Capítulo IX
Revelaciones
La mañana despuntó con los primeros rayos de sol filtrándose por la ventana. Fernando se levantó, esperó turno para el baño y, una vez listo, se dirigió al comedor.
Estaban todos, a excepción de Angélica y Juan Pablo. En la cabecera se encontraba Sergio; a ambos lados, Verónica y Erika, y al costado de esta última, sentado Marcelo.
—Buenos días —dijo el joven.
Todos le respondieron amablemente.
—Apareció el colega —comentó Sergio.
Erika le dirigió una mirada cómplice y el joven le brindó una sonrisa sutil.
—Llegaste tarde, Fernando. Me parece haberte sentido —le dijo ella.
—Es cierto. Era más de medianoche.
En ese momento llegaron Angélica y Verónica. La primera se acercó por detrás y, tomando al joven a la altura de los hombros con ambas manos, le habló muy cerca del rostro .
—¿Eres tú, o un fantasma que nos visita?
Fernando se incomodó con el gesto y no pudo evitar ruborizarse. Erika observó la escena con una sonrisa apenas disimulada.
—Soy yo en cuerpo y alma —respondió él, dirigiéndose luego a Erika—. ¿Cómo estuvo la cena de anoche?
—Te cuento que había una corvina exquisita. El lugar es muy sencillo pero me gustó: limpio y la señora un amor.
—Siempre venimos al mismo lugar; Puqueldón es muy pequeño como para ofrecer mayor oferta culinaria —acotó Sergio.
La comitiva terminó de desayunar y abordó los vehículos que los trasladaron a la posta rural.
*
Faltando casi media hora para la medianoche, la Doña Ester atracó en el muelle de Chonchi, después de un arduo y cansador día laboral. Los hombres y mujeres habían permanecido gran parte del camino en silencio, vencidos por el cansancio.
—Por fin hemos llegado —anunció Juan Pablo .
—Ha sido un día bastante agotador. Lo único que quiero es estar en mi cama —dijo Angélica.
Erika y Fernando fueron dejados en la pensión.
—Fernando, mañana es sábado. ¿A qué hora te levantas a desayunar? —preguntó la cansada Erika mientras ambos subían la escalera.
—A la hora que despierte. ¿Y tú, a qué hora te regresas?
—No tengo apuro.
—¿Aceptarías si te invito a almorzar en algún restaurante de Castro?
—Acepto encantada. Sabes que estoy tan agotada que me voy directamente a la cama; además, no es bueno dormirse con el estómago lleno. ¿No es así, doctor?
—Es lo recomendado —respondió él.
—Buenas noches, que descanses —dijo ella. Se acercó, lo abrazó y le dio un beso en la mejilla—. Hacía tiempo que no me sentía tan agotada.
—Buenas noches. Nos vemos al desayuno. ¿A qué hora quieres que te despierte?
—¿Me puedes llamar un poco antes de las diez ?
—Así será —respondió Fernando, entrando a su pieza y cerrando suavemente la puerta.
*
Tras el desayuno y una agradable sobremesa con los dueños de casa, la pareja salió de la pensión rumbo al terminal de buses. Viajaron en un minibús, sentados en la primera corrida de asientos. Ella miraba el hermoso paisaje por la ventana.
—¿Hace mucho tiempo que no viajas en este medio, imagino? —le dijo el joven sonriendo.
—La verdad que sí, pero no me incomoda para nada.
—Fernando, ¿te puedo hacer una consulta?
—Dime.
—¿Por qué estás aquí?
—Por trabajo, obvio.
—Sí, pero mi pregunta es qué te impulsó a venirte para acá. Ahora, si no te inspiro confianza y no me quieres contar, no insistiré.
—Es una larga historia que solo a ti te confiaría, pero no creo que este sea el lugar ni el momento. Lo que sí te digo es que fue una decisión de última hora, y no me arrepiento para nada .
—Te creo absolutamente. ¿Te comprometes entonces a contármela alguna vez?
—Sin duda. Aunque eso implicaría que nos tendríamos que seguir viendo.
—Por supuesto. Pero no sé si a ti te interese que sigamos en contacto.
—Yo creo que nos vamos a seguir encontrando —respondió el joven con total seguridad.
—Fernandito ya es demasiado mayor para que su madre le pida permiso.
—¿Y el permiso del papá de tu hijo? Me refiero a tu marido, pololo o pareja.
La mujer rubia se quedó mirándolo, se cubrió la boca con la mano derecha, riendo, y luego se puso seria.
—No tengo a nadie en mi vida. Vivo con mi hijo y mis padres. Por el momento no he tenido la más mínima necesidad de tener un hombre a mi lado.
—Estoy sorprendido. Es muy raro encontrar hoy en día a una mujer interesante, tanto física como intelectualmente, que no tenga pareja.
—Bueno, esa mujer va a tu lado en un minibús a Castro .
—¿Te puedo preguntar algo?
—Dígame —respondió ella con un dejo de ternura.
—¿Y el papá de tu hijo?
—¿Qué quieres saber? —preguntó ella, seria.
—Si lo ves, si ve al niño, si vive cerca de ti.
—Es un asunto complejo. No creo que este sea el lugar ni el momento adecuado.
—Muy buena respuesta —dijo el joven sonriendo—. Hemos llegado a Castro. Aquí nos bajamos; estamos a dos cuadras de la plaza.
Ya ubicados en una mesa del segundo piso del restaurante La Brújula, disfrutaban de una suave música de fondo que amenizaba el ambiente.
—¿Qué te ha parecido la comisión en general? —le preguntó él.
—Estoy bastante conforme. Me ayudó mucho el director Melgarejo.
—Es bastante especial. Todo un personaje, pero que sabe, sabe.
—¿Tienes tú algo que contarme ?
—Sí, y tiene que ver con mi encuentro con Melgarejo.
Hace un tiempo recibí un recado de un vecino suyo que quería conversar conmigo.
Fui a verlo aprovechando que estábamos en Puqueldón y cuál fue mi sorpresa al descubrir que era el mismo hombre al que me tocó atender el primer día que llegué al centro de salud.
Estaba infartado; le hice reanimación y logramos sacarlo de la muerte.
—¿Se estaba muriendo? —dijo ella, intrigada.
—Así es. Al día siguiente pregunté por él, pero ya lo habían trasladado al hospital de Castro.
—¿Y qué pasó durante la visita?
—Me contó su experiencia durante el procedimiento de reanimación; según él estaba consciente y lo vio todo.
—¿Te contó su ECM? —acotó ella.
—Así es. Lo que me dejó absolutamente perplejo es que me describió con detalles lo ocurrido y, sobre todo, lo que le dije a él mientras lo reanimábamos.
—¿Y qué le dijiste?
—Erika, imagina el contexto: mi primer día de trabajo, toda la gente observando, tratando de reanimar a una persona sin pulso, ni respiración. Tenía miedo, angustia y, por sobre todo …
Una garzón se acercó a la mesa y les entregó la carta. Ambos decidieron pedir algo de tomar antes de ordenar el almuerzo.
Buenas tardes. ¿Se sirven algo mientras revisan el menú?
—¿Tienes jugo de frutilla? —consultó Erika.
—Sí, señora.
—Que sean dos —agregó Fernando, y la chica se retiró.
—Continúa, por favor —pidió Erika.
—Me dio mucha pena —retomó él —.El hombre me comentó que estuvo suspendido en el aire, viendo su propio cuerpo y a toda la gente a su alrededor.
Y lo más curioso: sintió una comunicación, una voz que le dijo que no debía estar al otro lado todavía y que, por lo tanto, le quedaba muy poco tiempo para seguir viviendo.
Erika escuchó con atención el relato mientras la mujer de negro llegaba con dos grandes vasos de jugo rojo.
—¿Van a ordenar su pedido? —preguntó la garzón.
—Yo quiero un cancato de salmón —dijo Erika.
—Para mí un lomo a lo pobre, a punto. Y un café expreso chico.
—Yo también quiero un café chico, por favor —agregó Erika .
—¿Y qué más sucedió? —preguntó ella, una vez que la mujer se alejó.
—Ya era muy tarde y la conversación llegó a su fin.
Antes de irme, le dije que me sentía responsable por él; que, independiente de lo que pensara, yo era su médico.
Me cuesta creer que exista vida después de esta.
Por eso lo ocurrido no deja de tenerme perplejo.
Necesito tu opinión sobre lo que te he contado.
—Una de mis primeras motivaciones para estudiar lo que he estudiado fue entender estos fenómenos, que se definen como expansión de la conciencia o estados alterados de consciencia.
En el campo de la medicina los llamamos ECM: experiencias cercanas a la muerte.
Se han dado en diferentes circunstancias, y estoy bastante convencida de que eso fue lo que le sucedió a tu paciente.
—De solo pensarlo me da escalofrío —acotó el joven—. Continúa, por favor.
La garzón llegó con los platos. Erika comenzó a comer.
—Muy rico. Cada vez que visito la isla, pido este plato.
—¿Y los estudios sobre las ECM? —retomó Fernando.
—Antes no se sabía nada al respecto. Muchas de estas personas terminaban en el psiquiátrico, y siglos atrás las eliminaban por hechicería.
Hoy se cuenta con un buen respaldo de información.
A comienzos del siglo veinte, Oliver Fox detalló sus experiencias fuera del cuerpo; luego Hereward Carrington y Sylvan Muldoon. Sus trabajos siguen vigentes.
—¿Y en definitiva, Erika, tú crees que hay vida después de la muerte?
La mujer exhaló un leve suspiro, como ordenando sus ideas, y luego lo miró fijamente a los ojos.
—Existe. Es real —dijo, sin apartar la vista de él—. Solo hay una manera de confirmarlo: experimentarlo. No hay otra forma.
El joven movió la cabeza lentamente, en señal de afirmación, sin saber qué decir.
—Te voy a contar una parte de mi historia, y espero que tú también lo hagas en nuestro próximo encuentro. ¿Te parece?
—Lo prometo —respondió él—. Te escucho.
—Antes de cumplir los siete años, me ocurrió algo que marcaría para siempre mi vida, con relación a un sueño lúcido.
Estaba durmiendo y tuve un sueño en que me encontraba en una ciudad que no podría describir porque no recuerdo los detalles.
Era la menor de tres hijas de un matrimonio joven.
Me llamó la atención que mi pelo era negro con una chasquilla en toda la frente, cuando mi madre siempre me hacía dos trenzas y me decía que debía lucir mis cabellos dorados y mi frente amplia.
»Recuerdo una noche, un par de meses después de haber cumplido los quince años. Me encontraba en mi pieza, mis padres conversaban en la planta baja, y yo me iba quedando dormida. Sentí un gran estremecimiento desde la cabeza a los pies, que fue intensificándose hasta abarcar todo el cuerpo.
»Decidí abrir los ojos y vi el cielo raso de mi pieza a escasos centímetros de mi nariz. En milésimas de segundo tuve una visión periférica de todo: vi mi cuerpo tendido en la cama, el corazón latiendo a mil.
—¿Saliste de tu cuerpo físico? ¿Pero qué hiciste? ¿Se lo comunicaste a tus padres?
—No, y no porque no tuviera confianza con ellos. Hasta el día de hoy no he podido explicarme por qué no lo hice. Como uno aprende desde pequeña las costumbres de sus padres, fui lectora desde muy niña. Así que comencé a devorarme toda la literatura disponible sobre el tema.
»Mi sorpresa fue mayor cuando supe que existía en Virginia, Estados Unidos, el Instituto Monroe, especializado en los estudios de los diferentes estados de expansión de la conciencia, mediante la aplicación de sonidos binaurales.
Su fundador, Robert Monroe, tenía la misma facultad que yo: podía entrar con facilidad en ese estado.
—¿Es posible entonces que todo esto te haya motivado a estudiar medicina? —preguntó Fernando.
—Me gusta la medicina y la psiquiatría. Sin lugar a dudas es muy probable que en algo haya influenciado.
—¿Y seguiste con las prácticas de salirte del cuerpo?
—Nunca dejé de hacerlo, Fernando. Si pensábamos que lo más grandioso que le puede pasar a un ser humano es el hecho de procrear, la experiencia de salir del cuerpo es un millón de veces superior.