El Archipiélago Mágico Capítulo XIII
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Capítulo XIII

La visita

Eran las diecinueve horas del viernes cuando el Cruz del Sur comenzó a salir de la terminal de buses de Castro en dirección a Puerto Montt.

Fernando viajaba en la primera butaca individual del primer piso, con una pequeña mochila de vituallas para dos días. Una vez que el auxiliar revisó su boleto, reclinó el asiento, cerró los ojos y comenzó a repasar la gran cantidad de ideas que inundaban su mente.

Nunca había sentido con tantas ansias que llegara un viernes.

¿Por qué me siento tan tranquilo después de haber aclarado con Angélica nuestra relación de amistad?

¿Por qué sentí molestia cuando ella se acordó de Erika en forma sarcástica?

¿Qué misterio encierra esta mujer que irrumpe en mi vida y que en tan poco tiempo ha permitido que haya enterrado el recuerdo de Cecilia?

Su historia, su vida, su hijo, las prácticas relacionadas con la expansión de la conciencia.

Son tantas cosas de ella que no me son indiferentes.

Algo me dice que al volver se habrán abierto más puertas en torno a este fascinante tema.

Y lo que más me inquieta es que nada puedo hacer, absolutamente nada, para evitar que las cosas sigan evolucionando.

Será mejor que duerma. Quizás esta noche sea larga.

Al cabo de un tiempo indeterminado, el suave sonido de un teléfono fue aumentando de volumen hasta sentirlo muy cerca del oído. De un sobresalto tomó conciencia, despertó y alcanzó el aparato desde el bolsillo derecho de la casaca.

—Aló, Erika.

—Hola, Fernando. ¿Dónde vienes?

El joven se dio cuenta de que el bus estaba haciendo ingreso al terminal de buses de Puerto Montt.

—Estamos llegando.

—Por fin. Se demoró como media hora más en llegar.

—Desperté con tu llamada.

—Bueno, así no te vas a quedar dormido en el viaje a casa.

—¿Dónde nos juntamos?

—Estoy en el estacionamiento, en un auto blanco. Te prenderé las luces para que me ubiques.

—Bueno .

—Te espero entonces.

Fernando se desabrochó el cinturón de seguridad mientras esperaba que bajaran los pasajeros del pasillo.

Ya a la intemperie, un fuerte y frío viento lo recibió.

Como pudo se abrió paso entre la muchedumbre en dirección al estacionamiento.

Un Mercedes-Benz blanco, no tan moderno, con las luces encendidas le indicó que era Erika.

Ya en el interior del amplio y cómodo vehículo, la encontró con una alegre sonrisa.

Su rostro resaltaba por su amplia frente.

Llevaba el cabello recogido con una trenza en la parte posterior de la cabeza.

Un abrigo blanco cubría su cuerpo y dos pendientes de perlas adornaban su cara. Se saludaron muy afectuosamente.

—¿Cómo estuvo tu viaje?

—Literalmente un abrir y cerrar de ojos.

—¿Mucho trabajo esta semana?

—Lo de siempre. Sin embargo, han aumentado mis pacientes. Creo que la curiosidad hace que vengan a verme.

—No seas modesto, Fernando. Recuerda que tengo acceso a todos los expedientes de desempeño de la región, y tú tienes una buena evaluación. Ese indicador viene principalmente de la gente .

Erika puso en marcha el vehículo y salió del estacionamiento en dirección a la avenida Salvador Allende.

—Qué bueno que estás aquí, Fernando. Quiero que te sientas cómodo; la casa es grande y un dormitorio te está esperando.

—Gracias por tu invitación. Me alegra de verdad estar nuevamente contigo y así conversar los temas que nos quedaron pendientes.

—Lleguemos a la casa, conoces a mi familia, comemos y luego podemos conversar un rato. Nos queda mañana todo el día y parte del domingo.

Entraron a la ciudad de Puerto Varas, por la calle San Francisco; luego bajaron por Aconcagua hasta empalmar con la costanera, que los condujo directamente al camino a Ensenada. A la izquierda, el gran lago. Al cabo de una media hora estaban llegando al destino final.

—Ya estamos en casa —anunció Erika.

El portón comenzó a abrirse lentamente, dando paso a una arboleda en ambos lados del camino. Apareció una casa blanca de dos pisos rodeada por un enorme césped y manchones de flores multicolores. Una pequeña plazoleta albergaba en su centro una pileta con una figura de bronce .

Los recibieron los padres de la joven y el pequeño Fernando, quien corrió hacia su madre abrazándola efusivamente.

—Él es Fernando Gutiérrez. Ella es mi mamá Helga, él es Erik, mi padre, y este pequeñín es mi adorado hijo Fernandito.

Fernando saludó a cada uno con respeto y al niño en especial. Le ofreció los brazos y el pequeño correspondió de inmediato.

—Hola, Fernando. ¿Sabías que tenemos el mismo nombre?

El niño respondió con una sonrisa y un movimiento afirmativo de la cabeza.

—Eres muy simpático y buen mozo —le dijo él.

Helga era una mujer delgada de unos sesenta y cinco años muy bien conservados.

De marcado rostro europeo, aún conservaba el pelo dorado con algunas canas plateadas.

Erik, en cambio, era alto y algo corpulento, de unos setenta años, pelo plateado, ojos claros y lentes ópticos redondos.

Ambos hablaban un español no del todo fluido.

—Pasemos a la cocina. La mesa está servida; imagino que deben tener hambre —dijo Helga.

La cocina era amplia, de corte sobrio, elegante y moderno. La mesa de diario, amplia para seis, estaba dispuesta solo para dos: los padres ya habían cenado .

Erika invitó a Fernando a sentarse. La asesora Rosita, tras saludar a los comensales, les entregó el plato: una porción de pavo relleno con tocino y especias. Luego se retiró y Helga tomó asiento a un costado.

—¿Cómo estuvo tu día de trabajo, hija?

—Un poco agotador, mamita. Aproveché de avanzar en algunos temas administrativos sabiendo que Fernando iba a llegar un poco tarde.

—Y tú, Fernando, ¿te acostumbras en la isla?

—Aunque no están todas las comodidades para realizar la mejor medicina, me he ido acomodando. Hay colegas con bastante entrega en el trabajo y son buenas personas, y en la pensión donde me hospedo me siento bien.

—Erika nos contó que es bastante interesante el lugar y la arquitectura de la casa. Erik, podríamos ir algún fin de semana. Hace tanto tiempo que no visitamos la isla.

—Sí, más adelante podríamos hacerlo —respondió él.

—Lo que sucede es que aquí en el campo tenemos bastantes actividades que no nos permiten alejarnos por mucho tiempo —dijo Helga, dirigiéndose a Fernando—.

Principalmente la lechería. A pesar de que tenemos personal dedicado, Erik debe estar atento a que la gente haga lo que tiene que hacer.

Tenemos un contrato de entrega mínima diaria de leche a la planta, y nuestras vacas no saben de sábados y domingos.

—Por eso insisto en que tienen que contratar a alguien dedicado a administrar, y que mi papá no tenga que estar todo el tiempo haciendo lo mismo —respondió Erika con un dejo de fastidio.

Fernando, mientras terminaba su plato, pensó en la armonía y tranquilidad que percibía en el ambiente:

Una familia muy unida, pensó. ¿Y el padre del niño? Aunque ya no tuvieran relación alguna, debiera tener algún tipo de presencia. Algo no cuadraba.

Sus pensamientos fueron interrumpidos por Erika, que decidió ir a acostar al niño.

—Me alegra que Erika haya encontrado un colega y pueda socializar, ya que no hace otra cosa que dedicarse a su hijo y al trabajo —comentó el padre.

—Erik, por favor. Fernando va a pensar que Erikita es una inadaptada social, y está muy lejos de serlo —lo interrumpió Helga—. Lo que sucede es que ella es una persona muy especial, dedicada a su familia, a su hogar y a sus estudios. ¡Ha pasado toda su vida estudiando y leyendo! Esa es la verdad.

Rosita llegó con una bandeja en la que traía dos pocillos con jalea de postre.

—La verdad es que deben sentirse muy orgullosos de la hija que tienen.

—Yo solo tengo una hija. No sé si Erik tenga más hijos por ahí —dijo Helga, mirando a su esposo con una sonrisa.

—Mujer, nos conocemos toda una vida y me sales con eso —le respondió él socarronamente.

—¿O sea que ella es hija única? —preguntó Fernando, sorprendido.

—¿Acaso no se nota? —preguntó Erik.

—No fueron buenos nuestros primeros días cuando llegamos a Chile y no pensábamos tener hijos —comentó Helga—. Sin embargo, Erikita llegó y fue una bendición. Hemos sido muy felices los tres, y ahora los cuatro. Ella nos ha dado tantas felicidades y un tremendo orgullo como padres.

—Apuesto a que están hablando de mí —dijo la joven, ingresando a la cocina.

—¿No se despertó el niño mientras lo acostabas ?

—¿Me van a creer que lo desvestí, le puse el pijama y en ningún momento abrió los ojos?

—Estaba cansadito —dijo la abuela con ternura.

—Mejor así. No da función en la noche y puedo dormir tranquila —acotó la joven madre.

—Sirvámonos el postre —dijo Erika, mirando a Fernando con una sonrisa que prometía que la noche aún tenía mucho por dar.