Capítulo XXVII
El túnel
El joven estaba de regreso en su pieza, descansando después del agitado y placentero fin de semana. Ya era muy tarde y al día siguiente se iniciaba una nueva jornada laboral en el centro médico.
Su mente, como era ya habitual antes de la sesión de relajación, no dejaba de emitir miles de imágenes.
Comenzaba a darle forma a la idea de hacer un cambio profundo en su vida.
Había llegado la hora de transparentar su relación con Erika en el trabajo, anunciar su compromiso y, lo más trascendental, visitar Santiago.
Debía encarar a su padre, enfrentar a Cecilia y reencontrarse con sus raíces.
Luego de esto, iniciar una nueva vida en Puerto Varas junto a su amada, su hijo y la familia de ella.
En su pantalla mental proyectó imágenes relacionadas con su cuerpo en absoluta armonía y relajación.
Al mismo tiempo, las pausadas y profundas respiraciones lo llevaron a una letanía mental profunda, casi al borde de la inconsciencia.
Un estremecimiento de pies a cabeza, algunos ruidos acompasados y tomó conciencia de estar flotando a poco más de un metro de su inerte cuerpo.
Lentamente comenzó a salir de la pieza a través de la pared.
Ya en el hall que daba a la escalera, observó una figura luminosa ingresando a la sala de estar.
Solo quería ver, sin ser observado. La luminosidad impactó sobre el inerte cuerpo de Joaquín Rodríguez y se difuminó en el interior de su cuerpo en reposo e inconsciencia aparente.
Un sentimiento de escape le llegó al instante, observando imágenes distorsionadas, hasta frenar ante el inmenso paredón que cobijaba la entrada del túnel.
Sin la menor intención de detenerse, se introdujo en él y comenzó a avanzar.
Al cabo de un instante, sin necesidad de voltear la cabeza, el acceso ya era un pequeñísimo punto blanco y, en sentido contrario, había plena oscuridad.
Continuó avanzando; la velocidad era cada vez mayor y comenzó a sentir agitación.
Solo deseaba detenerse. Un pánico imprevisto se apoderó de él y solo le hacía pensar en volver.
Un fuerte estruendo y recuperó la plena conciencia.
La oscuridad de la noche fue interrumpida por una tenue luz proveniente de la ventana.
*
Era lunes y la mañana se presentó con un espeso banco de niebla.
—Buenos días, don Eulalio —respondió el recién llegado.
Se dirigió a la sala de estar, lugar habitual de reunión antes del inicio de la jornada. Le llamó la atención la presencia de Edita y de casi la totalidad de los funcionarios. Al instante recordó que era principio de mes, fecha de la reunión general de todo el personal del centro médico.
Cuando Venegas terminó de contar su excursión de pesca, Sergio le preguntó a Fernando qué lo había mantenido ocupado el fin de semana.
El joven respondió que había estado en Puerto Montt y lo había pasado muy bien.
Su interlocutor le preguntó entonces cuál era el nombre de la misteriosa dama.
Fernando estuvo a punto de decirle que era Erika, pero en el último instante se contuvo: no era el lugar ni el momento.
La reunión se desarrolló como era habitual: se designó al personal para la ronda médica, y se destinó a Fernando para apoyar al hospital de Castro durante el jueves y viernes de esa semana.
Finalmente, Edita comentó que tenía sentimientos encontrados respecto a la evaluación profesional de Fernando Gutiérrez, ya que, debido a su alta calificación, era inminente su traslado a una unidad de mayor relevancia regional.
Espontáneamente se escuchó un bullicioso comentario general.
Fue un lunes muy agitado. Ya era de noche y el joven médico, mientras subía las escaleras hacia su dormitorio, no podía dejar de pensar en algo extraño: durante la cena, los dueños de casa le habían dicho que Joaquín Rodríguez no estaba alojándose allí.
¿Sería acaso que solo fue un sueño haber visto a Rodríguez la noche anterior? ¿Y el destello de luz ingresando a su cuerpo? No dejaba de preguntárselo.
En el baño, mientras realizaba su rutina, no podía dejar de pensar en lo que había informado Edita sobre su inminente traslado.
Ya acostado, después de la conversación nocturna con su novia, el joven se aprestó para una nueva experiencia. La inconmensurable sensación de libertad, de flotar, de sentir y de ver, le inundó todo el ser .
Cerró sus ojos y, como de costumbre, comenzó la rutina de relajar todo su cuerpo; la noche estaba quieta no había viento ni lluvia.
Los latidos de su corazón cruzaban el silencio reinante; sin embargo, un crujir de maderas le interrumpió abruptamente su meditación, haciendo que su corazón se agitara.
Sus ojos se abrieron, como queriendo de esta forma escuchar más.
El sonido iba en aumento en la planta baja.
Debe haber llegado alguien, se preguntó. El sonido se atenuó, la inquietud del joven aumentó y pensó qué hacer. La decisión ya estaba tomada: rápidamente encendió la lámpara de noche y se puso la bata.
Salió a la oscuridad de la planta alta. A su derecha encendió la luz del hall y, a pesar de que no vio luz en el primer piso, decidió bajar lentamente la escalera.
Revisó toda la planta baja, incluso la cocina. Un tanto sorprendido, pues no había nadie, ni rastro del sonido que lo había sacado de su letargo, decidió volver a su pieza. Cerró la puerta, se despojó de la bata y se acostó. Pensando en el curioso ruido, se quedó dormido.