Capítulo VIII
Introspección
El joven disfrutaba caminar de regreso solo, tranquilo y de noche, especialmente después de un gran aguacero.
El aire olía a tierra mojada y a madera húmeda.
En el cielo, la luna llena trataba de abrirse paso entre las nubes densas, destilando una claridad plateada.
A lo lejos se escuchaban los ladridos de los perros y el canto solitario de un gallo.
¡Qué noche más hermosa me regala este rincón remoto del planeta!, pensó mientras caminaba despacio, sin prisa.
El recuerdo de su madre volvió, como tantas veces, sin aviso. La playa, la luna, el agua quieta. Y ella llorando.
Pocas veces vi violencia en nuestra casa. Sin embargo, esa noche en la playa la vi llorar, con sus ojos hermosos inundados de lágrimas.
¿Qué pena tan grande oprimiría su corazón?
Ella, siendo una mujer alegre, segura de sí misma, la favorita de su padre, la estudiante ejemplar, la destacada profesional y docente…
¿Sería acaso que descubrió la traición de su esposo con su mejor am iga?
Y si así fue, ¿cuál sería la razón que la impulsó a soportar tantos años y guardar silencio?
¿Y cómo fue que, después de todo eso, se dejó embarazar no una, sino varias veces más?
¡Cómo quisiera, madre querida, decirte lo mucho que te amo! Quisiera volver a esa playa y, con mis pequeños brazos de niño, poder rodear tu cuello, sentir tu aroma, consolarte y secar tus lágrimas. Si ayer sentí orgullo de mi padre, hoy siento rabia por la humillación que te hizo pasar.
¿Cómo puedo presentarme ante Cecilia sabiendo ahora lo que sé?
Que no éramos primos: éramos hermanos. Y que la amé, y que estuvimos juntos una y cien veces, que recorrí su cuerpo y ella el mío.
Que los dos teníamos la necesidad de estar juntos, física y emocionalmente, en cada momento que podíamos.
No fue una vez: fueron cientos de veces, durante días, meses y años.
Éramos el centro del mundo, protegidos y amados por unos padres que creíamos ejemplares.
Siempre jugando a no ser descubiertos, sin saber que quizás replicábamos el mismo ejemplo que recibíamos de ellos.
¿Sería eso un castigo? ¿Una ironía del destino para los amantes furtivos de la generación anterior? Mi padre y la madre de Cecilia .
Y tú, madre querida: inocente porque nunca quisiste el daño; cómplice porque callaste.
Soportando cada día el martirio de fingir un equilibrio que no existía para dar cumplimiento a un pacto que nunca firmaste.
¿Tan ocupados estaban, que no fueron capaces de preocuparse de sus hijos mayores?
No sé si algún día pueda liberar a mi padre de su responsabilidad.
Y cada año se me hará más difícil poder enfrentarlo.
Llegó a la casa de huéspedes sin saber cuánto había caminado. La puerta estaba entornada y adentro todo permanecía en silencio. Fue a su habitación, se quitó los zapatos con sigilo y observó a Marcelo roncando. Se desvistió, se puso el pijama y se acostó. No tenía sueño.