Capítulo VII
Muerte anunciada
La Doña Ester atracó en la rampa de Puqueldón cuando los últimos rayos de sol comenzaban a retirarse.
Las nubes grises se cerraban en el horizonte y el oleaje había empezado a crecer con el viento, sacudiendo la embarcación contra el muelle.
Los focos de las dos camionetas del municipio iluminaron la escena del desembarco: los hombres bajaron los equipajes mientras las funcionarias se guarecían en los vehículos. Había comenzado a caer una lluvia fina.
En ambas camionetas, los rostros de los profesionales se veían cansados y silenciosos, agotados tras la larga jornada. Don Hernán, al volante del primer móvil, le dirigió una mirada al jefe de comitiva mientras conducía el corto trayecto.
—Se ve un poco cansado, doctor.
—Un poco, don Hernán —respondió Sergio amablemente.
—La casa de huéspedes está preparada para todos ustedes: camas hechas y estufa prendida, ya que esta noche va a hacer frío. Imagino que van a cenar como siempre donde la señora Carmencita.
—Sí, don Hernán. Ella está a menos de cincuenta metros de la casa, así que no es necesario que nos movilice.
Ambos vehículos se detuvieron frente a una moderna y confortable casa de madera dependiente del municipio.
Contaba con varias habitaciones de dos camas, dos baños y una amplia cocina comedor.
La sala de estar tenía sofás de cuero sintético, una mesa de centro con revistas de reparticiones del Estado y un pequeño mueble biblioteca.
Al entrar, los recién llegados sintieron de inmediato la agradable diferencia de temperatura.
Erika se acercó a la estufa y, mientras calentaba sus manos, elogiaba el artefacto.
—Esta estufa se construye solo en Chiloé. Son artesanos que heredan de generación en generación el arte de labrar la piedra; es una roca de origen volcánico —le explicó Sergio.
Luego de dejar las maletas y bolsos en sus respectivos dormitorios, la comitiva cruzó la calle y caminó el corto trayecto hasta la casa de la señora Carmen. Al llegar, todos se sorprendieron cuando Fernando se excusó de no asistir a la cena: tenía pendiente la visita al director de la escuela .
Tras despedirse del grupo, Fernando caminó con cierta premura. Las calles tenían una iluminación muy tenue. La noche era oscura y el viento emitía un fuerte zumbido. Interesante espectáculo, pensó, mientras contaba los segundos entre los destellos y los truenos.
Abrió la reja de entrada y tocó tres veces en la puerta con los nudillos. Había luz adentro. La puerta se abrió y en el umbral apareció la delgada figura de Roberto Melgarejo.
—Adelante, doctor. Lo estaba esperando. Tome asiento.
—Gracias. ¿Todo bien por aquí?
—Absolutamente. Estábamos pendientes de la hora de llegada de la ronda. En honor al tiempo y a la lluvia que viene, le comento que mi vecino lo está esperando.
—Me parece. Iré de inmediato.
—Mire: sale y continúa en esta misma dirección, luego dobla a la derecha en la calle sin pavimentar. Al llegar a la última curva verá un portón de madera; lo abre, entra y camina unos veinte metros hasta llegar a su casa.
—¿Y si tiene perros bravos?
—Tiene razón, no había pensado en eso. Déjeme llamarlo por teléfono .
Roberto se dirigió a su dormitorio y regresó con el aparato en el oído.
—Me dice que lo estará esperando en la reja de entrada. Si, en el portón —confirmó.
—Oiga, Melgarejo, ¿puedo ir absolutamente tranquilo? —preguntó Fernando con cierta inquietud.
Roberto respondió con una sonrisa.
—Vaya con toda confianza. Solo espero que usted tenga la confianza para contarme después el motivo de tan misteriosa conversación.
—Por supuesto, si es que no se trata de algún secreto. Ya tendremos tiempo para conversar. Buenas noches.
—Buenas noches.
Ambos hombres se despidieron con un apretón de manos y Fernando salió a la intemperie. Un viento fuerte y cálido le azotó la cara mientras se dirigía, raudamente, al misterioso encuentro.
Faltando unos metros para llegar al portón, divisó la silueta de un hombre alto, de contextura media, algo más de cincuenta años, pelo corto y relativamente canoso, con una sonrisa tranquila. Lo saludó afablemente.
—Buenas noches, doctor. Le agradezco que haya venido .
—Buenas noches, señor Cárdenas.
—Vamos a la casa antes que se ponga a llover.
Caminaron por un sendero iluminado por la potente luz de una linterna que portaba el hombre.
La vivienda fue cobrando forma a medida que se acercaban: una casa blanca con una terraza exterior de madera, ambientada por el tenue brillo de dos faroles colocados simétricamente a ambos lados de la puerta de acceso.
Cárdenas abrió la puerta y lo invitó a pasar. Fernando observó sorprendido el interior: un hogar limpio, confortable, con una temperatura agradable.
—Por favor, tome asiento.
—Gracias. ¿Vive solo aquí?
—Sí, por supuesto. Seguramente el director le habrá contado mi historia.
—Procuro mantener vivo, cada segundo, el recuerdo de mi amada esposa y mis hijos.
—Me imagino que no debe ser fácil vivir así. ¿Esa es su familia? —preguntó el invitado, señalando con la mirada el mueble de las fotografías.
—Efectivamente. Es todo lo que tengo de ellos .
Había comenzado a llover con fuerza; se oía el ruidoso golpeteo sobre el techo metálico. Ambos hombres se sentaron, contemplando el aguacero como el preámbulo de la consulta más extraña en la vida del joven médico.
*
En la casa de la señora Carmen, los seis comensales guardaron silencio escuchando el fuerte temporal.
—Ojalá que mañana mejore el tiempo —comentó Juan Pablo.
—Segovia anunció lluvia intensa para esta noche, pero que mañana estaría bueno. Yo por lo menos le creo —respondió Verónica.
—Me preocupa Fernando. El pobre, si no está bajo techo, va a quedar como sopa —le dijo Angélica a Verónica.
—Debe estar con su amigo, el director de la escuela —comentó Erika.
—Seguro está bajo techo, así que no debiéramos preocuparnos tanto —respondió Marcelo.
En ese momento apareció la señora Carmen con una bandeja con los platos de fondo .
—¡Qué delicia! Hacía tiempo que no comía corvina —dijo Erika.
*
—Bueno, usted quería conversar conmigo —dijo Fernando.
—Así es, doctor, pero antes quiero hacerle una pregunta.
—Adelante, por favor —respondió el médico, sorprendido.
—¿Mi rostro no le recuerda nada?
—¡Por Dios que me es muy familiar! Pero discúlpeme, no logro acordarme.
—Cuando usted recién llegó a Chonchi, fui su primer paciente. Me atendió y me rescató de la muerte.
Fernando lo escuchó sin poder moverse. Las palabras del hombre tenían un peso que no sabía cómo procesar. La memoria le devolvió ese mismo rostro, pero desfigurado por el manto blanco de la muerte.
¿O sería su ego de hombre jugando a ser semidiós?, pensó.
—La verdad es que estoy sorprendido. Pregunté por usted, pero ya lo habían trasladado, y no volvió más al centro médico. Pero cuénteme, ¿cómo se ha sentido ?
—Muy bien, doctor. Se lo quería decir personalmente, pues me emocioné mucho con su plegaria. Usted no quería que yo me fuera, y aquí estoy vivo. Pero solo por un tiempo más.
Fernando lo escuchó, inmóvil. Las palabras del hombre llegaban cargadas de una calma que hacía más difícil rebatirlas.
—¿Cómo? La verdad es que no logro entender lo que usted me está diciendo. Es verdad lo que dije, y se lo dije al oído, pero técnicamente es imposible que lo haya escuchado. Usted estaba sin signos vitales.
—Es cierto, doctor. Estaba al otro lado. Pero vi y escuché todo. Absolutamente todo lo que ocurrió. Sentí su desesperación, su angustia; sentí su amor, su bondad, su entrega.
El médico escuchó ensimismado el relato del hombre que tenía al frente, mientras el incesante sonido de las miles de gotas de agua impactaba con fuerza en el techo de la casa.
—Le pido disculpa, pero en estos temas soy escéptico. No me gusta enfrentarme al mundo solo por la fe. Sin embargo, estoy sorprendido, porque me cuesta creer que usted haya visto y escuchado todo el procedimiento médico.
—No obstante, lo que le acabo de decir es solo una parte del relato que debo contarle. Si usted no quisiera escucharme, dígame y no sigo.
—Por favor, don Eugenio, continúe.
—Yo voy a servirme un mate. ¿Quiere usted, o le sirvo un café para el frío?
—Le agradecería una taza de café bien cargada, por favor.
Cárdenas se levantó y se dirigió a la cocina. Preparó la bandeja con todo lo necesario y la instaló entre ambos.
—Antes de nuestra tragedia familiar, yo no creía en nada. Raquel, mi esposa, era muy creyente y leía la Biblia casi todas las noches. Yo, en cambio, cuando ellos dejaron este mundo, no me aferré a la fe. Me encerré en mí mismo y renegué de Dios y de todo lo que involucrara lo sagrado.
—¿Se refiere a que tampoco creía en la vida después de esta?
—Ese es el punto. Nunca creí en nada, menos en que existiera algo oculto.
—¿Y ahora piensa lo contrario?
—Definitivamente sí. Imagínese: los vi a todos, a usted, a la joven enfermera, a la gente que me rodeaba. Tenía una visión increíble en todos los sentidos: hacia arriba, abajo, incluso detrás de mí. Vi mi propio cuerpo tendido en el suelo mientras yo flotaba encima de él .
»Entonces alguien, con una autoridad imposible de describir, me dijo que no debía estar ahí todavía, que ese no es mi momento; que el médico hacía bien en intentar revivirme, pero que tenía que volver, aunque fuera solo por un breve instante, antes de regresar definitivamente.
»De inmediato, un sonido que jamás había percibido en mi vida se incrustó en mi conciencia y, a medida que se extinguía, se convirtió en una certeza: que solo estaría viviendo un tiempo más.
El hombre tomó una respiración profunda, como dando punto final a su relato. Fernando guardó silencio para no interrumpirlo.
Advirtieron que la lluvia había cesado. Un tenue haz de luz se filtraba por la ventana. El joven médico se levantó de su asiento y se acercó. Corrió la cortina: por entre los jirones de nubes, semejantes a algodones negros gigantes, brillaba una luna llena.
Era la misma luna de siempre. El mismo círculo blanco que había visto una vez, siendo muy pequeño, a orillas de un lago en el sur. Había estado solo con su madre aquella noche.
¿Acaso serían estos mismos estímulos, inherentes al hombre, los que lo hacen volver al inicio?, se preguntó.
—¿A quién más le ha contado este relato, señor Cárdenas ?
—A nadie más. No puedo andar divulgando algo que difícilmente me va a creer la gente. ¿No le parece?
—Es verdad. Pero ¿por qué a mí? Podría haberlo compartido con el director, su vecino.
—Es cierto, pero es a usted a quien se lo quiero decir.
—Tiene razón, no voy a pretender que lo entiendo del todo. Pero sí quiero escucharlo, y eso no es un deber: es lo que siento. Y sepa que, mientras yo esté aquí, usted tiene un médico que responde por su salud.
Cárdenas lo escuchó muy atentamente. Luego, se levantó de su asiento y se acercó a él.
—Doctor, me siento muy agradecido por sus palabras y porque haya venido a mi casa. Le he dicho todo lo que tenía que contarle.
—Don Eugenio, ha sido un privilegio conocerlo.
—El privilegio es mío, doctor —respondió el hombre, y tomó la linterna.
Caminaron en silencio por el sendero. Afuera, la lluvia había cesado por completo. La luna llena brillaba entre los jirones de nubes oscuras, derramando su luz sobre el pasto mojado. Fernando pensó en todo lo que acababa de escuchar; no encontró una sola palabra para ordenarlo.
—Buenas noches, don Eugenio.
—Buenas noches, doctor. Y gracias por haber venido.