El Archipiélago Mágico Capítulo XXIII
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Capítulo XXIII

La pedida

El nuevo amanecer de Erika fue radiante.

Entre las blancas sábanas de su cama descansaba junto a su hijo Fernando, y en el dormitorio de alojados su amado hombre.

Sus queridos padres ya debían estar despiertos.

Ella lucía en el dedo de la mano el hermoso anillo de diamante, en señal de aceptación al compromiso de matrimonio.

No se apresurarían: había muchos compromisos previos, empezando por la formalización que Fernando anunciaría hoy frente a sus padres, luego el posible traslado a Puerto Montt y finalmente la ceremonia oficial.

Hay mucho por hacer, pensó con una sonrisa, mientras besaba en la frente a su hijo.

Que Fernandito lo hubiera aceptado era lo único que importaba, y una inmensa alegría inundó su alma.

Fernando despertó por el bullicio de alguien que corría en el pasillo y cayó en la cuenta de que estaba en casa de Erika. Sin duda, se trataba del pequeño Fernandito, correteando alegre por su visita .

La mesa de la cocina ya estaba dispuesta para el desayuno: mermelada, mantequilla, queso, pan amasado y pasteles. En cada puesto había un vaso de jugo de fruta natural junto a un tazón para el café, la leche o el chocolate.

—¿Así que es bastante bueno el restaurante? —le consultó Erik a su hija.

—Buenísimo, papito.

—¿Es mejor que el fogón de Pepe?

—Yo diría que, aunque son de estilos similares, ambos tienen lo suyo.

—Hola, Fernando. ¿Cómo amaneciste? —lo recibió Helga, la dueña de casa, acercándose para saludarlo con un abrazo afectuoso.

Erik se puso de pie para estrecharle la mano de manera formal. Luego, Fernando se aproximó a Rosita dándole un beso en la mejilla y, finalmente, el pequeño Fernandito corrió a sus brazos. Erika contempló la escena con ternura, mientras él le devolvía una sonrisa cómplice.

—Ya, Fernando, siéntate al lado de Erika —dijo Helga.

—¡No! Yo quiero que se siente al lado mío —reclamó el niño .

—Muy bien, me siento ahí entonces —le contestó Fernando con una carcajada.

—Rosita, cámbiale los cubiertos a Fernando, por favor —pidió Helga.

—Yo lo hago, mamita —respondió Erika, tomando la iniciativa.

Helga y Rosita comenzaron a preparar huevos con tocino, mientras Erika ofrecía las bebidas calientes.

—Yo quiero chocolate —pidió el pequeño.

—Para mí café con leche —dijo Erik.

—Un té, por favor —solicitó el huésped.

—¿Qué te sirves tú, mamita? —preguntó Erika.

—No te preocupes, hija, voy a tomar mate.

—Siéntese no más, señora Helga, yo termino de hacer los huevos —dijo Rosita.

La dueña de casa tomó asiento al lado de su marido y comenzó a cebar el mate.

—Así que lo pasaron bien anoche —comentó Helga, mirando a Fernando.

—Sí, la carne estaba deliciosa.

—El lugar estaba llenísimo —agregó Erika .

—Es que era viernes, hija —explicó la madre.

—Además es comienzo de mes, y todo el mundo anda con dinero —aportó Erik.

—¡Yo también quiero ir! —exclamó el pequeñín, provocando la risa de todos.

—¿Y usted, mi rey, quiere ir solo? —bromeó la madre.

—¡No! Quiero ir con Fernando —respondió el niño, aferrándose con ambas manos al brazo izquierdo del joven.

—Te prometo que la próxima vez iremos los dos junto a tu madre —le aseguró Fernando. Con un gesto cariñoso, lo atrajo hacia sí y pegó su cabeza a la del pequeño, quien le sonrió con devoción.

Fernando alzó la vista. Paseó la mirada por Erika, el niño y los dueños de casa. El ambiente era perfecto. Respiró profundo y se dispuso a darles la gran noticia.

—Fernandito, quiero decirte algo a ti y a tus abuelitos —hizo una pausa—. Desde hace ya un buen tiempo vengo de visita a esta casa, y ha llegado la hora de consolidar la situación más importante de mi vida. Yo amo a tu madre, ella me ama a mí, y yo te amo a ti .

»He aprendido a quererte como si fueras mi propio hijo.

Anoche le propuse matrimonio a tu madre y ella ha aceptado.

Ambos sentimos la necesidad de estar juntos para toda la vida.

Por eso, deseo pedirles su bendición a ti y a tus abuelitos para casarnos y, además, saber si tú aceptarías ser, legalmente, mi hijo.

Helga escuchó atentamente al joven y no pudo ocultar la emoción.

Erik, por su parte, sintió que los ojos se le humedecían; aquello era una verdadera y hermosa sorpresa para ambos.

Erika les mostró el anillo en su mano, explicándoles que la firmeza de la piedra simbolizaba los cimientos de una relación sólida y eterna.

Seguidamente, la madre se dirigió al pequeño:

—¿Cuál es tu opinión, mi amor?

El niño, un poco cohibido por la atención de todos, se refugió en los brazos de su madre. Juntó sus pequeñas manos en el oído de ella y le susurró unas palabras en secreto. Erika lo escuchó con los ojos cerrados y luego se separó un poco, tomándolo suavemente de los hombros.

—¿Me lo repites otra vez, por favor?

El pequeño asintió. Erika soltó una risa nerviosa, lo abrazó con fuerza y lo inundó de besos. Luego, con la mirada empañada por el llanto, los miró a todos.

—Dice que te da permiso —logró decir, conmovida, fijando su vista en Fernando.

—Bueno, tras la autorización otorgada por mi nieto, les pregunto: ¿piensan mudarse de ciudad? —consultó Erik, con un dejo de preocupación en su voz.

—No, papito. A Fernando seguramente lo trasladarán a Puerto Montt, así que viviremos en la zona.

—Me alegro tanto, hija mía. Eres una persona tan buena que mereces toda la felicidad de este mundo. Fernando es un hombre de nobles sentimientos, Fernandito lo adora y además… se parecen tanto los dos —comentó la abuela conmovida.

—Erika, Fernando —intervino el padre en un tono más formal—, me alegro profundamente por ustedes.

Veo que tienen muchas cosas en común: la misma profesión, las mismas inquietudes y se llevan de maravilla.

Si el niño está de acuerdo, nosotros con Helga también lo estamos.

Les deseo lo mejor y que sean muy felices.

»Nuestro regalo de matrimonio será un terreno y una casa para ustedes aquí mismo, en el campo con nosotros. Así los tendremos cerca y no tendré que separarme de mi nieto .

Fernando, quebrado por la emoción, se unió al estrecho abrazo familiar. En ese instante supo, con total certeza, que esta era su verdadera familia y que había sido aceptado en plenitud. El pequeño Fernandito, apretado en medio de los adultos, reía con pura felicidad.