Capítulo XXX
Extrañas señales en el astral
—Entonces, ¿no te acuerdas de haber estado en un lugar así?
—No, pero no me cabe duda de que estás en el mismo escenario; el sitio específico no me resulta familiar —le respondió Erika a su emocionado novio.
—¿Tú crees que en mi próxima incursión pueda volver al mismo lugar?
—No podría asegurártelo —respondió ella.
Una vez terminada la conversación telefónica con su amada, retomó la rutina laboral. Hizo esfuerzos por concentrarse, sin embargo, las dudas invadían por completo su mente.
¿Tendría algún significado el hecho de sentir que algo o alguien lo guiaba a entrar al túnel? Luego recordó el cuerpo sutil de Rodríguez volviendo a su organismo en la pensión. No encontraba una respuesta que lo satisficiera y un breve escalofrío le recorrió la espalda.
Lentamente dejó atrás sus cavilaciones y la pasión de su trabajo lo absorbió por completo .
Avanzada la tarde y disponiéndose ya a retirarse, una cansada Angélica se despojó de su delantal blanco, mientras Fernando hacía lo suyo.
—Extenuante jornada —le dijo Fernando.
—Es cierto, y todos los días es igual, salvo el viernes, que es un poco más relajado.
—¿Son ciertos los rumores? —le consultó Fernando al cabo de un instante.
—Si te refieres a que estoy con alguien, es verdad.
—¿Y quién es el afortunado?
—No lo conoces —respondió ella—. Volví con un exnovio.
—¿Andas feliz?
—Sí, Fernando. Y me doy cuenta de que tú tenías mucha razón cuando conversamos en la playa. Ahora me hacen sentido tus palabras y te lo agradezco mucho.
—Me alegro mucho por ti, Angélica.
—Gracias, Fernando. ¿Te llevo a tu pensión?
—Gracias, pero prefiero caminar.
—Hasta mañana, que descanses.
—Tú también. Chao .
Al llegar a la pensión, encontró un camión blanco estacionado. No le quedó duda de que era el de Rodríguez, pero no le dio mayor importancia y subió directamente a su dormitorio.
Se recostó en la cama. Al poco tiempo, la alarma del celular lo despabiló. Era Erika, e inició la comunicación diaria por medio de la cual se intercambiaron los detalles de lo acontecido durante el día.
—Son ya las veinte horas, así que dentro de los próximos segundos me avisarán que debo bajar a cenar —le comentó Fernando.
—Es verdad, en esa casa los horarios son rígidos —respondió ella.
En la puerta se escuchó el habitual llamado a la cena. Ambos se despidieron y el huésped salió en dirección al comedor.
Sorprendido, el recién llegado saludó a los dueños de casa, a Rodríguez y a Melgarejo, a quien no esperaba encontrar en el pueblo.
—¿Cómo está mi distinguido doctor? —lo saludó con su habitual histrionismo el académico .
—Como es costumbre en un funcionario de la salud: trabajando de sol a sol. No esperaba verlo por acá, don Roberto, ni a usted, don Joaquín.
—Es verdad, pero nuestras actividades así lo ameritan —contestó el comerciante.
—Bueno, yo soy más habitual en esta casa que don Joaquín —acotó Melgarejo.
—¡Crema de arvejas! ¡Qué delicia! —exclamó Melgarejo.
—Son muy nutritivas —agregó la dueña de casa.
El joven médico observó muy disimuladamente a quienes compartían la mesa. No lograba entender por qué, al menos entre los hombres, algo los unía: una corazonada que no podía precisar.
A pesar de las muchas tertulias acontecidas desde su llegada a la pensión, siempre había percibido unos sutiles códigos entre ellos que, si bien no podía determinar con claridad, los sentía.
Después del asado alemán de plato de fondo, se aprestaron a servirse el postre: una manzana asada en vino tinto, aromatizada con abundante canela en polvo.
La cena concluyó y Fernando decidió retirarse tempranamente a su dormitorio, mientras los otros manifestaron la idea de servirse un bajativo en la biblioteca.
El reloj del celular marcaba casi la medianoche.
Ya había conversado nuevamente con Erika.
La sola idea de desconcentrarse lo podía llevar a cualquier parte, o a zonas perturbadoras del bajo astral.
Sin embargo, se le había metido entre ceja y ceja espiar las actividades dentro de las paredes de la pensión y las de sus moradores.
Con bastante esfuerzo, logró alejar todo pensamiento parásito de su mente, y la paz y el relajamiento absoluto se apoderaron de él. La inmovilidad llegó a cada sector de su cuerpo. Una vibración se inició lentamente desde su cabeza hacia sus pies, luego, desapareció por completo.
Estaba en el techo de la casa, observando la variedad de pendientes en todos sentidos de la gran cubierta, revestida en su totalidad por tejuelas de madera. La noche estaba totalmente estrellada y sentía una agradable sensación de libertad.
Comenzó a descender atravesando la madera. Fue en dirección a la biblioteca, la cual estaba completamente vacía. Percibió una intensa sensación de energía. Efectivamente, tres fulgores traspasaron las paredes de la casa en dirección al exterior .
Fijó su pensamiento en perseguirlos, viendo que iba hacia el norte de la isla a una determinada altura.
Divisó los techos de las casas y el camino; a su derecha e izquierda, distinguió otras luces en la misma dirección.
Decidió remontar más altura y, como cometas, las luces se aglutinaron al interior de una iglesia.
Ya no llegaban más destellos, pero observó hacia el pueblo de Chacao un dorado intenso que le llamó la atención. Continuó avanzando y una fuerte emoción lo estremeció.
Chacao es el pequeño pueblo que da ingreso a la isla de Chiloé, lugar de embarque al continente.
En la claridad de la noche se divisaban las barcazas iluminadas que llegaban y otras que zarpaban.
Y allí, imponente, se alzaba un enorme arco de medio punto de unos quinientos metros de alto, compuesto de alguna materia desconocida y dorada como el oro más puro, dando acceso a la isla y señalando su ingreso.
Mostraba un extraño idioma universal, curiosamente comprendido por cualquiera que lo leyera:
Ingresar y salir en paz.
La justicia es regida única y exclusivamente por el Tribunal de la Recta Provincia .
¡Qué maravilloso y espectacular monumento!
Las letras cubrían todo el arco en ambos sentidos.
Para nadie podía ser indiferente, tanto para los que salían como para los que entraban.
Era semejante a un arco iris, visible desde donde se observara, sin poder alcanzar sus bases.
Era inevitable dejarse llevar por el embrujo de su luz dorada en medio de la oscura noche estrellada. Fernando no quería moverse de ahí.
Quizás sean mis últimas incursiones profesionales en la capital provincial de la isla, pensó, mientras la mirada se quedaba prendida en el arco dorado.