CAPÍTULO 3 Tras la escritura de Alonso de Heredia
BLOQUE 1
Alonso de Heredia no había dejado un archivo propio.
Eso fue lo primero que complicó la búsqueda.
Había dejado escrituras.
Muchas.
Pero no un conjunto organizado bajo su nombre.
Los protocolos en los que había intervenido estaban repartidos entre fondos diferentes, reorganizados siglos después con criterios que nada tenían que ver con la forma en que Alonso había trabajado.
Sebastián observó la lista que Inés Montalbán había preparado.
Veintisiete referencias seguras.
Seis dudosas.
Tres transcripciones posteriores atribuidas a él.
Y, entre todo aquello, al menos cuatro documentos donde aparecían libros o papeles entregados en guarda.
Mauro miró la lista.
—No parece mucho.
Sebastián levantó la vista.
—¿Comparado con qué?
—Con veintisiete.
—No sabemos cuántas de esas veintisiete escrituras contienen bienes librarios aunque el índice no los mencione.
Inés asintió.
—Los repertorios modernos resumen.
Irene intervino:
—¿Mal?
Inés negó.
—Demasiado.
Esa diferencia era importante.
Un índice podía decir obligación entre particulares y ocultar dentro una cláusula sobre libros.
Podía registrar una entrega de bienes sin mencionar que entre esos bienes había un manuscrito.
Incluso podía conservar dos nombres y omitir un tercero porque, para quien hizo el resumen, parecía secundario.
Siglos después, quien buscara únicamente “libro”, “pergamino” o “San Millán” podía no encontrar nada.
Sebastián tomó la primera referencia.
—Hay que leerlas completas.
Mauro lo miró.
—¿Las veintisiete?
—Sí.
—¿Hoy?
Sebastián negó.
—No dije hoy.
Irene sonrió.
—Eso ya es progreso.
Inés ordenó los protocolos cronológicamente.
Sebastián no quería empezar por las escrituras que ya conocían.
Necesitaba comprender qué hacía Alonso antes y después de intervenir en la transferencia del volumen.
Si aquel relevo había sido una excepción, la escritura podía responder a una circunstancia puntual.
Si se repetía un mecanismo semejante en otros casos, la función del escribano podía revelar una práctica administrativa más amplia.
La primera escritura no contenía libros.
La segunda tampoco.
La tercera registraba una entrega de herramientas y documentación mercantil.
La cuarta, papeles familiares.
Nada relevante.
La quinta hizo que Irene levantara la vista.
—Acá.
Sebastián se acercó.
No era un manuscrito religioso.
Era un libro de cuentas perteneciente a una casa comercial.
Había sido entregado temporalmente a un tercero mientras se resolvía una disputa.
La cláusula decía:
recíbelo en guarda sin adquirir derecho sobre él
Mauro señaló la frase.
—Misma idea.
—Sí —respondió Sebastián—. Pero otro contexto.
—Entonces no tiene relación.
—No con el códice. Sí con el lenguaje jurídico.
Sebastián anotó.
Aquella fórmula no pertenecía a una tradición especial vinculada con manuscritos religiosos.
Era una herramienta jurídica ordinaria.
Eso hacía el recorrido del volumen todavía más plausible.
La cadena no necesitaba una organización propia ni un vocabulario secreto.
Utilizaba instrumentos notariales que ya existían.
Irene entendió.
—Entonces “guarda” no identifica nada excepcional.
—No.
—Lo excepcional será que el mismo objeto pase varias veces de una persona a otra y quede documentado.
—Exactamente.
Una entrega podía ser corriente.
Varias transferencias sucesivas del mismo bien, conservando además la memoria de su procedencia, planteaban otra clase de problema.
La sexta escritura no ayudó.
La séptima sí.
Alonso certificaba la entrega de tres libros pertenecientes a una capellanía.
No se vendían.
Tampoco se donaban.
Se trasladaban porque el lugar donde se conservaban debía ser reparado.
Uno tenía que regresar.
Los otros dos quedaban:
hasta disposición posterior
Sebastián se detuvo.
Inés se acercó.
—No tiene relación con San Millán.
—No importa.
Irene comprendió.
—Es otro caso de libros desplazados por una razón práctica.
—Sí.
Mauro preguntó:
—¿A dónde fueron?
A una casa particular.
La persona que los recibió no tenía función religiosa.
No constaba parentesco con quienes los habían entregado.
El documento obligaba a mantener los libros separados de sus bienes propios.
La misma precaución.
La misma distinción entre tener algo y ser propietario.
Irene preguntó:
—¿Volvieron?
Sebastián siguió las referencias.
Dos, sí.
El tercero no aparecía en la devolución.
Mauro preguntó:
—¿Se perdió?
Sebastián negó.
—No sabemos.
La ausencia volvía a no ser suficiente.
Podía haber otra entrega.
Otro registro.
Otra descripción.
Sebastián anotó la referencia del tercer libro.
No quería abrir todavía una investigación paralela, pero tampoco podía ignorarlo.
Las escrituras siguientes mostraron a Alonso en funciones diferentes.
En una era testigo.
En otra, escribano.
En una tercera recibía temporalmente documentos antes de entregarlos a otra persona.
Irene señaló esa última.
—Eso se parece a lo que hizo con Sancho.
—Sí.
—Recibe durante poco tiempo.
—Y después transfiere.
—Entonces funcionaba como puente.
Sebastián corrigió:
—En algunos casos.
No siempre.
No debían transformar una práctica ocasional en la profesión de Alonso.
Seguía siendo escribano.
Pero su oficio lo colocaba en una posición privilegiada.
Sabía quién entregaba.
Quién recibía.
Qué obligación existía.
Y cómo dejar constancia suficiente para que el acto pudiera probarse después.
Irene dijo:
—Por eso Riaño lo siguió.
Sebastián asintió.
Álvaro Riaño había entendido algo que ellos apenas empezaban a ordenar.
Si una persona responsable desaparecía de los inventarios domésticos, todavía podía aparecer en la escritura del hombre que formalizó el relevo.
No bastaba con seguir a quienes conservaban los libros.
Había que seguir también a quienes documentaban el cambio de responsabilidad.
Mauro abrió su carpeta.
—Y alguien más parece haber entendido que los protocolos de Heredia importaban.
Sebastián levantó la vista.
—¿Quién?
—Echevarne.
Colocó una fotografía sobre la mesa.
Otra pieza comercial.
No la que habían visto el día anterior.
La ficha decía:
Protocolo riojano relativo a entrega de bienes. Colección privada.
Alonso de Heredia aparecía como escribano.
Sebastián preguntó:
—¿Cuándo se vendió?
—Hace tres años.
—¿A quién?
—A un coleccionista de Zaragoza.
—¿Procedencia?
Mauro señaló la ficha.
Antigua colección familiar.
Inés negó lentamente.
—Eso no explica de dónde salió.
—Comercialmente puede bastar para una descripción.
Sebastián observó la fotografía.
En el margen había una numeración antigua.
Inés la reconoció.
—Esto formaba parte de una serie.
—¿Cuál?
—Todavía no sé.
—Pero no nació como pieza independiente.
—No.
La investigación contemporánea empezaba a mostrar un problema concreto.
Documentos pertenecientes a conjuntos mayores aparecían en el mercado como unidades aisladas.
Eso no demostraba por sí mismo ninguna ilegalidad.
Pero cada separación eliminaba relaciones internas.
Y esas relaciones podían ser exactamente las que permitían reconstruir una procedencia.
Sebastián señaló las dos fotografías de piezas comercializadas.
—Necesito saber si salieron del mismo fondo.
Mauro asintió.
—Ya estoy trabajando en eso.
Irene añadió:
—Y yo quiero comparar soportes, plegados y marcas.
—Con fotografías, por ahora —dijo Mauro.
—Por ahora.
Sebastián volvió a la lista de Alonso.
Todavía quedaba la cuestión principal.
Diego de Arce.
El hombre que había recibido el volumen después de Sancho.
Y la escritura que debía explicar qué ocurrió cuando Diego dejó de poder conservarlo.