El Archipiélago Mágico Capítulo XXI
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Capítulo XXI

Cruzando el portal

La mañana llegó con los débiles rayos de la primavera entrando por la ventana. Fernando despertó con la plena conciencia de lo vivido la noche anterior y una alegría tranquila que no recordaba haber sentido antes. Sabía que muy pronto le contaría esta experiencia a Erika.

En el box de consulta hizo esfuerzos por no desconcentrarse, pues a ratos volvía la visión de la noche.

Angélica le anunció el ingreso de un nuevo paciente.

Afuera esperaban numerosas personas, provenientes incluso de Castro.

A pesar de la sobrecarga laboral, se sentía satisfecho y orgulloso, sin perder en ningún momento la humildad que lo caracterizaba.

Eran casi las veinte horas de una jornada extenuante. Verónica había pasado a buscar a Angélica, por lo que él se quedó solo frente al computador mientras terminaba de llenar unas planillas. Seguramente ya no queda nadie, pensó, mientras cerraba el equipo para retirarse .

—Buenas noches, don Eulalio —se despidió el agotado galeno.

—Muy buenas noches, doctor. Tiene usted cara de cansado —respondió el funcionario.

Fernando asintió con una amable sonrisa y comenzó a bajar cansinamente las escaleras del edificio hacia la vereda, rumbo a la pensión.

Mientras caminaba, recordó la conversación con Erika, en la que le había contado su experiencia. Ella le había dicho que ya había cruzado el umbral y que lo tomara con calma y sin miedo.

El joven huésped, ya relajado en su confortable cama, tomó el celular y se dispuso a la habitual conversación diaria:

—¿Cómo está mi dama?

—Estoy con mis padres. Fernandito aún bien despierto. ¿Y tú?

—En mi pieza, ya descansando.

—Voy a continuar lo de anoche. Si me resulta, intentaré ir a verte.

—Solo piénsalo y así será.

—Ya, preciosa. Nos vemos.

—Chao, buenas noches .

Erika dejó el celular sobre la mesa, mientras acariciaba el suave cabello de Fernandito. Al frente, Helga junto a Erik la observaban.

—¿Quedaste preocupada con esa llamada, hija? —preguntó su madre.

—No debiera preocuparme, mamita. Es que Fernando está empeñado en tener experiencias fuera de su cuerpo físico. Al parecer anoche le resultó.

—A mí me dan miedo esas cosas. Tú naciste con esa habilidad y solo Dios sabe por qué fue así. Pero que lo realice él… ¿no será peligroso?

—No debiera serlo por ningún motivo.

—¿Te interesa ese joven, Erika? —preguntó su padre, muy serio.

Erika miró a ambos progenitores con una tierna sonrisa y no respondió.

*

Fernando, en la oscuridad de su pieza, había concluido con la serie de respiraciones profundas.

Comenzó a no sentir su cuerpo. Un fuerte estruendo en sus oídos, seguido de un estremecimiento desde la cabeza hasta los pies.

Una fracción de segundo y el deseo de abrir los ojos inundó su mente.

Se dio cuenta de que era parte del proceso y solo esperó.

Sus ojos vieron una serie de dibujos. Qué extraño, pensó.

Luego tomó conciencia de que eran las vetas de la madera del cielo de su pieza.

Alzó ambos brazos y estos penetraron la superficie con mucha facilidad; de pronto, estaba flotando por sobre la casa.

Observó las tejuelas del techo y escuchó el susurro del viento. ¿Acaso estoy soñando?

Ya no albergaba dudas. Recordó y fijó en su mente la certeza: se encontraba fuera de su cuerpo físico.

El pánico se disipó y una alegría inmensa se apoderó de todo su ser.

Al evocar el recuerdo de su madre, comenzó a desplazarse a una velocidad increíble.

Cruzó de golpe árboles, una torre metálica, techos y parte de una carretera, hasta posarse sobre un extenso césped.

Frente a él aparecieron unos árboles ornamentales, una casa de ladrillo con chimenea y, en su interior, una amplia sala de estar que albergaba una biblioteca.

Sintió conversaciones y risas en la cocina. Caminó hacia el lugar y encontró a sus padres riendo alegremente. Se acercó a su madre y la abrazó por la espalda, detrás de su silla .

—¿Y a ti qué te pasa? —le preguntó su padre a la mujer.

—No sé —dijo ella—. Sentí de pronto un estremecimiento en todo el cuerpo.

—Soy yo, mamá. Te he extrañado mucho —dijo Fernando.

Al no recibir respuesta de su madre, salió de la cocina y se dirigió a la planta alta.

Escuchó ruidos en el cuarto de sus hermanos menores y entró en la habitación atravesando la madera con total naturalidad.

Allí estaban los mellizos, jugando con cuatro hombrecillos pequeños vestidos con ropas de vivos colores.

Dos de ellos tenían barbas y cabellos blancos; los otros dos eran muy jóvenes, pero todos tenían las orejas grandes y puntiagudas.

Lo observó todo atónito, sin palabras, hasta que uno de los seres dirigió la mirada hacia él.

—¿Y tú qué observas, Fernando? —preguntó el mayor.

—¿Pero ustedes quiénes son?

Los cuatro soltaron una carcajada estrepitosa.

—Este grandote ya no nos conoce —bromeó uno de ellos.

Sus hermanos menores seguían jugando, ajenos por completo a lo que ocurría.

Fernando dio media vuelta y regresó a su antiguo dormitorio, cruzando el umbral de la misma manera.

Desde la ventana, su atención se desvió hacia la casa de Cecilia, colindante con la de sus padres.

Sin embargo, ya no deseaba estar en ese lugar; una fuerte inquietud y nostalgia lo invadieron. «Algo no anda bien», intuyó.

Se encontró caminando sobre un pavimento de adoquines húmedos que reflejaban los tenues rayos de la luna.

Ignoraba hacia dónde lo dirigían sus pasos o en qué lugar se encontraba.

De un momento a otro, escuchó a sus espaldas el galope de unos caballos azotando la calzada.

Instintivamente dio un salto a la derecha y se parapetó contra el frío muro de piedra.

Observó atónito el veloz paso de dos briosos corceles negros que arrastraban una calesa del mismo color.

Le pareció distinguir a un hombrecillo con sombrero de copa fustigando a los animales con un delgado látigo.

Apuró la marcha. Súbitamente, sintió que un par de brazos invisibles lo tomaban con fuerza por los costados, obligándolo a avanzar en la misma dirección; sin embargo, no había nadie a su lado. Tras unos tensos segundos, la presión cedió y se halló ante la entrada de un túnel.

¿Estoy soñando?, se preguntó. No. Ya no estoy perturbado, no tengo miedo. Es como si hubiera cruzado una frontera .

Se acercó a la pared del pasadizo y la tocó, traspasándola con la mano con absoluta facilidad.

Estoy consciente. Es increíble. Puedo percibir todo con mis sentidos; los colores son vibrantes. Su mente desbordaba en pensamientos e ideas.

Decidió seguir adelante y comenzó a internarse en el túnel, donde la claridad del exterior poco a poco se diluía en la oscuridad.

Continuó su avance sin dejar de mirar hacia atrás; temía que la salida desapareciera de su vista y que aquel punto de luz, que le servía de referencia, se perdiera para siempre.

Un súbito malestar lo asaltó, y una fuerza invisible lo arrastró de forma vertiginosa hacia la salida.

Una especie de filamento luminiscente tiró de él con violencia descomunal; en una fracción de segundo, se supo atrapado otra vez en su materia.

Abrió los ojos sintiendo la piel del rostro crispada, petrificado de pies a cabeza.

Forzó la calma. Se concentró primero en mover apenas los dedos anulares de las manos, usando ese sutil impulso para rescatar, centímetro a centímetro, el resto de su cuerpo.

Cuando logró dominar sus músculos, la urgencia biológica lo obligó a ir al baño .

De vuelta en el dormitorio, tomó el teléfono de la mesita de noche.

Calculó que la experiencia había durado apenas cincuenta minutos.

Lo evocado se sentía como una vieja película de la infancia, pero la certeza era absoluta: aquello había sido real.

Se trataba de la realidad más pura a la que un ser humano pudiera acceder; una dimensión donde los pensamientos terrenales eran solo la sombra de una verdad nítida y rotunda.

La pantalla del celular se extinguió de golpe, devolviéndolo a las sombras. Sus párpados pesaron, se cerraron y su conciencia se disolvió en el vacío.