Capítulo XVI
Desvirgación
Ya era de noche. Erika seguía su rutina habitual de acostar a su hijo, mientras el huésped, cómodamente recostado en el sofá reclinable, disfrutaba de un vaso de jugo natural y dejaba que la mente repasara el día.
Después de la conversación en la pérgola, los tres pasearon bajo las sombras de los árboles frutales.
El niño, con entusiasmo, les mostró la jaula de los conejos y las pequeñas casas de colores de las gallinas.
Siguieron hasta llegar a una laguna apacible donde varias aves multicolores nadaban en las aguas verdosas.
Qué bello y apacible lugar para vivir. Un verdadero oasis en la región de los lagos. La gente que labora en el campo irradia paz; sus rostros denotan una felicidad auténtica. ¿Será el lugar? ¿La mentalidad de sus empleadores?
Sus cavilaciones fueron interrumpidas con la llegada de Erika.
—¿Estás aburrido? —preguntó ella—. Me demoré un poco más en hacer dormir a Fernandito. Está más excitado de lo normal; no está acostumbrado a recibir visitas, y siempre me acuesto con él hasta que se duerme.
—No te preocupes, me siento muy bien. Estaba pensando en la casa, el entorno, el campo. Qué tranquilidad, qué paz.
—Es cierto, este sector es muy bonito.
—Y tus padres son muy acogedores.
—Sí, y también muy celosos de su hija.
—Yo, si fuera tu papá, también sería celoso contigo.
—¿Por qué dices eso? Es imposible que seas mi padre.
—Bueno, si fuera tu hombre o tu marido.
Erika rió y se sonrojó levemente.
—Eso también sería imposible, Fernando.
—¿Por qué sería imposible, Erika? —preguntó él, algo serio, mirándola a los ojos y acercando su cara a la de ella.
—Es que soy mayor que tú.
—¿Es solo esa la razón?
—Sí, solo eso.
—¿Crees que nueve años son suficientes para evitar sentir lo que me pasa contigo, Erika?
—¿Y qué te pasa, Fernando? —preguntó ella, nerviosa .
—Siento que me cuesta estar lejos de ti. Cuando nos vimos por primera vez sentí nostalgia de no haberte conocido antes.
Fernando observó las manos de Erika, entrelazadas sobre sus rodillas, y comenzó a deslizar la suya en esa dirección hasta posarla sobre ellas.
Erika, sin dejar de mirarlo, separó las manos y con la derecha tomó suavemente la de él. Ambas manos se abrazaron con fuerza.
—Fernando, a mí también me sucede lo mismo.
El joven acarició suavemente la cara de Erika.
Sus dedos tocaron delicadamente su oreja, luego sus labios.
Tomó su cara con ambas manos, acercándola hacia la suya muy lentamente.
Ambas bocas se aproximaron, sintiendo las respiraciones entrecortadas por la emoción, hasta unirse en un beso apasionado.
Él la tomó por los codos y ambos se pusieron de pie sin dejar de besarse. Sus cuerpos se abrazaron y se acercaron uno al otro con creciente pasión.
Ella tomó la cara de Fernando con ambas manos y acercó la boca a su oído .
—Te amo, Fernando. Te amo desde la primera vez que te vi. Nunca he amado a nadie, y nunca nadie ha tocado mi cuerpo.
—Yo también te amo, Erika. Te necesito y no quiero estar con nadie más que contigo.
—¿Estás seguro? ¿No te importa que sea mayor?
—No, preciosa. Para el amor la edad no es un tema.
Fernando la besó en los labios, en ambas mejillas, luego en el cuello. Le acarició los senos y su boca los buscó. Ella tomó su cara, le dio un beso apasionado en la boca y luego le besó la oreja.
—Amor, vamos a tu pieza —le dijo ella muy despacio al oído.
Apagaron las luces de la sala y salieron de la mano hacia la escalera que conducía al segundo piso. Fernando abrió la puerta, entraron juntos y la cerró suavemente, trabándola por dentro.
Una luz tenue penetraba por la ventana, permitiendo ver sus siluetas mientras se abrazaban.
Una alegría inconmensurable los inundó a ambos mientras permanecían así, besándose, con las manos recorriendo y acariciando sus cuerpos.
Primero la blusa de ella; luego Erika le desabrochó los botones de la camisa y besó su torso desnudo. Después él le quitó el corpiño .
—Eres tan bella. Tu piel es tan suave —murmuró, acariciando con su boca los senos desnudos de ella, mientras la respiración de la mujer se aceleraba.
Fernando le sacó el vestido, quedando ella solo con sus pequeñas bragas blancas.
Él se desabrochó el cinturón, se quitó los pantalones y la ropa interior, la tomó en brazos y la llevó a la cama.
La besó nuevamente en la boca. Con la mano izquierda le tomó el cuello y con la otra le quitó las bragas, quedando ante él el contorneado y bello cuerpo de Erika, el cual recorrió despacio hasta llegar a su centro.
Delicadamente le abrió las piernas y se posó sobre ella, sintiendo su cuerpo caliente y húmedo.
Comenzó a penetrarla muy suavemente. Ella, instintivamente, se movió con cierta incomodidad.
Fernando se retiró, se recostó de espaldas sobre la cama y la tomó de la cintura, subiéndola sobre su cuerpo para penetrarla de nuevo.
Las manos de él quedaron libres para recorrer su espalda, acariciar sus cabellos, sus piernas, hasta llegar a sus glúteos, los cuales tomó con fuerza para darles el movimiento necesario y alcanzar juntos el maravilloso clímax.
El éxtasis de ella había llegado a su punto más alto .
Luego el silencio, y solo el sonido de sus respiraciones recuperándose lentamente.