Capítulo XII
El consejo
Fernando observaba detenidamente el plato de cazuela chilota sin haber probado ni siquiera una cucharada. En el comedor, los dueños de casa y el joven ocupaban una esquina de la amplia mesa.
—¿No tiene hambre? —preguntó la dueña de casa.
—Disculpe. Estaba pensando en un mensaje que recibí de don Roberto. Murió hace unas horas un paciente que yo atendía. Eso es lo que me sucede.
—¿Y quién es? —preguntó don Emanuel.
—Su vecino.
—¿No me diga que es el señor al que se le murió la familia hace un tiempo?
—Ese mismo, don Emanuel.
—Qué tristeza. La muerte nunca es bien recibida —admitió el dueño de casa.
—Pero pensemos que es un consuelo para el pobre hombre, que todos estos años tuvo que vivir solo sin su esposa e hijos. No puede haber un dolor más grande —acotó la señora Emilia.
—Es cierto. Es posible que para él sea un consuelo —admitió su marido.
La cena concluyó y el joven se retiró a su pieza. Realizó su habitual baño nocturno y se acostó en la cama.
Absorto en sus pensamientos, oyó sonar repetidas veces la alarma de mensajes de su celular. Pensó que debía ser Angélica, mientras con la mano izquierda tomaba el aparato de la mesita de noche.
Su sorpresa fue mayor al leer que era Erika, quien le comentaba que había pensado mucho en él y lo invitaba el próximo fin de semana a su casa.
Fernando, sin responder el mensaje, marcó su número telefónico y espero atento a su contestación.
—Hola, Fernando.
—Hola, Erika, ¿puedes hablar?
—Por supuesto. ¿Cómo has estado?
—Muy bien, ya acostado descansando.
—Yo acostada con mi hijo, que ronca aquí a mi lado. Pero tú me quieres contar algo, ¿no es así ?
—Así es. Recibí un mensaje de Melgarejo diciéndome que su vecino ha fallecido hoy. Imagínate cómo me siento.
Por unos segundos solo hubo un silencio prolongado, como si ella ordenara sus ideas antes de responder.
—La verdad es que estoy muy sorprendida. Esto escapa a todos mis análisis, Fernando. Calmemos, tenemos toda la semana para ordenar nuestras ideas y lo conversamos aquí en mi casa. ¿Te parece? Para qué desgastarnos ahora.
—Es cierto. Opino lo mismo.
—Les hablé a mis padres de ti y quieren conocerte.
—Será un agrado conocerlos, al igual que a tu hijo.
—Lo ideal es que el próximo viernes te vengas a Puerto Montt y yo te espero en el terminal de buses.
—Me parece bien.
—Bueno, en la semana nos comunicamos y afinamos los detalles.
—Así lo hacemos. Que descanses.
La semana transcurrió con normalidad. Fernando atendió sus pacientes habituales junto a Angélica y, contrario a lo que había temido, la relación se descomprimió de manera natural: entre ellos había nacido una fraternidad que lo hacía estar más tranquilo y feliz en su trabajo diario.
Era mitad de semana y faltaba poco más de media hora para el final de la jornada laboral cuando decidió visitar al doctor Venegas en su despacho. La puerta estaba semi abierta.
—Doctor, buenas tardes. ¿Puedo pasar?
—Adelante, Fernando. Pase y tome asiento. Estoy revisando fichas de mis pacientes y discutiendo muy seriamente con este computador.
Fernando sonrió apenas.
—¿Necesita ayuda?
—No se preocupe. ¿A qué se debe esta visita?
—La verdad es que terminé mis actividades y vine a visitarlo un rato, para ver cómo ha estado.
El veterano médico alzó la vista y, mirando por sobre sus lentes los ojos del joven, le comentó con tono paternal:
—Hábleme con toda confianza. Algo le preocupa.
—Es verdad, doctor. No me he sentido bien estos últimos días.
El médico se alejó del teclado, cruzó los brazos y lo observó con atención .
—Siento que no pude hacer nada por una persona y ha fallecido.
—¿Dónde? —preguntó el veterano, intrigado.
—Es una larga historia, pero trataré de resumírsela.
—Cierre la puerta, por favor, y demore lo que sea necesario. Yo lo escucharé.
El joven se levantó, cerró la puerta y le agradeció el gesto con una inclinación de cabeza.
—Se trata de la persona que cayó en paro el día que llegué aquí. Fue derivado al hospital de Castro y luego le dieron el alta. En la última ronda que fuimos a Puqueldón estuve hablando con él. Me acabo de enterar de que murió el domingo.
Venegas levantó los ojos al cielo, como ordenando sus ideas. Luego hizo una inspiración profunda, entrelazó los dedos de las manos y los apoyó sobre el escritorio.
—Sabe, Fernando, le diré algo. Yo conocí muy bien al señor Cárdenas, incluso a sus hijos y a su señora esposa. Una mujer muy religiosa, una familia muy unida que, por circunstancias de la vida, fue tristemente destruida de una manera muy cruel.
»El hombre quedó destrozado, viviendo solo con sus recuerdos. Sepa usted que nuestro segundo cerebro es el corazón. No creo que este hombre haya dejado de pensar, ni un segundo, en su familia durante estos últimos veinte años. Toda esa carga emocional soportada por el órgano que nos permite vivir.
»Sé que usted se siente responsable, quizás por no haberse interesado más en su salud.
Pero usted no era su médico tratante. Además, él tenía antecedentes de problemas cardíacos.
Tarde o temprano la máquina habría fallado.
Y agréguele que él ya no quería seguir viviendo.
Por lo tanto, usted, amigo mío, poco y nada hubiera podido hacer.
—Es cierto lo que usted dice. Me cuesta mucho abstraerme.
—Usted tiene que ser fuerte. No existe otra profesión como la nuestra que lidie tanto con la muerte. Está ahí, al lado suyo, siempre. Y lo único que podemos hacer es aprender a trabajar con ella sin que nos aplaste.
—¿Usted cree en las experiencias después de la muerte, doctor?
Venegas lo miró por unos segundos antes de responder.
—Si usted me pregunta si creo que ese hombre tenía ganas de reunirse con su familia, no lo pongo en duda. Si creo que pueda lograrlo, lo ignoro. No tengo las herramientas académicas para saberlo, ni tampoco las de la fe .
Fernando observó a su experimentado colega y no le cupo duda de su sinceridad absoluta.
—Muy clarificador lo que usted me ha dicho. Se lo agradezco mucho.
—Fernando, cuando quiera conversar no lo dude nunca. Siempre estaré dispuesto a escucharle y ayudarle en lo que pueda.
—Muchas gracias, doctor.
El joven médico se despidió y salió del despacho. En el pasillo se quedó un momento inmóvil, con la mano en la cerradura de la puerta. Luego fue a su casillero, se sacó el delantal, se puso la chaqueta y salió al frío de la tarde.