CAPÍTULO 6 Bajo los sellos de una casa noble
BLOQUE 1
La Casa de Valdeterra no conservaba el códice.
Sebastián necesitó menos de una hora para comprenderlo.
Y casi otra entera para demostrar por qué aquello era más importante que haberlo encontrado allí.
Inés Montalbán había conseguido autorización para consultar una parte digitalizada del antiguo fondo familiar, incorporado años atrás a un archivo privado bajo depósito institucional.
El conjunto ya no permanecía intacto.
Había atravesado divisiones, herencias, ventas y reorganizaciones sucesivas.
Pero varias cajas conservaban todavía signaturas antiguas suficientes para reconstruir parte de su estructura.
En el primer inventario que revisaron, el apellido Villamediana aparecía repetidamente.
Bernardo figuraba como administrador.
No como propietario.
Eso confirmaba lo que ya sabían.
Más abajo aparecían bienes recibidos en nombre de terceros, algunos vinculados con operaciones comerciales y otros descritos simplemente como objetos bajo responsabilidad de la administración.
Sebastián buscó el volumen.
No apareció.
Mauro dijo:
—Entonces nunca entró en la casa.
Sebastián negó.
—No sabemos eso.
—No está inventariado.
—No como propiedad familiar.
Irene comprendió.
—Estamos mirando la sección equivocada.
Inés asintió.
Los fondos domésticos podían separar los bienes propios de depósitos, encargos, cuentas de administración y objetos ajenos conservados temporalmente.
El problema era que esas divisiones no siempre sobrevivían durante siglos.
Encontraron otra sección:
Bienes de terceros puestos bajo responsabilidad de oficiales y administradores de la casa.
Mauro se acercó.
—Eso suena bastante mejor.
Sebastián empezó a leer.
Había una espada depositada durante un pleito.
Una arqueta.
Dinero perteneciente a una tutela.
Cajas cerradas.
Documentos.
Y después:
un libro grande de pergamino que tiene Bernardo de Villamediana por obligación ajena
Irene dejó de mover las fotografías.
—Ahí está.
La descripción no mencionaba San Millán.
Tampoco indicaba que faltaran hojas al comienzo.
Pero la fecha coincidía.
El responsable coincidía.
Y una remisión marginal llevaba a una escritura certificada por Alonso de Heredia.
Irene dijo:
—La identidad es bastante sólida.
Sebastián negó.
—Todavía probable.
Mauro lo miró.
—Después de todo lo que encontramos.
—La descripción sigue siendo genérica.
Inés buscó todos los libros ajenos incluidos en aquel inventario.
Había seis.
Dos eran de papel.
Uno pequeño.
Otro estaba encuadernado con tablas.
Dos carecían de descripción suficiente.
Solo uno aparecía definido como grande y en pergamino.
Sebastián asintió.
—Ahora sí.
El códice había permanecido físicamente dentro del ámbito de Valdeterra.
No dentro de la biblioteca familiar.
No como patrimonio nobiliario.
Como bien ajeno bajo responsabilidad de Bernardo de Villamediana.
Ésa era precisamente la diferencia que el tiempo podía borrar.
Irene señaló una columna lateral.
—¿Qué significa esta marca?
Junto a determinados bienes aparecía la reproducción de un pequeño sello.
Inés amplió la imagen.
—Era una marca administrativa de comprobación.
—¿De propiedad?
—No.
—¿Entonces?
—Indica que el bien fue verificado físicamente al realizar el inventario.
Sebastián permaneció quieto.
—Entonces no tenemos solamente una referencia documental.
—No.
—Tenemos constancia de que el objeto estaba allí.
—Exactamente.
En una fecha concreta, alguien había comprobado físicamente la presencia del volumen dentro de la casa.
La cadena tenía ahora un lugar.
No solo una persona.
Mauro preguntó:
—¿Durante cuánto tiempo?
Los inventarios permitían aproximarlo.
El libro aparecía en una relación.
Volvía a figurar en la siguiente.
Después desaparecía.
Habían transcurrido varios años.
Irene comparó las fechas.
—¿Coincide con Gonzalo López de Haro?
Sebastián revisó.
—No exactamente.
La última constatación física era anterior.
Después aparecía una nota:
puesto en manos del encargado designado
No daba nombre.
Pero sí registraba una salida.
Irene resumió:
—Entonces estuvo en Valdeterra mientras Bernardo respondía por él.
—Sí.
—Y después salió.
—Sí.
Mauro volvió al sello.
—Esto demuestra que no era una ficción contable.
Sebastián asintió.
El libro había estado allí.
Una casa noble.
Un administrador.
Un bien ajeno.
Nada secreto.
Nada ceremonial.
Solo una responsabilidad documentada.
Inés abrió otra relación.
—Hay algo más.
Era el inventario de libros propios de Valdeterra.
Sebastián buscó la pieza.
No estaba.
Mauro levantó la vista.
—Eso es bueno.
—Mucho —respondió Inés.
Dos documentos contemporáneos distinguían con claridad las categorías.
En uno, el volumen aparecía entre bienes ajenos.
En el otro, no figuraba dentro de la biblioteca de la casa.
Irene dijo:
—Entonces todavía nadie lo había confundido con patrimonio familiar.
—No en esta etapa.
Sebastián apoyó ambas manos sobre la mesa.
Aquello era decisivo.
La presencia física en una casa noble no había implicado incorporación patrimonial.
Al menos inicialmente.
Esa distinción sería fundamental para comprender cómo, mucho después, una descripción familiar podía llegar a decir algo distinto.
El teléfono de Mauro vibró.
Leyó el mensaje.
—Echevarne encontró el expediente de compra.
Sebastián levantó la vista.
—¿De las piezas de Larraz?
—Sí.
—¿De dónde procedían?
Mauro tardó apenas un segundo.
—De una sucesión vinculada con Valdeterra.
Nadie habló.
Por primera vez, la dispersión contemporánea y la documentación histórica tocaban exactamente el mismo fondo.