El Archipiélago Mágico Capítulo XX
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Capítulo XX

Primeros destellos

Absorto en sus pensamientos y analizando el particular punto de vista de su veterano colega, Fernando caminó en dirección a la pensión mientras su mente divagaba.

¿Cómo era factible creer en la vida después de la muerte y a la vez dudarla?

Dejar de lado el plano de creencias y admitir la realidad de las cosas.

¿No era acaso eso no estar seguro de que esa verdad fuera cierta?

Pareciera como si el doctor hubiera tenido la experiencia de cruzar el umbral.

¿Sería posible aquello? El joven no lo tenía claro.

Le resultaba improbable que su viejo amigo realizara ciertas experiencias que hasta a él mismo le resultaban inquietantes por la formación académica.

¿Acaso no se mofaría la gente si se enterara de estas prácticas o intereses?

Pero le llegó el recuerdo de su amada Erika. ¿Quién osaría burlarse de ella?

Ya estaba en la calle de la pensión. Observó estacionado, a un costado de la casa, el camioncito blanco de Rodríguez.

Se esfumaron sus pensamientos y unos segundos más tarde hizo ingreso a la casa y subió directamente al segundo piso.

Ingresó a su pieza, depositó en el escritorio su maletín y se tendió a descansar bajo el gobelino de los amantes que lo recibía cada vez que llegaba a su refugio.

Sintió que su cuerpo de a poco comenzaba a relajarse y sus párpados aumentaban su peso, cuando de pronto lo despabiló el sonido del celular.

—Hola, amor. ¿Cómo estás?

—Hola, preciosa. Recostado y muy relajado aquí en mi pieza. ¿Y tú?

—En el auto, camino a la casa. Acabo de salir de una tediosa reunión de todos los jueves entre los jefes de departamentos y el director.

—¿Todo bien?

—Sí. Te cuento que tu nombre, sin que salga de mi voz, se mencionó en la reunión.

—¿Y cómo fue eso?

—Eres el médico mejor evaluado de la región. Se estuvo analizando una circular del ministerio en que se sugiere que los médicos en esa categoría debieran, si bien no ocupar necesariamente puestos de cierta relevancia, al menos estar en centros de importancia estratégica.

Fernando rió antes de contestarle.

—¿Y está definido lo que se entiende por importancia estratégica?

—¡Qué excelente deducción! Por eso amo tanto a mi hombre. Saca tus propias conclusiones. Pero sí te puedo decir que me alegra que quizás pronto te tenga a mi lado.

—Sabes que, aunque nos separe la distancia, siempre estoy junto a ti.

—Lindo, precioso.

—Creo que en mis sesiones de relajación no estoy haciendo algo bien. Me quedo dormido y ni siquiera logro tener sueños lúcidos, menos aún alcanzar la fase de estremecimiento que me indique que estoy cerca de entrar en mi cuerpo sutil.

—Amor, la respiración es fundamental. Vamos a cambiar la forma. ¿Te parece?

—Te escucho.

—Con el estómago vacío, acostado y relajado, vas a iniciar una serie de respiraciones profundas, alrededor de treinta a cuarenta inhalaciones y exhalaciones.

Retén la última exhalación lo más que puedas, luego inhala profundamente y retén por medio minuto.

Reinicia esta serie tres a cuatro veces. ¿Me entiendes?

—Sí, preciosa. Continúa.

—Vas a sentir algo raro, como un hormigueo que te va durmiendo el cuerpo. No te asustes, es solo la antesala. ¿Sabes lo que decía Buda del Sutra de la atención? Que no es otra cosa que la respiración.

—Entiendo —respondió Fernando.

—Una vez terminada esta sesión de respiraciones profundas y con los ojos cerrados, inicias el recorrido mental desde la cabeza hasta los pies, visualizando cada una de las partes de tu cuerpo en completa relajación.

»Tu visualizador es una pantalla imaginaria por sobre tu frente. Imagina estar flotando sobre tu cuerpo físico. Siente, observa y sal. No tengas temor; solo hazlo y cuida de estar consciente en todo momento.

—Te entiendo, preciosa. Así lo haré.

Fernando sintió un sonido en la puerta de su pieza.

—¿Sí? —preguntó .

—Don Fernando, la cena está servida —escuchó detrás de la puerta.

—Gracias, bajo de inmediato —respondió, mientras reanudaba el diálogo con Erika.

—Me están llamando para la cena. ¿Dónde vas tú?

—Ya salí de Puerto Varas y estoy como a cinco kilómetros del cruce de entrada al campo.

—Qué bueno. Mándame un mensaje cuando llegues.

—Ya, besitos.

—Chao, linda —respondió él, y colgó.

Se dirigió al baño y de ahí bajó las escaleras hasta llegar al amplio comedor. No se sorprendió mucho al ver en sus respectivos lugares, acompañando a los dueños de casa, a Rodríguez y a Melgarejo.

Tras el habitual saludo, el joven tomó asiento, quedando de frente al académico y al comerciante. La señora Emilia, al lado de su marido, invitó a todos a comenzar la cena.

Fernando revolvió el consomé con la cuchara antes de llevársela a la boca; en el intertanto, observó a los dos huéspedes disimuladamente. El comerciante no le era del todo indiferente, algo le inquietaba de él .

—¿Cómo están las ventas, don Joaquín? —preguntó el dueño de casa.

—No me quejo —respondió el hombre sin dejar de llevarse la cuchara a la boca—. Aunque esta temporada he tenido que viajar más de lo que quisiera.

Fernando sintió vibrar el teléfono en su bolsillo. Lo sacó y leyó el mensaje de Erika anunciándole que había llegado a casa. Le respondió brevemente y lo guardó.

—Parece que nuestro doctor tiene un romance. No lo vemos los fines de semana —mencionó el dueño de casa.

—¡Pero, viejo, cómo se te ocurre hacer ese comentario! —le contestó molesta la dueña de casa.

El joven huésped se sonrojó por lo dicho; luego dejó escapar una sonrisa de complacencia.

—¿Pero cuál es el problema? Tiene todo el derecho de hacerlo.

—Está bien, Emanuel, pero es su vida privada y nosotros no tenemos por qué opinar.

El anciano se resignó ante lo dicho por su mujer, sin dejar de sonreír.

—A pedido de mi mujer, mis disculpas, doctor .

—No se preocupe, don Emanuel.

—¿Y quién es la afortunada, doctor? —consultó Melgarejo.

—¡Bueno, ahora usted, don Roberto! Estos hombres, todos entrometidos —mientras negaba con la cabeza, la dueña de casa hizo sonar la campanilla.

La asesora del hogar ingresó al comedor y comenzó a retirar los platos.

—Sí, es verdad. Hay una persona muy especial en mi vida, pero aún es muy temprano como para hacer una publicación oficial —respondió, devolviéndole la mirada—. ¿Y usted, don Roberto?

—Me alegro, querido doctor, por usted. Ya la conoceremos. Y con respecto a su consulta: soy un eterno solterón y no me desagrada estar así. Mi dosis con el amor la tengo bien cuantificada.

—Muy sabias palabras, don Roberto —comentó el dueño de casa.

—Don Emanuel, no es mi deseo que por culpa de mi comentario usted tenga problemas con su distinguida esposa. La verdad es que una vez estuve muy enamorado, hasta que descubrí que a la persona a quien le había entregado todo mi afecto me estaba engañando.

»Fue tan grande el impacto para mí que renegué del amor, y es como si se hubiera decretado una ley por medio de la cual no he podido encontrar a la persona adecuada. De esto ha pasado ya más de una década.

—Así es pues, don Roberto. Usted mismo decretó que fuera así, ya que la mente gobierna al hombre —le respondió la mujer.

—Qué interesante lo que usted dice —respondió Fernando, dirigiéndose a ella.

Nancy comenzó a poner en cada comensal el segundo plato: un trozo de pollo asado con arroz blanco.

—¿Por qué lo encuentra interesante? —consultó Emanuel desde la cabecera de la mesa.

—Es que me acordé del vecino de don Roberto.

—No le entiendo, doctor —respondió Melgarejo, intrigado.

—Es que una vez me predijo su muerte cuando lo visité en su casa.

—Él debía morir —comentó entre susurros el comerciante, quien hasta ese momento no había dicho palabra alguna.

Fernando, sorprendido, lo miró sin entender el significado de esas palabras .

—Perdón, don Joaquín. ¿Y por qué dice eso?

Rodríguez, sorprendido ante el emplazamiento del joven, se sonrojó y miró al dueño de casa, luego a Melgarejo y, finalmente a él.

—La verdad es que no sé por qué lo dije.

—Quizás hizo ese comentario porque al escuchar el nombre, después de tanto tiempo, se acordó de que él llevaba mucho tiempo sin su familia —respondió Emanuel, mirándolo a los ojos.

—Sí, eso debe ser —contestó el corpulento hombre.

—Caballeros, comamos, por favor, porque si no se va a enfriar la cena —acotó ella.

Una vez consumido el plato de fondo, Nancy comenzó a retirar los platos y fue sirviendo en cada puesto el agua caliente para las tazas de café que habían solicitado los hombres.

Fernando tomó el último sorbo de su café, pidió permiso, se levantó de su asiento, se despidió y se retiró del comedor.

Melgarejo puso ambos codos en la mesa, entrelazó los dedos de ambas manos y se los llevó a la mandíbula.

Dirigió los ojos al techo y lentamente observó al dueño de casa, y de ahí al comerciante.

Este último, sin mirar a ninguno, se frotaba las manos de manera muy relajada mirando fijamente algún punto de la mesa.

Ya acostado, no pudo conciliar el sueño. Hacía ya más de tres horas que había conversado por teléfono con Erika. No dejaba de pensar en su amada.

Le llegó abruptamente el recuerdo de Cecilia, pero ya no le infundía dolor en el pecho.

¿Qué hubiera pasado si en vez de tomar ese vuelo hubiese sido solo un día antes o después, o quizás un par de horas antes?

Jamás podría haber conocido a Erika, y hoy, en este momento, estarían su corazón y su alma atormentados por el amor hacia Cecilia, el sentimiento tan extraño hacia su padre, la tristeza de dejar a su madre y a sus hermanos.

Puso su cuerpo en la cama lo más recto posible y acomodó la almohada. No debí tomar ese café tan cargado, pensó, mientras iniciaba inhalaciones y exhalaciones profundas y relajadas.

Comenzó un hormigueo en brazos, manos y piernas.

La imagen visualizada se diluyó por momentos para luego regresar con más fuerza y claridad.

Los colores eran más intensos. A pesar de verse ya a unos diez centímetros sobre su cuerpo, no entendía cómo podía verlo.

Era una persona, un cuerpo inerme, sin expresión.

Un estremecimiento desde los pies hasta la cabeza lo inundó.

No lograba entender cómo podía estar a una distancia de un metro de su propio cuerpo. ¿Estaré dormido?

Estaba confundido, sin tomar conciencia de si estaba dormido, soñando o despierto.

Agudizó el oído; sintió ruidos extraños.

Alguien estaba a sus espaldas; se dio vuelta y no había nadie: se encontraba solo.

Miró hacia el cielo y un manto de estrellas cubría la noche.

Un fuerte tirón hacia abajo y se encontró acostado en su cama.

Abrió los ojos, tomando plena conciencia de lo acontecido.

El recuerdo del café de la cena lo hizo levantarse e ir al baño.