

—Primero del inventario interno y después de los paquetes que resulten pertinentes.

—¿Dónde?

—En una propiedad familiar fuera de Nájera.

Sebastián cerró la carpeta.

El códice no estaba allí.

Eso ya lo sabían.

Había salido siglos atrás.

Pero parte de la documentación que explicaba su paso por Valdeterra podía seguir bajo los mismos sellos que una vez distinguieron cuidadosamente lo propio de lo ajeno.