BLOQUE 3
Álvaro Riaño había llegado hasta Bernardo.
La prueba apareció al final de la tarde.
Mauro recibió de Clara una fotografía de otra hoja encontrada entre las cajas de su padre.
No era el cuaderno negro.
Era una página de trabajo.
En la parte superior decía:
B. de V.
Debajo:
No buscar propietario. Buscar administrador.
Sebastián leyó dos veces.
Irene se acercó.
—¿Sabía que era Bernardo?
—Por lo menos había identificado correctamente la función.
Mauro amplió la fotografía.
Riaño había anotado tres candidatos.
Dos estaban tachados.
Uno aparecía subrayado:
Bernardo de Villamediana.
Al lado:
Casa de Valdeterra. No confundir con incorporación al patrimonio familiar.
Sebastián sintió una mezcla incómoda de satisfacción y frustración.
Riaño había llegado antes al mismo punto.
No al final.
Pero sí hasta Bernardo.
Irene preguntó:
—¿Por qué no dejó esto con el resto?
Mauro negó.
—No lo sé.
—¿Cuándo lo escribió?
—Meses antes de morir.
Sebastián continuó leyendo.
Había una remisión:
Ver protocolo A.H. — segunda entrega.
Alonso de Heredia.
Riaño había reconstruido el relevo.
Más abajo aparecía una frase:
Alonso no protege el libro. Protege la prueba de quién lo recibe.
La sala quedó en silencio.
Irene miró a Sebastián.
—Había entendido exactamente la función del escribano.
—Sí.
Alonso no era la persona que conservaba el volumen de manera estable.
Era quien permitía demostrar la continuidad entre dos responsables.
Sus protocolos funcionaban como una columna vertebral documental.
No porque conociera necesariamente toda la historia del manuscrito.
Sino porque había formalizado varios momentos concretos de su recorrido.
Irene dijo:
—Entonces seguir sus escrituras puede mostrarnos otros casos.
—Sí.
—Y permitirnos saber cuánto de esto era excepcional.
—Exactamente.
Inés regresó con una carpeta.
—Ya tengo una primera selección.
Había revisado documentos del mismo período donde Alonso aparecía relacionado con libros, entregas, guarda o bienes ajenos.
No era un estudio exhaustivo.
Pero podía servir para orientar la investigación.
Habían aparecido nueve casos.
Cuatro ya conocidos.
Cinco nuevos.
Sebastián empezó a revisar.
Uno no servía.
Otro trataba de libros comerciales.
Un tercero documentaba la entrega temporal de un salterio perteneciente a una iglesia.
El cuarto afectaba a cuadernos notariales.
El quinto hizo que todos se detuvieran:
Tres volúmenes procedentes de monasterio, puestos en resguardo por riesgo de pérdida.
Mauro se acercó.
—¿Qué monasterio?
La copia no lo decía.
—¿Fecha?
Cercana.
—¿Quién los recibe?
Otra persona.
—¿Destino?
No figuraba.
Irene miró a Sebastián.
—Ya no son dos casos.
—No.
—¿Cuántos hacen falta?
—Los suficientes para saber qué estamos viendo.
Irene sonrió.
—Claro.
Sebastián sabía que algo empezaba a definirse.
Todavía no podía hablar de rutas predeterminadas.
Mucho menos de una organización.
Pero sí de una práctica posible.
Libros desplazados por motivos de protección o necesidad.
Bienes confiados a personas concretas.
Obligaciones documentadas.
Copias conservadas en lugares diferentes.
Inés señaló otra referencia.
—Esta escritura dejó una copia en Santa María.
Sebastián levantó la vista.
—¿También?
—Sí.
—¿Y el documento principal?
—Terminó en un fondo familiar.
Otra vez el mismo patrón.
Una constancia institucional.
Otra línea documental asociada a quienes habían intervenido en la entrega.
Irene dijo:
—Entonces la duplicación no era algo excepcional del volumen de San Millán.
Sebastián negó.
—Al menos no en estos casos.
Eso no significaba que todos los manuscritos siguieran la misma ruta.
Sí indicaba que dejar más de una constancia podía ser una práctica comprensible cuando se trataba de bienes ajenos o valiosos.
Mauro regresó a su carpeta.
—Ya tengo la procedencia inmediata de las piezas que llegaron a Echevarne.
Sebastián lo miró.
—¿De dónde?
—Pasaron por una sociedad dedicada a compraventa de documentación histórica. Cerró hace seis años.
—¿De dónde las obtuvo esa sociedad?
—De una sucesión.
Sebastián esperó.
Mauro añadió:
—Una familia vinculada a Nájera.
Inés levantó la vista.
—¿Apellido?
Mauro se lo mostró.
Ella lo reconoció.
—Aparece en documentación de casas nobles de la zona.
Sebastián observó las fotografías.
Pasado y presente empezaban a tocarse.
No porque existiera una conspiración prolongada durante siglos.
Porque los mismos fondos familiares que habían conservado documentación antigua podían terminar dispersándose en el mercado contemporáneo.
Sebastián preguntó:
—¿La sucesión estaba completamente cerrada cuando se vendieron los papeles?
—Lo estoy comprobando.
—¿Hay constancia de autorización de todos los titulares?
—También.
Mauro no quiso decir más.
Todavía no había suficientes elementos.
Sebastián regresó a la hoja de Riaño.
La última anotación estaba escrita con otra tinta.
Probablemente en un momento posterior.
Decía:
Bernardo recibe. No entrega todo.
Sebastián se quedó inmóvil.
Irene leyó sobre su hombro.
—Eso sí cambia algo.
—Todavía no sabemos qué significa.
Debajo había una referencia:
Casa de Valdeterra — inventario.
No protocolo.
Inventario.
Sebastián comprendió.
Cuando Bernardo de Villamediana asumió la responsabilidad, los bienes que llegaban documentados junto al volumen no parecían haber continuado todos unidos en el relevo posterior.
Podía haberse separado el libro.
Una copia.
Otro documento.
O varias cosas.
Todavía no lo sabían.
Inés encontró una transcripción posterior del inventario.
La primera línea relevante decía:
Bienes ajenos conservados por Bernardo de Villamediana.
La segunda:
Libros y papeles entregados conforme a escritura de Alonso de Heredia.
Sebastián sintió que la secuencia volvía a afirmarse.
Sancho.
Alonso como intermediario.
Diego.
Alonso otra vez como escribano.
Bernardo.
Pero la línea siguiente era distinta:
No todos pasaron a la entrega posterior.
Nadie habló.
Mauro preguntó:
—¿Qué quedó?
Sebastián siguió.
El detalle remitía a una hoja separada.
La hoja no estaba.
Irene dejó escapar el aire.
—Por supuesto.
Esta vez Sebastián no sintió frustración.
Habían encontrado algo más importante que un nombre.
Habían encontrado una ruptura.
Hasta entonces, el volumen y la documentación de procedencia parecían haber avanzado juntos, aunque por diferentes vías.
En el entorno de Bernardo algo empezó a separarse.
Un libro.
Una escritura.
Una copia.
Todavía no sabían cuál.
Pero aquel momento podía ser decisivo.
Porque si el objeto había comenzado a viajar por un lado y la prueba de su historia por otro, la pérdida de procedencia ya no era una posibilidad futura.
Había empezado.
Sebastián cerró la carpeta de Alonso de Heredia.
El escribano ya había cumplido su función.
No había protegido el manuscrito.
Había protegido la trazabilidad.
Ahora tenían que descubrir qué ocurrió cuando esa trazabilidad dejó de viajar completa con aquello que pretendía identificar.
Álvaro Riaño había resumido el problema en seis palabras:
Bernardo recibe. No entrega todo.