El Archivo de Nájera (El Secreto de San Millán: Tomo II) BLOQUE 2
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BLOQUE 2

Diego de Arce mantuvo la responsabilidad durante menos tiempo del que Sebastián esperaba.

La escritura de recepción era clara.

Aceptaba el libro.

Debía conservarlo separado de sus propios bienes.

No podía disponer libremente de él.

La pertenencia seguía vinculada a su origen.

Y si dejaba de poder responder por el volumen, debía formalizar un nuevo relevo.

Nada de eso planteaba dudas.

Pero una anotación posterior modificaba la cronología:

No pudiendo continuar por ausencia prolongada...

Irene levantó la vista.

—¿Se fue de Nájera?

Inés buscó otras referencias.

Diego aparecía meses después en documentación mercantil fuera de la ciudad.

No podían determinar cuánto tiempo permaneció ausente.

Pero la situación había sido suficiente para provocar otro relevo.

Irene dijo:

—Entonces esto no pasaba solamente cuando alguien moría.

—No.

—Ni cuando había una herencia.

—No.

—Podía terminar porque la persona ya no estaba en condiciones de cumplir.

Sebastián asintió.

Eso confirmaba algo importante.

La responsabilidad no tenía por qué transmitirse dentro de una familia.

Tampoco pasaba automáticamente a los hijos.

Debía volver a formalizarse.

Mauro preguntó:

—¿Quién elegía al siguiente?

Sebastián siguió la escritura.

Diego proponía a una persona:

conocida y capaz de responder

Pero la aceptación debía quedar documentada.

Mauro preguntó:

—¿San Millán aprobaba cada relevo?

Sebastián negó.

—No sabemos si existía una nueva autorización para cada cambio.

—Pero el volumen seguía vinculado a San Millán.

—Sí.

Inés señaló otra cláusula:

conforme a la condición ya asentada y sin mudar la pertenencia del libro

Aquello era suficiente.

El responsable podía cambiar.

La pertenencia, no.

Irene revisó las fechas.

—¿Cuánto tiempo tuvo Diego el volumen?

Sebastián calculó.

—Menos de dos años.

—Mucho menos que otros.

—Sí.

—Entonces no había una duración fija.

—No parece.

La cadena dependía de circunstancias humanas.

Una persona podía responder durante meses.

Otra durante años.

Eso hacía el recorrido más irregular.

También más creíble.

Inés trajo la escritura posterior.

Estaba incompleta.

El borde de la hoja se había perdido.

Justamente donde empezaba el nombre del nuevo receptor.

Se leía:

...ardo de Vill...

Mauro se acercó.

—¿Eduardo?

Sebastián lo miró.

—No complete.

—Pregunté.

—Tampoco.

Irene sonrió.

Inés buscó posibles coincidencias dentro de los índices.

Aparecieron varios nombres.

Bernardo de Villamediana.

Gerardo de Villaseca.

Leonardo de Villar.

Ricardo de Villafranca.

Demasiadas posibilidades.

Irene examinó la reproducción.

—El nombre no fue borrado.

Mauro preguntó:

—¿Segura?

—El borde está roto. La pérdida es física.

Eso descartaba otro misterio innecesario.

No cada vacío documental era deliberado.

A veces una hoja simplemente se rompía.

Sebastián continuó leyendo.

Más abajo el receptor aparecía abreviado:

B. de V.

Algunas posibilidades desaparecieron.

Pero todavía quedaban varias.

Mauro preguntó:

—¿No existe otro documento donde aparezca completo?

Sebastián buscó remisiones internas.

Encontró una.

Un reconocimiento posterior.

Número.

Fecha.

Inés siguió la referencia.

El protocolo había sido trasladado a documentación familiar.

Otra vez.

Sebastián preguntó:

—¿Qué fondo?

Inés leyó:

Casa de Valdeterra.

Irene levantó la vista.

—¿Casa noble?

—Sí.

Sebastián anotó el nombre.

Todavía no debían concluir nada sobre el manuscrito.

La presencia de una escritura dentro de un fondo nobiliario no demostraba que el libro hubiera pasado a ser propiedad de la casa.

Primero necesitaban identificar al receptor.

Inés buscó los inventarios administrativos vinculados con Valdeterra.

Encontró un nombre:

Bernardo de Villamediana.

Sebastián se quedó quieto.

—¿Qué relación tenía con la casa?

—Administrador.

—¿Propietario?

—No.

Eso encajaba.

Mauro sonrió.

—Entonces B. de V.

Sebastián respondió:

—Probablemente.

Mauro lo miró.

—¿Otra vez?

—Hasta tener una conexión directa.

Irene regresó al protocolo.

—¿Hay alguna más?

Inés encontró a Bernardo como testigo en actos de Diego de Arce.

Se conocían.

Otra escritura lo describía como encargado de negocios ajenos.

La posibilidad aumentaba.

Pero Sebastián seguía queriendo una prueba directa.

La encontró en una nota marginal del reconocimiento posterior:

recibió de D. de Arce el libro expresado

Sebastián dejó la hoja.

—Bernardo de Villamediana.

Mauro lo miró.

—¿Sin reservas?

—Sin reservas.

El siguiente responsable estaba identificado.

No era heredero de Diego.

Tampoco comprador.

Era un administrador relacionado con una casa noble.

Aquello ampliaba otra vez el tipo de personas que podían asumir la responsabilidad sobre el volumen.

No había un perfil social único.

Lo que permanecía era la obligación.

Irene observó la documentación.

—Entonces el libro entra en el entorno de una casa noble sin convertirse automáticamente en parte de su patrimonio.

—Exactamente.

—Pero si Bernardo trabajaba allí, podía conservarlo físicamente dentro de la casa.

—Sí.

—Y con el tiempo alguien podía acabar creyendo que pertenecía a esa biblioteca.

Sebastián asintió.

Ahí estaba el riesgo.

Un objeto ajeno podía permanecer durante suficiente tiempo dentro de una casa como para que generaciones posteriores dejaran de recordar por qué estaba allí.

La memoria de una obligación podía deteriorarse mucho antes que el objeto.

Mauro dijo:

—Entonces el problema no empieza cuando alguien roba.

—No necesariamente.

—Empieza cuando deja de entenderse qué clase de bien es.

Sebastián miró el nombre de Bernardo.

—Eso puede ocurrir.

Bernardo de Villamediana.

Administrador.

Nuevo responsable.

Y, detrás de él, por primera vez, una casa noble.