Capítulo XXXII
El comerciante
Esa noche el sueño no llegaba. La hora en su celular marcaba las dos de la mañana.
Fernando daba vueltas en la cama, repasando una y otra vez las palabras de Erika: la muerte no existe, está dirigido para todas las personas o entidades que entren o salgan de la isla.
Las letras doradas del arco se le aparecían cada vez que cerraba los ojos, grabadas con una nitidez que no admitía la posibilidad de haberlas imaginado.
Un ruido en el primer piso lo sacó de su duermevela. Pasos. Una puerta que se cerraba con cuidado, como si alguien quisiera no ser escuchado. Se levantó descalzo y bajó la escalera procurando que la madera no delatara su presencia.
En el comedor, a la luz de una sola vela, estaba Joaquín Rodríguez. Tenía delante un mapa antiguo de la isla, desplegado sobre el mantel, y lo observaba con una concentración que no admitía interrupciones. Al sentir la presencia de Fernando, no se sobresaltó. Apenas levantó la vista .
—Pensé que esta noche no bajaría nadie —dijo, doblando el mapa con parsimonia.
—No podía dormir. ¿Y usted? Me habían dicho que ya no se estaba alojando aquí.
Una sonrisa apenas perceptible cruzó el rostro del comerciante.
—Las personas dicen muchas cosas que no comprenden del todo, doctor. Siéntese, si gusta. Tengo la sensación de que esta conversación lleva esperándonos un buen tiempo.
Fernando dudó un instante y tomó asiento frente a él. La llama de la vela se inclinó con la corriente que entraba por la ventana mal cerrada.
—Lo he visto salir de su cuerpo —dijo Fernando, sin rodeos—. Una luz, atravesando esta misma pared. Más de una vez.
—Lo sé. Yo también lo he visto a usted, aunque usted no lo recuerde.
—¿De qué me está hablando?
—De la razón por la que un médico santiaguino, recién titulado, termina exactamente en esta pensión, en esta isla, la misma noche en que yo decidí venderle pescado a esta casa por primera vez en quince años.
—Rodríguez entrelazó las manos sobre la mesa—.
Usted cree que llegó aquí huyendo. Y es cierto, en parte.
Pero hay quienes huyen hacia algún lugar sin saber que ese lugar los estaba esperando.
—Habla usted de la Recta Provincia.
El nombre, dicho en voz alta, pareció cambiar el aire del comedor. Rodríguez cerró los ojos un segundo, como quien escucha algo lejano.
—No pronuncie ese nombre con liviandad, doctor. No aquí, no de noche.
—Averigüé que es solo una leyenda distorsionada con el tiempo.
—¿De seguro me va a decir que su fuente proviene de la internet?
¿No es así? Le diré algo muy cierto. Las cosas no son como parecen, son mucho más complejas, y de a poco las irá descubriendo, nadie se las dirá, solo usted deberá enfrentarse cara a cara con todas ellas.
—Rodríguez se inclinó hacia adelante; la luz de la vela le hundió las facciones—.
La Recta Provincia no aplica justicia entre los vivos, doctor.
La aplica entre los que cruzan. Y usted, sin que nadie le pidiera permiso, lo ha hecho .
—¿Y eso qué significa para mí?
—Que lo han estado observando. Que cada salto suyo, cada túnel, cada ciudad desconocida en la que ha puesto un pie, ha quedado registrado en alguna parte que ninguno de los dos podría señalar en un mapa.
El arco que vio en Chacao no es un adorno, doctor Gutiérrez.
Es una frontera. Y las fronteras existen para que alguien decida quién las cruza y quién se queda del otro lado.
Fernando sintió que se le secaba la boca.
—¿Usted forma parte de eso?
—Formé parte. —Rodríguez bajó la mirada hacia sus propias manos, como si las viera por primera vez—.
Hace muchos años crucé un arco como el que usted vio, en otra noche, en otra isla.
Y volví. Pero no volví entero. Una parte de mí se quedó al otro lado, cumpliendo una condena que todavía no termino de entender, y por eso aparezco y desaparezco de esta casa de un modo que ni los mismos dueños saben explicar.
No estoy mintiéndole esta noche: una parte de mí, ahora mismo, está en otro lugar.
Un silencio largo se instaló entre ambos. Afuera, el viento golpeaba suavemente los postigos .
—¿Por qué me cuenta todo esto justo ahora?
—Porque mañana ya no podré. —Rodríguez se puso de pie, recogió el mapa y lo guardó dentro de su chaqueta—.
Tómelo como una advertencia de un hombre que ya pagó el precio: no todos los que cruzan regresan completos.
Hay cuerpos al otro lado que llevan tiempo esperando a alguien que sepa entrar en ellos.
Y cuando un cuerpo así reconoce a un viajero, no lo suelta con facilidad.
—¿Está diciéndome que no debo volver a cruzar?
Rodríguez se detuvo en el umbral de la puerta de calle. Por un momento, la llama de la vela tembló como si algo hubiera atravesado la habitación.
—Le estoy diciendo que esta noche, doctor, sería un buen momento para quedarse de este lado.
Salió. Fernando escuchó el motor del camioncito blanco alejándose hacia la oscuridad de la calle, y se quedó solo frente a la vela, con la advertencia clavada en el pecho como una astilla.
Sabía, sin embargo, que no iba a hacerle caso.
*
Tras otro día de extenuante jornada laboral, el doctor Fernando Gutiérrez, por fin se dispuso a descansar en su cómodo aposento.
Quizás sean mis últimas incursiones profesionales en la capital provincial de la isla, pensó mientras esperaba que el velo de la inconsciencia lo envolviera.
Se dejó llevar, poco a poco, por el agradable sentir de la relajación total. Con el tiempo, no se requería mucho esfuerzo para alcanzar el impulso y salir fuera del cuerpo físico.
Solo percibió levemente el torbellino del túnel sin siquiera contemplar su entrada, el vertiginoso trayecto, ni tampoco la salida. Su sorpresa fue máxima al darse cuenta de que estaba en un escenario distinto a los anteriores.
Era de noche; no obstante, la luz plateada que se filtraba entre las nubes, le hizo ver una gran mansión que se alzaba imponente ante sus ojos.
En las suntuosas ventanas destacaba el cristal inscrito sobre portentosos marcos, aparentemente de una fina madera. No lograba entender por qué sus pasos se dirigían, sin poder detenerse, hacia la majestuosa entrada .
Sus pies surcaron los cuatro escalones del umbral.
Frente a él estaba la entrada, conformada por dos puertas, cada una con un pomo dorado.
Eligió el de la derecha y lo giró con sigilo.
La puerta cedió al esfuerzo de su mano, y la cerró tras de sí.
Frente a él se presentó una gran escalera de piedra de una blanca lisura.
Cubriendo todos los escalones, una mullida alfombra de color dorado conducía a la planta alta.
Una lámpara de lágrimas de cristal colgaba majestuosa en el centro del hall de acceso del primer piso.
No escuchó ruidos; aparentemente no había moradores. A pesar de saber que su presencia no sería detectada, no dejaba de sentir temor. La curiosidad y la fuerte intuición lo hicieron comenzar a remontar la escalera paso a paso, observando con cautela.
Al llegar al segundo piso, un amplio hall, tan grande como el de la planta baja, lo recibió.
Al fondo, frente a la salida de la escalera, había una chimenea cuyo hogar albergaba unos leños que chisporroteaban al danzar sobre ellos las llamas.
A los costados se ubicaban grandes sillones, aparentemente de cuero negro, y sobre sus altos muros colgaban cuadros .
Dirigió su vista al pasillo de la derecha. Observó que había cinco puertas, dos a cada lado y una al fondo. Se encaminó hasta estar frente a la puerta del fondo. Con la mano derecha tomó la manilla de la cerradura, sintiendo el frío metal, y la giró hacia abajo para luego empujar hacia adelante.
Se abrió un dormitorio de significativas dimensiones y de una agradable temperatura interior, producto de una chimenea emplazada al lado izquierdo de la entrada.
Al frente, se extendía un ventanal que daba a una terraza exterior, con sus pesadas cortinas a medio cubrir.
Al costado derecho, había una biblioteca con un centenar de libros y un hermoso escritorio de madera finamente labrada.
En el centro, se erguía una señorial cama, digna de un encumbrado dignatario, en la que descansaba plácidamente una persona cuyo rostro no se distinguía.
Comenzó a acercarse, despacio, y en una fracción de segundo se vio impulsado al interior de este cuerpo.
Sintió su calor, percibió la suavidad de la seda de las sábanas, arrulló su cabeza en la celestial cabecera; solo deseaba disfrutar al máximo el confort de ese maravilloso sueño.
Su conciencia se diluyó suavemente en la nada.