Capítulo XIX
Venegas, mi amigo
La sala de esparcimiento del personal del centro estaba vacía. Eran casi las dieciocho horas y Fernando estaba sentado tomando una taza de café. Su jornada ya casi había concluido y no tenía pacientes que atender; su mente divagaba.
Ya habían transcurrido nueve meses desde que el joven médico visitó por primera vez la casa de Erika.
La relación con ella había sido cada vez más intensa.
Periódicamente viajaba a Ensenada, y en otras oportunidades salían juntos para disfrutar los fines de semana.
En varias ocasiones habían salido junto al pequeño Fernando.
El vínculo entre ambos era cada vez más estrecho; no obstante, ante los padres de ella habían sido más bien discretos.
A ambos los unía el interés por la vida y la exploración de los misterios que encierra la mente en sus diversos planos de conciencia. Fernando, por más que lo había intentado, no había podido conectarse ni alcanzar la energía suficiente para dar el ansiado salto .
En algunas sesiones de relajación y meditación sentía la presencia de ella, lo que comprobaba cuando hablaban del tema y ella le describía su posición en la cama, gestos, incluso le advertía de las entidades que en algunas ocasiones circulaban por su espacio.
Una mano se posó sobre su hombro, sacándolo de sus cavilaciones. Al girar la cabeza vio el amable rostro del veterano galeno.
—¿Y usted tan solo, Fernando?
—Hola, doctor. Aquí descansando y meditando algunas cosas.
—¿Todo bien?
—Sí. Pensaba que el tiempo ha transcurrido muy rápidamente.
—Es verdad. Parece que fuera ayer su llegada y ya pronto se cumplirán dos años desde que comenzó a trabajar con nosotros.
El hombre se preparó una taza de café y luego tomó asiento a su lado.
—Usted está en lo cierto.
—Le voy a decir algo, mi amigo .
—¿Qué sería? —consultó Fernando con un dejo de preocupación.
—Usted ha sido, hasta la fecha, un muy buen aporte para este centro.
—Gracias, doctor. Viniendo de usted me enorgullece mucho.
—Vivimos en un mundo de apariencias superfluas. Sobre todo los jóvenes como usted, que con muy poco a su haber miran en menos al resto, y sobre todo a los mayores —Fernando escuchó con mucha atención al veterano médico—. Sin embargo, usted es la excepción.
El hombre viejo hizo una pausa, mirando un par de centímetros por sobre la cabellera del joven. El silencio inundó la sala.
—La sencillez del hombre enaltece su personalidad. Siga así y no cambie nunca.
Una sonrisa de complacencia se le escapó a Fernando.
—¿Le puedo hacer una consulta, doctor?
—Dígame.
—Sé que usted vive solo.
—Se equivoca —se apresuró a responderle—. Vivo con Leónidas, mi gato .
Ambos rieron.
—Pero continúe —dijo él.
—Me preguntaba desde hace cuánto tiempo que está solo.
—Desde que dejó este mundo mi amada compañera y de eso hace más de veinte años.
—¿Y no hizo el intento de volver a estar con alguien?
El médico hizo un suspiro, como para ordenar sus ideas antes de responder.
—La relación con Estela fue maravillosa en absolutamente todos los planos que involucra a una pareja; luego ella se fue. Los años han pasado y me he dado cuenta de que ella llenaba todas mis necesidades.
—Que interesante lo que opina, habiendo pasado tantos años —acotó el joven.
—Así es. Sin embargo, cuando esta energía se amalgama con algo más sublime, es casi irremplazable.
Esa es la razón por la cual no he vuelto a vivir con nadie más.
Y permítame decirle un secreto que no le he dicho a nadie: soy un convencido de que existe, en este y otros universos, muchísimos enlaces que trascienden los parámetros conocidos.
—¿Se refiere usted al plano de la parapsicología ?
—Por ejemplo.
—¿Usted me dice que es factible que ella esté en algún sitio muy distinto a este y que pueda tener alguna conexión con usted?
—Puede que sí, y puede que no.
—No le entiendo.
—Verá usted que todo hecho puede ser, y a la vez puede que no sea. Simplemente no hay que descartar nada, sin sesgo filosófico en específico. Este pensamiento es para personas con mente abierta.
—Esto que dice me hace pensar que usted cree que hay algo más que esta vida.
—Aquí estamos en presencia del plano de las creencias. Son sus creencias, y las mías son otras.
—Es que antes de la comprobación de un hecho, yo creo que siempre hay un planteamiento teórico. Si no lo hubiera, simplemente no existiría la necesidad de investigación —aportó el joven.
—El asunto que convoca mi planteamiento es que todo puede ser inserto en lo que no puede ser. No lo comprendemos y la ciencia no lo explica, porque no tiene todas las variables de la ecuación para demostrarlo .
—¿Y dónde están? —preguntó el joven, algo agobiado.
—Yo pensé, en algún momento de mi vida, que en un determinado sitio, rodeado de ciertas personas, sabría las respuestas. Pero entré en otras interrogantes, incluso más complejas que las primeras.
—Pero, doctor, estoy confundido. Acláreme algo, por favor: ¿usted cree que existen otras instancias más allá de esta vida material? Esa es mi pregunta en concreto. ¿Cree o no cree?
Venegas, sin quitar la vista de los ojos del joven, sin parpadear, sin expresión en el rostro, como si fuera una estatua viva, lo observó. El silencio se hizo eterno.
—Apartando el plano de mis creencias: sí. Debe haber otras instancias.
Fernando se llevó la taza a la boca y tomó el último sorbo, sin dejar de mirar a su interlocutor. Este hizo lo mismo, luego miró el reloj de pulsera de su mano derecha y se levantó.
—Siempre es interesante conversar con usted.
—Lo mismo opino yo, doctor. Créame: lo considero verdaderamente mi amigo.
Él sonrió y ambos hombres salieron de la sala. El pasillo estaba vacío.