Capítulo XXII
El anillo
El bus de Cruz del Sur se detuvo en el andén.
Fernando, en la fila de pasajeros que esperaba para descender, la divisó a través de la ventanilla: era aquella vistosa mujer de cabellos dorados y largo abrigo verde que le hacía señas con la mano derecha.
Un largo abrazo, seguido de un apasionado beso, los unió por unos momentos antes de caminar tomados de la mano hacia el automóvil.
Esta vez, a petición de Erika, fue él quien se sentó al volante.
—Te voy a llevar a comer unas deliciosas carnes asadas —le propuso Fernando.
—¿Dónde?
—Al fogón del leñador.
Una casona típica de la arquitectura de Puerto Montt adornaba la esquina de la calle Rancagua. Su interior acogedor, revestido de maderas nativas en paredes y mobiliario, se mezclaba con los aromas de carne asada, convirtiendo el lugar en el sitio ideal para comer y conversar .
Iniciaron la velada con un aperitivo de pisco sour y empanaditas fritas de queso.
Como plato de fondo, ordenaron entrecot de vacuno acompañado de una variedad de ensaladas verdes.
Para el maridaje, Erika eligió un cabernet sauvignon «Gold Reserve 2015» del valle del Maipo, y coronaron la comida con un mousse de maracuyá y espuma de limón de postre.
La cena transcurrió de manera armónica y relajada.
Compartieron un breve repaso de sus respectivas jornadas laborales durante la semana y, luego, ella le habló con ternura de Fernandito y sus travesuras junto a su abuelo.
Cada cierto tramo, ambos se miraban, entrelazaban sus manos y se hacían sentir el gran amor que los unía.
—¿Les retiro los platos? —preguntó la amable mesera.
—Por favor —respondió Fernando.
—¿Les gustó la carne?
—Estaba deliciosa —aseguró Erika.
Tras retirar la bandeja, la joven regresó con dos postres decorados con elegancia.
Los enamorados los disfrutaron en complicidad, intercambiando bocados y miradas.
Él esbozó entonces una sonrisa pícara. Comenzaba el rito de siempre antes de volver a casa: una parada obligatoria en aquel motel de sus encuentros.
Las luces del automóvil se apagaron frente a la pared blanca del pequeño estacionamiento techado.
Fernando sacó las llaves del vehículo para guardarlas en el bolsillo de la chaqueta; con esa misma mano acarició la pierna izquierda de Erika, que había quedado al descubierto entre los pliegues del abrigo.
Con la derecha, la tomó suavemente por el cuello para atraerla hacia su rostro y besarla con pasión.
—Entremos —susurró él.
Ambos bajaron del auto e ingresaron a la pequeña y acogedora cabaña. Apenas cerraron la puerta, Fernando se abalanzó sobre Erika, recorriendo su silueta con las manos. Se entregaron el uno al otro con absoluta devoción.
Tras la intensidad del encuentro, la cabeza de Erika descansaba sobre el hombro de su amado. El cansancio de la semana no lograba superar la inmensa alegría de estar, una vez más, junto a su hombre.
Erika pensó en lo afortunada que era; sentía que lo tenía todo.
Y sin embargo, le dolía no tener la total libertad de decidir su destino junto al ser que amaba.
Él había sido el único amor de su vida, pero aceptaba en silencio que el rumbo de la relación dependía siempre de las decisiones de él y nunca de las suyas, un reflejo inconsciente de ese paradigma machista que aún pesaba sobre el mundo.
Sus pensamientos se interrumpieron cuando Fernando se levantó de la cama y extrajo un pequeño paquete rectangular del bolsillo de su chaqueta. Le dio un beso tierno en los labios y se lo entregó.
Erika, sorprendida, abrió el misterioso envoltorio: se encontró con un reluciente anillo plateado que custodiaba una brillante piedra en el centro.
—Si decides usarlo, que sea porque me aceptas para siempre en tu vida —le dijo él mirándola a los ojos—. Te amo, Erika, y quiero que seas mi esposa.