Capítulo XXIX
Más allá de la oscuridad
Un fuerte estremecimiento lo sacude. Toma conciencia de que es la misma vibración, pero de mayor intensidad. Está a punto de abrir los ojos cuando siente una aceleración, como si algo lo empujara a la altura de los hombros, y lo impulsa hasta hacerlo detener frente a una pared.
Recorre los vértices de uno de sus módulos, percatándose de que su vista está a escasos centímetros de la pared. Se aleja alrededor de un metro y puede ver que está frente a un muro de piedra canteada. A su derecha, divisa la entrada del túnel.
Comienza a dirigirse hacia el acceso. Un extraño sentimiento lo invade. Ya es tarde para arrepentimientos. Sabe que nada le impedirá cruzarlo; está decidido a hacerlo.
Se interna en él, recordando que la última vez tomó conciencia de cómo el acceso se iba empequeñeciendo a medida que avanzaba velozmente en la penumbra.
Quizás solo le había faltado un poco más para salir; en cambio, el pánico lo hizo regresar.
Esta vez no ocurrirá lo mismo, se repite constantemente.
En la oscuridad absoluta, algo lo impulsa hacia adelante.
Un puntito blanco se divisa a lo lejos y, poco a poco, comienza a aumentar su diámetro.
El punto ya es del tamaño de una pelota; luego se vuelve más grande, se le viene encima.
Ha salido del túnel y un maravilloso sol hace resplandecer los lomajes del terreno.
A su derecha, escucha el tintineo de las hojas verdes de unos enormes árboles; al frente, divisa un camino rural en pendiente descendente que hace un giro a la izquierda.
Avanza y logra divisar, a lo lejos y desde una considerable altura, una bella campiña. Las espigas de un trigal se mecen con la brisa mañanera; también escucha el melodioso trinar de las aves.
Continúa por el camino y su sorpresa es inmensa: divisa a la distancia que el valle está poblado, ya que a ambos lados se ven casas con techos casi curvos. Curiosamente, no hay cercos divisorios entre las viviendas pero sí muchas flores en los antejardines.
Una inmensa alegría le inunda el ser. Decide detenerse y observar, luego, gira trescientos sesenta grados hasta llegar al punto de origen. Es real, se dijo a sí mismo.
Sale del camino, toma una flor que en su centro es amarilla y con varios pétalos blancos, y la huele. Su aroma es fuerte y agradable.
Continúa por el camino en dirección a las primeras casas. Al parecer es un pequeño pueblo o una comarca, pensó mientras observaba las edificaciones.
La emoción lo embarga al ir acercándose a la gente. Hay una pareja de jóvenes conversando y, a su alrededor, unos chiquillos corren y juegan.
—Buenos días, ¿me podrían decir qué lugar es este?
Qué extraño. No estoy hablando, pero sé que me estoy comunicando, pensó mientras espera respuesta de alguno de los dos.
En cambio, ambos jóvenes continúan su charla sin mirarlo. Ni siquiera reparan en que alguien está al lado de ellos, intentando comunicarse.
Continúa avanzando hacia un grupo de seis personas mayores. Cuatro señores de avanzada edad y dos mujeres adultas visten ropajes bastante largos, cercanos a los tobillos, con una especie de mantillas sobre sus hombros .
—Buenos días, ¿me podría indicar qué lugar es este?
Nuevamente no hay respuesta alguna. Entonces se le ocurre gritar a viva voz:
—¡¿Acaso alguno de ustedes me escucha?!
Al darse cuenta de que no es posible entablar comunicación, continúa avanzando y descubre que está llegando a una plaza.
Ya se observan edificaciones de más de un piso. Mucha gente circula por el lugar: los hombres, en su gran mayoría, usan sombreros de todo tipo, y las mujeres, de rostros algo pálidos, no llevan ningún tipo de maquillaje.
¿Habrá alguna persona como yo en este lugar?, se preguntó mientras observaba detenidamente a su alrededor.
Sus pasos lo conducen a un gran pórtico donde se emplazaba un enorme letrero. Estaba escrito con un conjunto de letras desconocidas para él, pero cuyo significado comprendía:
Movilización a la gran ciudad
Se interna en el edificio, compuesto de altos muros y un gran techo. A los costados de ambos paramentos hay asientos de madera brillosa y color amarillo intenso. En el lugar no hay nadie. En el centro, se extiende una línea férrea de trocha muy angosta .
Se devuelve para salir del curioso recinto. No había notado que había una oficina con puerta y un gran ventanal, con gente en su interior. Al costado izquierdo, un letrero que decía:
Jefe de estación
Salidas: todos los días a las doce horas
Arribos: todos los días a las nueve
Dirige sus pasos a la salida del recinto porticado, deteniéndose a cierta distancia para darse vuelta y observarlo nuevamente.
En un discreto reloj, ubicado en el frontis, puede ver que marca las diecisiete horas.
¿Cómo es posible que sea ya tan tarde? La próxima vez iré a la gran ciudad, pensó mientras emprendía el camino de regreso.
Esta vez pone más atención al paisaje. Se da cuenta de que en el pequeño villorrio hay comercio que anuncia su rubro mediante particulares letreros de madera.
En una casa bastante grande hay dibujado un gran pato de color amarillo, con relieve en la madera, al parecer, es una posada donde se puede comer.
Al frente, en una esquina, hay otro letrero con una olla; asume que es una especie de ferretería, ya que afuera hay herramientas para labrar la tierra .
Un señor de avanzada edad, con una enorme barba, observa en dirección donde él va caminando. A Fernando le parece que lo sigue con la mirada. No tiene ganas de averiguarlo y continúa sin detenerse.
Al cabo de un rato, se siente muy fatigado; su corazón se acelera de un momento a otro. El tiempo ha avanzado de manera muy rápida; ya está atardeciendo. En el horizonte, se dibujan bellas nubes arreboladas de rojo intenso.
Al fin el túnel está frente a su vista. Una atracción elástica lo introduce en sus fauces negras.
Un zumbido en ambos oídos se va haciendo cada vez más intenso. Las compuertas se abren; la claridad gris de la mañana nublada de Chiloé le da la bienvenida. Toma el celular y desconecta la alarma.