El Archipiélago Mágico Capítulo XXIV
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Capítulo XXIV

Historia de familia

El día había transcurrido con rapidez, pleno de emociones.

Todos se habían retirado a sus habitaciones y Erika acompañó a Fernandito hasta que se durmió.

Fernando, cómodamente sentado en un sofá de la sala de estar, bebía un vaso de bebida mientras su mente repasó cada instante de la jornada.

Había sido un hermoso día de primavera: el recorrido matinal por el campo junto a Erika y el niño, el almuerzo familiar en Puerto Varas, la caminata por la costanera y la tradicional once alemana en un salón de té, contemplando el lago.

Miró el celular: eran casi las once de la noche.

El leve sonido de unos pasos precedió a la puerta abriéndose.

Entró Erika portando una bandeja con un aperitivo y frutos secos.

Tras dejarla en la mesa de centro, se acomodó entre las piernas de Fernando, le rodeó el cuello con ambas manos y comenzó a besarlo con pasión.

Al cabo de unos segundos, acercó los labios a su oído.

—Nunca te dejaré de amar como lo hago hoy —le susurró .

Fernando sonrió y le devolvió el beso. Luego, ella se apartó un poco para sentarse a su lado.

—¿Qué te ha parecido nuestro día, amor? —preguntó ella.

—Creo que ha sido el día más importante de mi vida hasta el momento.

—Yo diría lo mismo —replicó ella—. Pero hablemos ahora de lo que me prometiste contar —añadió, señalándolo con el índice.

—¿Lo de mi familia?

—Sí, a eso me refiero.

—Es hora de que lo sepas —asintió él, llevándose la mano a la barbilla—.

Me crie en un clan de dos familias. Los cuatro padres se conocieron en la universidad cuando eran muy jóvenes; luego se casaron y llegaron los hijos.

Una pareja tuvo una hija y la otra un varón.

Posteriormente nacieron los demás hermanos.

—Tú eras el niño, ¿verdad?

—Sí, y ella era Cecilia. Pasaron los años y el afecto infantil se transformó en un amor adulto. Todo marchaba bien, hasta que me enteré, por boca de mi propio padre, de que Cecilia era también su hija, nacida producto de un quiebre emocional transitorio entre los padres de ella.

—Fue el desahogo de una mujer —analizó Erika—. Quizás despechada o agobiada por algo. Tu papá se convirtió en su vía de escape.

Fernando asintió en silencio.

—Teníamos pensado anunciar nuestra relación al salir de la facultad —el joven hizo una pausa antes de continuar—. Se lo conté a mi viejo primero, en un gesto de complicidad. Él siempre había sido mi héroe, ¿sabes?

—La necesidad de reafirmar con tu persona más cercana la inmensa felicidad que sentías —le dijo ella comprensiva.

—No obstante, todo se me derrumbó. Las piernas me flaquearon y sentí una profunda náusea cuando me reveló que nuestra relación era imposible, debido a que ella es mi hermana.

—¿Y ustedes habían llegado a tener algo más?

—De todo —respondió. Se pasó ambas manos por el cabello hacia atrás y exhaló un suspiro lento —.

Fui un cobarde y no pude afrontar la realidad; se la dejé toda al viejo.

Tomé lo indispensable, cargué el auto y me refugié en la cabaña de un amigo en la cordillera, cerca de Santiago. Desaparecí del mapa.

—¿Y qué hiciste durante ese tiempo? ¿Con quién estuviste ?

—Solo. Algunos fines de semana me visitaba mi amigo, y fue él quien me propuso postular a una vacante de médico en una zona extrema.

»Me aclaró que no lo decía por recuperar su casa, sino porque si de verdad quería un borrón y cuenta nueva, debía ser drástico.

Le creí. Y bueno, esa fue la única razón por la que el destino nos unió a ti y a mí.

—Qué fuerte tu historia—murmuró Erika —. Aunque, si lo piensas, de no haber ocurrido esa tragedia, jamás nos habríamos cruzado.

—Erika, fuiste tú quien sanó mi alma.

—Y pensar que fui tan lejos a buscar un gen para mi hijo, cuando el destino lo tenía tan cerca.

Erika tomó la mano de Fernando, se la llevó al pecho y le dio un largo beso. Ninguno de los dos dijo nada más. Ya no hacía falta.