El Archipiélago Mágico Capítulo X
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Capítulo X

Despedida

Eran cerca de las dieciocho horas cuando el minibús los dejó a una cuadra de la casa del profesor. Caminaron tranquilos en dirección a la casa.

—Creo que esto ha sido lo más interesante que me ha ocurrido desde que llegué al sur.

—¿A qué te refieres? —le preguntó ella.

—La entrevista en Puqueldón, tu relato, el haberte conocido y haber disfrutado esta tarde contigo.

—Quiero decirte que yo también me he sentido muy bien. Ha sido una gran experiencia.

—Te debo una invitación.

—En Puerto Varas te la voy a cobrar.

—Será un agrado —respondió el joven, mientras buscaba la llave en el bolsillo—. Hemos llegado.

Una vez dentro de la casa, subieron la escalera y accedieron al hall del segundo piso .

—Voy a mi pieza a descansar un rato, llamar a Fernandito, arreglar mis cosas y luego bajo a despedirme.

—Yo también voy a aprovechar de descansar.

Fernando entró a su pieza. Como siempre, les dirigió una mirada a los amantes del gobelino, se sacó los zapatos y se recostó sobre la cama. Cerró los ojos y comenzó a repasar el día hasta que la inconsciencia lo cubrió por completo.

La noche había caído. Fernando estaba acostado en su pieza y sentía la suavidad fría del pijama contra la piel.

¿Qué ha pasado? Me quedé dormido. Erika se fue y no me despertó. Se fue sin despedirse. No entiendo nada. ¿O simplemente todo fue un sueño y ella nunca estuvo aquí?

Alcanzó el celular de la mesita de noche, lo encendió y miró la hora. Eran las tres de la mañana.

Ella se fue. O solo fue un sueño y nunca existió. Qué extraño. Algo sucede en mi cabeza; me siento muy angustiado y el corazón me retumba.

—Fernando, despierta —la suave mano de Erika le tocó el hombro y él despertó de un sobresalto.

—¡Erika! ¿Eres tú? Me quedé dormido. ¿Qué hora es? —preguntó el joven, desorientado .

—Faltan quince minutos para las ocho.

—Me dormí y tengo la sensación de que el sueño no era nada de agradable.

—Te sentí balbucear. ¿Estás bien? —le preguntó ella con una leve sonrisa.

—Sí, no te preocupes.

—El chofer ya viene en camino a buscarme.

El joven se levantó, se puso el calzado, la campera y se acercó a ella.

—Me has entregado bastante información, pero creo que solo es la parte visible del iceberg. ¿Estoy en lo cierto?

—Sí, tienes razón.

—Era lo que pensaba. Te dejo abajo.

Ambos salieron al hall. Fernando tomó la maleta de ella y bajaron la escalera. Los dueños de casa se acercaron para despedirse de la visita y, en ese preciso momento, sonó el teléfono de Erika.

—Aló, don Jorge. Ya voy saliendo.

—Señora Emilia, don Emanuel, gracias por la buena atención. Nos vemos en otra visita que haga por estos lados —dijo Erika.

Los dueños de casa se despidieron, deseándole buen regreso .

Afuera, el chofer acomodó la maleta en el asiento trasero y esperó al volante. Se despidieron con un abrazo que se prolongó por algunos segundos.

—Ha sido un verdadero gusto conocerte. Que llegues bien, y saludos al pequeño Fernando.

Fernandito —pensó él mientras la abrazaba—. El mismo nombre.

—Gracias. Cuídate mucho —respondió ella.

Entró al vehículo y Fernando le cerró la puerta con delicadeza. Saludó al chofer con un gesto y se quedó en la vereda, con las manos en los bolsillos, viendo cómo la camioneta se alejaba hasta doblar la esquina y desaparecer. La calle quedó vacía y en silencio.

Al cruzar el umbral de la puerta, la señora Emilia le comunicó que pasara al comedor para cenar.