El Archipiélago Mágico Capítulo XI
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Capítulo XI

La muerte

Era domingo y faltaba casi media hora para el mediodía. Fernando dormía plácidamente. Era ese tipo de sueño profundo que solo recordaba de los domingos de Santiago.

La alarma del celular lo despertó abruptamente. En forma mecánica se llevó el aparato al oído.

—Aló, Fernando.

—Sí, ¿con quién?

—Soy yo, Angélica.

—Hola, ¿cómo estás?

—Bien, ¿y tú?

—Saliendo del reino de Morfeo.

—El día está muy bonito. Te llamé para ver si podíamos hacer algo juntos.

Al escuchar la inusual invitación, el joven terminó de sacudir la modorra.

Se había programado para dedicar el día a repasar el cúmulo de experiencias y emociones de las últimas cuarenta y ocho horas.

¿Qué hago?, pensó. No quiero que nada entorpezca el trabajo, ni el de ella ni el mío.

Buscó la manera de declinar, pero antes de que pudiera hablar, ella volvió a la carga.

—¡Ya pues! ¿Qué me dices?

—Pero si estoy acostado todavía.

—¿En cuánto rato te paso a buscar?

—Bueno, en una hora. Estaré afuera de la pensión.

—Vale, a esa hora estaré ahí —respondió ella, muy contenta.

El joven esperó a Angélica en la vereda. El día estaba soleado aunque una brisa cálida aún le hacía entorpecer el cuerpo. Miró en la dirección por donde se había alejado la camioneta de la mujer rubia. Un auto blanco se acercó y se detuvo.

—Hola, Fernando. Solo me demoré bastante poco desde que hablamos.

—Hola, Angélica.

El joven dio la vuelta, abrió la puerta del copiloto y se saludaron. Al instante el auto arrancó.

—¿Dónde me llevas? —preguntó él.

—Es una sorpresa —respondió ella, coqueta.

El auto salió por el camino de acceso a Chonchi. La belleza del paisaje y la música cadenciosa del equipo invitaban a relajarse. A Fernando de pronto le pareció ver estacionado el camión blanco de Rodríguez en un desvío a la derecha de la vía.

—¿En qué piensas? —preguntó ella.

—En nada en especial. Me dedico a contemplar cómo conviven la naturaleza y la civilización en plena armonía, en contraste al vivir en una gran ciudad.

—¿Volverías si te ofrecieran trabajo en una clínica?

—¿A Santiago? Ni por los mejores honorarios.

—¿Y tú, Angélica?

—La verdad es que lo pensaría seriamente.

El copiloto la quedó mirando, mientras ella sonreía sin quitar la vista del camino.

—¿Qué me miras? —dijo ella.

—Es que no te imagino trabajando en Santiago.

—Yo tampoco, pero he aprendido que no hay que descartar absolutamente nada en esta vida, pero dime, ¿qué te pareció la visita que tuvimos? —preguntó ella, girando la cabeza y mirándolo a los ojos.

—Una persona bastante interesante y de mucho mundo.

—Sí, eso no me cabe duda. Se nota que ha vivido bastante, y debe tener muchas historias que contar .

—¿Cómo cuáles, por ejemplo? —preguntó el joven con una leve sonrisa.

—Ay, Fernando, qué ingenuo eres. Me contaron que es madre soltera.

—Sí, tiene un hijo. Pero ignoro su historia.

—Imaginé que debías saber más, ya que se alojó en tu pensión.

—Es cierto, pero conversamos de varios temas y muy poco de su vida privada.

—Ya estamos muy cerca —dijo la joven.

El serpenteante camino llegó a una bifurcación. Un letrero anunciaba el acceso al lago Huillinco. El vehículo siguió esa dirección.

—Qué bonito lugar —comentó el joven, observando el entorno.

—Es un lago muy tranquilo con unas playas preciosas. Quise invitarte para hacer algo distinto. ¿Por qué ir siempre a un restaurante cuando perfectamente se puede ir de picnic?

—Tienes razón, aunque nos faltaría la canasta.

—Mientras te levantabas, preparé una con algunas cosas ricas .

La joven detuvo el auto frente a un acceso directo a la playa, con frondosos árboles en ambos lados del callejón.

—Hemos llegado —anunció Angélica.

—Qué bonito y tranquilo —acotó Fernando, haciendo una larga inspiración con los ojos cerrados.

Caminaron largo rato por la arena y a la orilla de las tranquilas aguas del lago Huillinco.

Mantuvieron una larga y distendida conversación, hasta que el sol cayó varios grados del cénit; sus rayos penetraban la superficie del agua, brindando una explosión de brillos.

El color verde de los árboles había cambiado de tono y el silencio, combinado con el sonido de la brisa, otorgaba un mosaico que invitaba a la reflexión y la contemplación.

Ya en dirección al estacionamiento, la conversación cesó, dando paso a unos minutos de silencio entre los dos.

—¿Tienes hambre? —preguntó la joven.

—Hambre y sed —respondió él, entusiasmado.

Se ubicaron en un sector de la playa, cercano al estacionamiento, colocaron la frazada sobre la arena y se recostaron con la canasta de mimbre entre ellos .

—Delicioso —acotó Fernando mientras masticaba un sándwich de ave.

—Lo hice con bastante cariño.

—No me cabe duda. Eres una mujer íntegra; lo haces todo bien.

—¿De verdad lo crees, o lo dices solo por halagarme?

—Así lo pienso, y no tendría motivo para decirte algo que no siento.

—Te creo, Fernando, todo este tiempo te he observado y cada vez me convenzo que eres una persona muy distinta al resto. Nunca te he escuchado hablar mal de nadie, eres una persona honesta, sencilla y como profesional no hay diferencia entre tú y los otros médicos en cuanto a conocimiento.

—Curioso lo que dices. Hay muchas cosas que desconozco. Será que no me paso el día haciendo preguntas.

Habían terminado de comer. Angélica fue a dejar la canasta al auto mientras Fernando se quedaba relajadamente tendido sobre la frazada. Cuando ella volvió, se sentó muy cerca de él.

—Qué tarde más hermosa.

—Es verdad. Aunque démonos crédito nosotros también, porque no sería igual si no estuvieras aquí .

—Lo mismo digo yo, Fernando. Me gusta estar aquí contigo.

Ella lo buscó con la mirada. Algo la inquietaba. Fernando le devolvió la mirada y notó que tenía una expresión distinta, extraña.

—¿Qué te sucede, Angélica? Cuéntame.

—No sé. No me siento bien. Quisiera contarte algo, pero no sé si me atreva a decírtelo.

La joven se llevó ambas manos a la cara. Fernando se acercó para tomárselas, pero ella lo abrazó, rompiendo a llorar. Él sintió la humedad de sus ojos en el cuello.

—Tranquila, por favor. Cuéntame.

—Fernando, yo te amo. Te amo con toda mi fuerza —sus labios buscaron los de él mientras sus manos acariciaban su rostro—. Quiero ser tuya y de nadie más.

Fernando apartó su boca con suavidad, y con la mano derecha le acarició el cabello.

—Angélica, eres una de las personas más importantes que tengo. Me has llenado de luz y he sentido tu apoyo incondicional. Te admiro como persona y como profesional. Me quebraría como un árbol si te hiciera daño, y no quiero hacerlo .

»Estoy saliendo de un duelo emocional fuerte. Para mí, el amor debe ser de entrega total. Si hiciéramos el amor ahora, solo sería sexo. ¿Y qué nos quedaría después?

Con ambas manos limpió los hermosos ojos de la mujer y le dio un beso en cada uno de ellos.

—Si algún día nuestros cuerpos están destinados a unirse, que sea de forma natural. Que sea lo que tenga que ser, sin forzar nada. ¿Me entiendes? —dijo, agachándose levemente para mirarla de frente.

Ella, todavía sollozando, lo miró cariñosamente y volvió a abrazarlo. Él la envolvió con sus brazos en un abrazo fraternal.

Se inició el regreso a Chonchi. Algo se había roto para dar paso a algo más fuerte.

Ya en las afueras de la pensión, ambos jóvenes se despidieron cariñosamente. Fernando se bajó, cerró la puerta y se quedó un momento viendo alejarse el auto de Angélica. Entonces sintió vibrar el celular en el bolsillo. Lo sacó; era un mensaje de Roberto Melgarejo.

“Mi vecino Eugenio Cárdenas ha fallecido hace una hora”.