Capítulo XV
Más allá de la vida
Un resplandeciente brillo de luz entró por la ventana. Fernando abrió los ojos, estiró el cuerpo y tomó el celular de la mesita: eran las diez y media. Se puso la bata y se dirigió al baño.
Ya aseado y vestido, salió de la pieza y caminó por el extenso corredor hasta llegar a la cocina. El pequeño lo vio llegar y corrió hacia él. Fernando lo alzó en brazos y luego saludó a todos.
—¿Cómo durmió la visita? —preguntó Helga.
—Demasiado bien. Creo que no lo hacía desde que salí de Santiago.
—¿O sea que hace tiempo que no visitas a tus padres? ¿Pero por qué tanto? —preguntó Helga con inocente curiosidad.
Fernando, sorprendido ante la pregunta, no logró disimular la incomodidad.
—Mamá, por favor. Tendrá sus razones —intervino Erika .
—Es cierto que causa extrañeza no haberlos visitado todavía, pero ya tendré la oportunidad —respondió Fernando con una sonrisa discreta.
Erik terminó el último sorbo de su café y se levantó para realizar labores externas. Helga, junto a Rosita y el niño, salieron hacia la huerta. Erika y Fernando se quedaron solos en la mesa.
—¿Por qué piensas que mis razones de no visitar a mi familia son tan reservadas?
—Intuición femenina. Ya me lo contarás a su debido tiempo —respondió ella con seguridad.
—¿Vamos a caminar? —propuso.
—Bueno. El día está muy agradable.
Ambos salieron por la puerta principal. La figura de bronce de la mujer semidesnuda de la pileta circular se veía con total claridad: tenía una vasija sobre el hombro desde la que caía de forma permanente un delgado torrente de agua, otorgando un melodioso sonido que invitaba a la calma.
Ya en la pérgola, Fernando observó el lugar: había cómodos asientos y una sombra fresca producida por flores trepadoras. El aroma de la multiplicidad de flores se mezclaba con el de la gran variedad de frutas del huerto contiguo .
Erika llevaba una túnica blanca hasta las rodillas, dos trenzas doradas colgando sobre los hombros y unas gafas redondas de montura dorada. Fernando la observó: era como la representación de una auténtica mujer hippie de los años sesenta.
—¿Existe vida después de esta, entonces? —preguntó el joven, como si el diálogo no se hubiera interrumpido.
—Sí, absolutamente. Y a la gente le cuesta mucho creerlo.
—¿Y cómo te explicas que ese señor me dijera con tanta seguridad que iba a dejar este mundo, y efectivamente muriera?
—No sabría cómo explicártelo. Habría que preguntárselo a él.
—¿Pero cómo? —preguntó Fernando, arqueando las cejas.
—Creo que hay que esperar un tiempo adecuado y salir al astral, o donde se expande nuestra conciencia, o como queramos llamarle. Invocarlo, y puede que nos atienda.
—O sea, ¿podríamos hacerlo ambos?
—Por supuesto. Pero te explicaré algunas cosas primero. La conciencia, en este plano, se mueve en colaboración con nuestro cerebro. Es como un programa inserto en un computador físico, con sus conexiones y derivaciones.
—Te voy siguiendo .
—Nuestro segundo cuerpo, o conciencia expandida, no se mueve muy libremente por esta dimensión, la del mundo de los vivos.
Administrar los pensamientos es de vital importancia y quizás lo más complicado.
Controlar el pánico, los temores, las fobias, ya que son los peores enemigos.
Por otra parte, en este sitio de baja frecuencia se ubican miles de entidades atadas al sistema: esclavos de las pasiones que tuvieron en vida.
—¿Te refieres a vicios como fumar y beber?
—No los limitaría a vicios, sino a actividades en general. En una o más personas vivas puede haber miles de entidades absorbiendo la energía generada por el placer.
—A ver si entiendo. El placer en cualquiera de sus formas. Si no se controla o supera en esta vida, ¿puede que quedemos atados a él incluso después de la muerte física?
—Así es. Pero no solo el placer: también te encuentras con entidades que tuvieron su paso por este mundo y murieron de forma tan violenta que no saben que ya no pertenecen a él.
»Creo que se debe a que su conciencia, una vez liberada de esa carcasa física, se difumina por tener una escasa vibración, o no haber alcanzado la vibración necesaria que le hubiese permitido acceder a potenciales superiores, como la capacidad de crear .
—¿A qué te refieres con esto último, crear?
—Te lo explico. Estando nuestra conciencia en este cuerpo físico, el hombre tiene un destello de creación en sí. Muchas filosofías lo han plasmado en sus textos. Esto es solo el primer atisbo, ya que en planos de evolución, trascendencia y vibración, el acto de creación es posible en plenitud.
—¿Y eso es posible cuando te sales del cuerpo físico?
—Lo que sucede es que cuando salimos al astral, nuestra conciencia se mueve en un cuerpo etéreo y se encuentra aún en el mundo de los vivos; ese no es el medio donde nuestro segundo cuerpo se mueve de forma natural.
—¿Existen más estados o escenarios? —preguntó él, sorprendido e interesado.
—Como te decía. Uno sería el estado fuera de tu cuerpo interactuando en el aquí y el ahora.
Un segundo plano donde se percibe todo mediante la fuerza creativa del pensamiento, conservando las pautas de la vida física.
Y un tercero que no se parece en nada a los otros dos.
Es un estado de vida donde no existe la modernidad.
Quizás sea un mundo paralelo, pero no creo que sea el pasado ni el futuro del mundo actual.
—¿Has accedido a ese último ?
—Sí, he estado en los tres.
—¿Cuándo uno sueña, está en el escenario uno?
—Sí, por lo general. Y puedes estar con personas vivas y muertas. Es un estado de conciencia que permite recordar lo sucedido.
—¿Y qué sucede cuando tienes un sueño totalmente lúcido y te despiertas bruscamente, conservando el mismo estado emocional en que estabas? —preguntó sin dejar de mirarla a los ojos.
—Es porque, efectivamente, tu segundo cuerpo estaba en plena actividad en su medio natural: el astral.
—¿Y si esa interacción es con una determinada persona y recuerdas sus gestos, su rostro, su cuerpo?
—Es porque el segundo cuerpo de esa persona estuvo con el tuyo y tu conciencia estaba expandida.
Fernando sintió que el corazón se le aceleraba y un leve calor le invadía el rostro.
Tiene a su lado a la mujer que le brindó el mejor de los placeres y el sofocante sabor de la muerte. ¿Será posible que haya sido ella, o solo fue una pesadilla ?
Antes de que pudiera contenerse, la pregunta ya estaba en sus labios.
—Erika, quiero que me saques de una duda. Hace…
—¡Mamá!
Fernandito corrió hacia su madre mientras Erika, dulcemente, lo esperaba con los brazos abiertos.