El Archipiélago Mágico Capítulo XVIII
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Capítulo XVIII

Experimentando

Eran pasadas las veintidós horas cuando el Cruz del Sur dejó la ciudad de Castro en dirección a Chonchi. Por la ventanilla del bus no se divisaban estrellas y se sentía el sonido del viento; todo hacía parecer que caería un fuerte aguacero, propio de esa época del año en la isla.

El joven médico volvía a la rutina laboral con una alegría que le invadía la mente. Ya no sentía la nostalgia desgarradora que hasta no hacía mucho lo asaltaba al pensar en su hogar, la familia y en Cecilia. La magia de Erika estaba sanando su corazón.

La noche estaba bastante helada. Miró hacia el cielo: nubes oscuras pasaban raudas y bajas. Apuró el paso; no había ningún alma en la calle. ¿Habrá algún huésped?, pensó.

Al entrar escuchó conversaciones y la inconfundible voz del académico Melgarejo. “¿Pero con quién estará? ¿Paso directo a mi pieza o interrumpo y saludo?”, pensó.

La puerta de la sala se abrió y apareció la delgada figura de Roberto, quien lo miró fijamente a los ojos .

—Adelante, doctor. Lo estábamos esperando antes de irnos a dormir.

Fernando, sorprendido de verlo, reconoció de inmediato la figura corpulenta de Joaquín Rodríguez.

—Caballeros, qué gusto saludarlos. Y usted, don Joaquín, tanto tiempo sin verlo por estos lados.

—Así es la vida, el trabajo y las circunstancias, amigo mío —respondió Rodríguez.

—Pero don Roberto, ¿cómo sabía que era yo y que llegaría a esta hora? —preguntó el joven, sorprendido.

—Muy simple, mi querido doctor. Yo estoy aquí desde el viernes, así que supuse que andaba fuera de la isla. Y como trabaja mañana, era lógico que llegara en el último bus a Chonchi.

El joven le respondió con una sonrisa afirmativa.

—Espero no haberlos interrumpido.

—Para nada —respondió Rodríguez—. Es más, me iba a retirar a mi pieza y aprovecho de hacerlo ahora. Ya estaremos conversando; me quedaré dos días más aquí. Buenas noches a ambos.

—Buenas noches —respondieron Fernando y Melgarejo .

—¿Todo bien, doctor?

—Sí, bastante bien. Hacía tiempo que no nos veíamos y que no se aparecía por aquí.

—Es verdad —respondió Melgarejo, algo agobiado.

—Qué pena el deceso de su vecino.

—Así es la vida: unos primeros, otros después. Aunque tengo la certeza de que el hombre ya no deseaba seguir compartiendo este mundo con nosotros.

—¿De verdad así lo piensa?

—¡Absolutamente! Puede quedarse tranquilo, doctor.

Melgarejo apagó la luz, dejando solo encendida la de la escalera, y ambos hombres se dirigieron a la planta alta hacia sus respectivas habitaciones.

—Buenas noches.

—Que descanse —respondió el más joven.

Fernando, ya acostado en su cama y a punto de comenzar su meditación, sintió vibrar el celular: era un mensaje de Erika.

“Buenas noches. Que descanses. Tuya siempre”.

Él le respondió de inmediato con un corazón rojo.

Ya acostado, con la mente en blanco, comenzó a sentir cada parte de su cuerpo relajada. Reparó en el gran silencio; un par de segundos después, escuchó el sonido abrupto de la lluvia sobre el techo y en los vidrios de la ventana.

Decidió empezar todo de nuevo. Abrió los ojos, observó el cielo del dormitorio e inició la relajación por partes.

Cerró los párpados imaginando la máxima relajación de cada sector de su cara, el cuello, el pecho, sus órganos interiores, brazos, antebrazos, manos y dedos; luego siguió, pausadamente, en la parte baja: muslos, pantorrillas, talones, pies y dedos de los pies.

Percibió un adormecimiento total. Su respiración se fue haciendo cada vez más lenta; ya no sentía el cuerpo.

Un fuerte escalofrío le recorrió la columna.

Su pensamiento lo llevó a una hermosa playa con aguas color turquesa, arena blanca y muy fina.

De soslayo, vio unos cabellos dorados revolotear al compás de la brisa.

Los de ella. Se sentó sobre la arena, luego se recostó, cerró los ojos y ya no hubo nada.

La mañana del lunes llegó sin avisar. Apenas tuvo tiempo de levantarse, asearse y salir muy rápido al trabajo.

Ni siquiera recuerdo haber soñado. Tendré que seguir practicando, pensó mientras observaba que la lluvia de la noche había limpiado el aire y el día amanecía despejado.