Capítulo XIV
Descubriendo a Erika
Los dueños de casa se despidieron y se retiraron a su habitación.
Erika invitó a Fernando al living: un espacio íntimo con chimenea de piedra en un vértice, una pared cubierta de libros y, en la esquina opuesta, un discreto bar.
El gran sillón de cuero café y los dos sofás reclinables del mismo material rodeaban una robusta mesa de centro con anchas patas torneadas y un jarrón de cristal con un par de orquídeas rojas.
Ambos tomaron asiento en el sofá más grande. Fernando recorrió el espacio con la mirada.
—Qué lugar más acogedor. Me da la sensación de estar en los años veinte.
—Es cierto —respondió Erika, sonriendo—. Esta decoración fue idea de mi papá. La cocina y el resto de la casa, de mi madre.
—¿Sirvámonos algo?
—¿Qué tienes?
—¿Te gusta el vino?
—Me parece .
—Espérame, voy y vuelvo.
Ella salió de la habitación y el invitado se levantó hacia la biblioteca para ver algunos títulos. Luego se dirigió a la ventana. A través de los pequeños rectángulos del ventanal distinguió, en la penumbra de la noche, la figura en tamaño real de la pileta de agua.
Escuchó pasos, giró y vio a Erika entrar con una bandeja: una botella de vino, dos copas y un dispensador de galletas, queso azul y maní salado.
—Salud, por estar aquí en mi hogar.
—Salud, y gracias por abrirme las puertas —respondió él, tocando su copa suavemente.
Ambos saborearon el Carmenere, una cepa de origen francés característica del valle central de Chile.
—¿Podemos retomar nuestro diálogo? —preguntó él.
—Pregúntame todo lo que quieras. Tendrás las respuestas que buscas.
—¿Quién es el papá de tu hijo?
—Lo ignoro. Yo soy su madre y su padre. No es que sea la Virgen María, pero no fue concebido por una relación sexual .
Fernando la miró fijamente. La misma mujer del aeropuerto. El mismo niño en brazos. Y hoy estaba aquí, frente a él.
—Si sacas bien las cuentas, comprenderás que el tiempo se me acababa para procrear en forma segura, una vez que terminara completamente mis estudios, lo cual fue siempre mi primera prioridad.
—¿Es adoptado entonces? —preguntó el joven.
—No, es absolutamente mío. Es sangre de mi sangre.
—Cuando decidí tener a Fernandito no tenía pareja ni pretendiente. Mi objetivo era tener un hijo, con la desventaja de mi edad, así que comencé a planificar con el médico de la clínica en Santiago la forma más segura de tener familia.
»Me propuse fertilizarme en forma artificial, a través del banco de espermas de Dinamarca. Conseguí la muestra de acuerdo a mis intereses, y tuve a mi hijo mediante un riguroso tratamiento por inseminación artificial.
—¿Entonces cuando nos vimos por primera vez venías de un control médico con Fernandito?
—Exactamente. Viajé exclusivamente para eso.
—Yo no dejaba de preguntarme en qué parte del avión ibas. Traté de ubicarte, pero fue inútil .
—Me estaba acomodando en cuatro asientos, justo detrás de ti, cuando miraste hacia atrás. Comprenderás que no te iba a gritar si, además, no te conocía.
—Es cierto. Y tampoco te vi en el despacho de maletas. Pensaba encontrarte ahí, pero tampoco fue así.
Erika rió mientras ponía un trozo de queso sobre una galleta.
—Te vi en tres oportunidades. Primero cuando llegaste al aeropuerto; segundo, cuando entraste al avión y miraste hacia atrás, y tercero, cuando mirabas para todos lados en el despacho de maletas.
—¿Pero cómo me reconociste tan fácilmente?
—Por favor, Fernando: tienes una altura que de ninguna forma pasa desapercibida.
—Bueno, tú tampoco eres baja de estatura, y tienes una cara inconfundible.
—Perdóname que te diga algo, pero ustedes los hombres son muy pavos.
Fernando no respondió. Terminó su copa y llenó ambas de nuevo, con las mejillas encendidas.
—¿O sea tú piensas que soy muy quedado ?
—¡No! Para nada. Lo dije en general. Es más, te considero una persona bastante inteligente.
—Viniendo de ti es un halago.
—Salud por eso entonces —dijo ella.
—Salud —respondió el joven, bebiendo de su copa.
—En todos los años que estuviste estudiando, ¿conociste a alguien?
—¿A qué te refieres? —consultó ella, algo seria.
—Me refiero a si tuviste algo con alguien. Los europeos suelen ser más libres en eso.
—¿Lo que quieres saber es si tuve sexo con alguien?
—Sí, eso.
—¿Y por qué me lo preguntas? —lo miró fijamente y Fernando no pudo evitar sonrojarse de nuevo.
—Te ruego me disculpes si te ha molestado.
—No, te lo juro. Para nada. Es simplemente que tengo curiosidad por saber por qué me lo preguntas.
—Te lo pregunto porque creo que el sexo hoy en día es algo muy natural, y quizás es tan obvio que ni siquiera debí consultártelo. Eres una mujer muy bella, dulce y, por otro lado, la más firme exponente de la inteligencia femenina que conozco .
—Fernando, eso es lo que me gusta de ti: tu curiosidad de niño bueno. Sin prejuicios, sin maldad y sin morbo. Pero en mérito de cómo eres te voy a responder: no. Nunca tuve sexo con nadie mientras estuve en Europa.
El joven se arrimó a la mesa de centro y sirvió lo último que quedaba de vino en su copa.
—¿Alguna otra consulta, doctor?
—Ninguna más. Me has dado mucho más de lo que esperaba, y tu hijo me regaló un abrazo y una sonrisa que no voy a olvidar. Mañana, cuando puedas, me gustaría que me ayudaras a entender lo de mi paciente y a conocer un poco más tus experiencias fuera del cuerpo, si quieres compartirlas.
—Así será. Nos queda bastante tiempo todavía. ¿Te parece si nos vamos a acostar? Te indico cuál es tu dormitorio.
—Ya pues, vamos.
Erika apagó la lámpara de pie y lo guio hacia el pasillo. La casa estaba en silencio. Afuera, el lago.