Capítulo XXXIII
Resignado
En el interior de su mente, solo percibía el ruido del motor del vehículo. Sabía que con José como conductor podía dormir plácidamente.
El ruido de la camioneta se fue alejando. Una mano le tomó suavemente el hombro.
—¡Señor! Despierte.
Fernando despertó asustado. A su lado, al borde de la cama, se encontraba un señor calvo de unos cincuenta años vestido totalmente de negro. Resaltaba una humita sobre una impecable camisa blanca, muy planchada y almidonada, mientras que la claridad de la mañana se filtraba por la ventana.
Sintió su corazón latir de tal forma que por un momento temió perder la conciencia. Se incorporó y se sentó en la cama, tratando de ordenar sus ideas. Giró la cabeza y se descubrió a solas con aquel hombre con apariencia de mayordomo.
—Perdón, no entiendo qué sucede —respondió el médico .
—Don Damián, ya es hora de levantarse. Me mandó su señora madre para que lo despertara; lo están esperando en el comedor para desayunar.
No entendía por qué aún estaba en ese cuerpo. Solo deseaba volver de inmediato. Cerró los ojos, sintiendo el incesante palpitar de su corazón.
Continuó con los ojos cerrados, pensando en la entrada del túnel, presintiendo que algo andaba mal. Aún permanecía en el cuerpo del joven.
El mayordomo salió del cuarto. Fernando se levantó y se dirigió al baño. Cerró la puerta y se encontró detrás de ella con un espejo que la cubría por completo, permitiéndole contemplarse de pie a cabeza.
Observó a un joven de menor estatura que él: alrededor de un metro setenta, de contextura delgada y bien formada, bello rostro, tez blanca, pelo liso, así como ojos y cabellos de color café claro.
Sintió pudor al contemplar su nuevo cuerpo. La desesperación se apoderó de él, sintiendo el latir de su corazón en la garganta. Sabía que debía calmarse; se lo repitió en voz baja frente al espejo una y otra vez .
Salió del baño. A los pies de la cama había una bata; se la puso y anudó el cordón.
Se dirigió a la ventana y contempló el exterior, pero solo logró ver el extenso prado que se extendía unos doscientos metros alrededor de la casa, terminando en un cerco de mampostería de piedra y, más allá, un bosque de árboles de gran tamaño.
Sin saber qué hacer, se volcó a investigar la habitación.
Se dirigió primero a la biblioteca y vio algunos libros, todos de tapas muy duras.
Le llamó la atención la escritura: varios de ellos tenían signos desconocidos para él.
Había varios títulos con figuras de anatomía humana; no le quedó duda de que eran enciclopedias médicas.
Luego se dirigió al escritorio de estudio, al costado de la biblioteca y apegado a la pared, donde había libros, carpetas de apuntes y otros documentos. Del muro colgaban retratos de varias personas.
Habían pasado varios minutos desde el aviso de que debía bajar. Decidió volver a la cama y limitarse a esperar los acontecimientos venideros. Fingir sentirse mal de salud era una buena excusa para afrontar con calma su total amnesia en ese mundo desconocido, en una vida jamás imaginada .
De sus ojos comenzaron a salir lágrimas.
No era aún el momento de la pena; era la pura desesperación de verse atrapado en una cárcel de carne y huesos sin poder salir.
Había estado, todo ese tiempo, experimentando con lo prohibido.
Su audacia y arrogancia le habían cobrado el más caro de los precios.
Quizás el haz maravilloso de su vida se hubiera esfumado en su verdadero cuerpo y toda su existencia anterior hubiera desaparecido.
El recuerdo de su madre le daba vueltas en la mente, luego el de su padre: lo volvería a abrazar y ya no le reprocharía nada, si tan solo pudiera volver.
El llanto descontrolado, al fin, salió de su garganta y su vista se nubló por completo a causa de las lágrimas, mientras los latidos de su corazón aumentaban cada vez más.
Un sonido en la puerta lo interrumpió y, con ambas manos, secó su cara con la sábana, cubriendo su cabeza con la almohada, a la espera de que los acontecimientos se desarrollaran.
La puerta se abrió. Entró la niña de trenzas y se acercó al costado de la cama, tocándole el hombro con una mano y moviéndolo con un dejo de confianza.
—Ya pues, levántate .
—No lo voy a hacer, me siento muy mal —respondió con voz entrecortada.
—¿Me puedes decir qué te sucede?
Fernando sacó la cabeza de debajo de la almohada y contempló a la niña de vivaces ojos que lo escudriñaba con su mirada.
—Tienes los ojos rojos, parece que estás mal. ¿Qué sientes?
—La cabeza… es como si me fuera a explotar —le contestó él.
—Le diré a Bernardo que te traiga el desayuno para acá. Seguramente madre vendrá a verte.
La niña dio media vuelta y se retiró de la habitación, mientras Fernando quedaba pensando e ideando la mejor forma de entender algo más de lo que le estaba aconteciendo: saber quién era la persona cuyo cuerpo habitaba e indagar en qué lugar se encontraba. Paulatinamente la calma comenzó a llegarle.
En menos de media hora, una mujer joven muy delgada apareció en la puerta vestida con un impecable delantal blanco, trayendo una bandeja plateada con una abundante merienda que depositó sobre la cama.
—Buenos días, don Damián. Su desayuno .
—Gracias —contestó él.
La muchacha dio la vuelta para retirarse y Fernando vio la oportunidad de obtener algún tipo de información.
—Espera, por favor, no te vayas. Te quiero comentar algo y espero tu reserva.
—No entiendo a qué se refiere —respondió la chica, muy tímidamente.
Fernando apeló a su intuición, esperando que la muchacha sintiera alguna estimación por el dueño del cuerpo al cual estaba anclado.
—Últimamente no me he sentido muy bien: fuertes dolores de cabeza acompañados de pérdida de memoria temporal. Hoy es uno de esos días y no quiero que nadie se entere. ¿Puedo confiar en que no le dirás nada a nadie?
La joven, sorprendida, lo escuchó con atención y con cara de preocupación.
—Sí, señor —respondió con cierto temor.
—¿Me puedes contestar algunas cosas que te pregunte?
—Sí, señor.
—¿Cómo te llamas?
—Esra .
—Mi madre.
—Ámbar.
—Mi padre.
—Auris.
—Mis hermanos.
—Solo tiene una hermana y se llama Cristal.
—¿Y yo a qué me dedico?
—Señor, no sé a qué se refiere.
En el momento en que Fernando iba a insistir en la pregunta, entró una mujer a la habitación, de unos cuarenta años de edad, vestida en forma elegante, con un traje de tonalidad verde hasta los tobillos, de cabellos oscuros, tez dorada y rasgos finos.
—Esra, déjanos solos y cierra la puerta al salir.
La sirvienta salió. La mujer se acercó a la cama.
—¡Hijo! ¿Me puedes decir, por favor, qué te sucede? —le preguntó, acercando su mano a la cara de él con total naturalidad.
—No me siento muy bien, me duele la cabeza.
—¿Y según tus conocimientos, qué crees que puede ser?
Fernando quedó sorprendido con la pregunta. Luego recordó los libros de anatomía de la biblioteca. ¿Será estudiante de medicina?, se preguntó, aunque lo encontraba demasiado joven para serlo.
—No lo sé, madre —respondió resignado.
—Bueno, toma tu desayuno y, si más tarde te sigues sintiendo mal, habrá que llamar al médico —le dijo ella—. No quiero pensar que esto sea un motivo para no conversar con tu padre.
—¿Por qué lo dices? —consultó tímidamente.
—Sabes perfectamente bien que tu padre prometió visitarnos hoy.
La mujer se retiró. Él, ya más relajado, tomó la bandeja. Un tazón que en su interior contenía un líquido caliente de un sabor extraño que no vaciló en dejar de lado. Tomó unos panecillos con una mezcla de sabor picante y salado que tampoco pudo comer.
Retiró de la cama la bandeja. Se acomodó, cerró los ojos y comenzó a relajar pausadamente todo su cuerpo, dando inicio a las respiraciones profundas, intentando lograr la meditación requerida para obtener la separación de aquel cuerpo. La actividad cerebral decayó y su conciencia se diluyó.
La resignación llegó al despertar con el atardecer arrebolado, en la comodidad del mismo lecho, junto al médico y a la madre que lo observaban detenidamente.
FIN