El Archipiélago Mágico Capítulo VI
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Capítulo VI

Ronda médica

La jornada laboral en el centro médico transcurrió de forma habitual.

Durante toda la mañana, los cuatro médicos, las matronas y ambos dentistas atendieron en sus respectivos boxes.

El personal de enfermería apoyó las labores médicas y de atención primaria.

Ricardo estuvo en su laboratorio y Marcelo en farmacia.

Edita y Erika trabajaron en administración revisando procedimientos junto con Carlos, quien no escatimó en elogios y galanterías hacia la visita.

Por la tarde, el grupo encargado de la ronda, liderado por Sergio, se reunió junto a Erika en el casino para revisar la logística, los itinerarios y los insumos.

Destacó la actitud de bajo perfil de la visita, que asumió en cuerpo y alma su papel de reemplazo, sin hacer valer su condición de autoridad proveniente del nivel regional del hospital de Puerto Montt.

Durante la reunión, Angélica ocupó el asiento más cercano a Fernando; participó dirigiéndose casi exclusivamente a él e ignorando a la recién llegada.

Cuando Erika le hablaba directamente, respondía con monosílabos o con una formalidad excesiva que resultaba más fría que cortés.

Fernando lo notó. Sin embargo, no hizo comentarios y manejó la situación con absoluta discreción.

Qué concepto tan significativo, pensó mientras miraba sin ver el mapa sobre la mesa.

Ser hombre. No el género, sino algo que va más allá: una forma de estar en el mundo, de responder.

Le sorprendió notar que, de un momento a otro, su rostro se iluminaba, que el corazón se le acelerara y que agradecía estar precisamente en este lugar. Su vida recién comenzaba.

Se acercó a Angélica y le dijo:

—Mañana será un día largo. Por ahora, el trabajo está finalizado —y le sonrió antes de salir de la sala.

En el pasillo se encontró con José Basualto.

—Don José, qué bueno que lo encuentro.

—Dígame, doctor.

—No se olvide de solicitarles a todos los que mañana vamos en comisión sus antecedentes, para tramitar el zarpe de la embarcación en la Capitanía de Puerto.

—Sí, tiene toda la razón. Ya quedó comprometido el señor de la lancha para venir a buscarnos. Descuide, yo me encargo .

Había pasado media hora desde el cierre del centro. Fernando estaba en su box ordenando las fichas médicas en el computador. Comenzó a guardar sus cosas. Al cerrar la puerta del box advirtió que la luz de la oficina de Edita seguía encendida. Se asomó al hall de atención.

—Hola, soy yo. Erika, ¿nos vamos a la pensión juntos?

—No, Fernando. Edita me invitó a cenar en su casa.

—Qué bueno. Que se diviertan.

—No te preocupes, Fernando. Nosotros la llevamos más tarde —añadió Edita.

—Nos vemos entonces. Hasta mañana.

*

Una vez finalizada la cena, Fernando se retiró a su habitación. El agua caliente de la ducha lo dejó relajado. Apagó la luz. El silencio lo fue envolviendo y la conciencia se retiró poco a poco.

Un sonido agudo penetró en sus oídos: pasos frágiles subiendo la escalera hasta detenerse frente a su puerta. Un golpe suave, casi dubitativo. Alguien pronunció su nombre. Era Erika.

—Hola, Fernando. ¿Puedo pasar?

—Sí, pasa, por favor .

—¿Ya estabas acostado?

—Sí, es que mañana debemos levantarnos muy temprano. Pero cuéntame, ¿cómo lo pasaron?

—Muy bien. Estuvimos en su casa, conocí a su marido y a su familia. Yo estaba preocupada por la hora: no tenía llave de la puerta y ni siquiera podía comunicarme contigo. No puede ser que no tenga tu número de teléfono. Dámelo, por favor.

Erika sacó el celular, lo desbloqueó, entró al directorio y se lo pasó al joven.

—Anótalo tú mismo y aprovecha de llamarte para que te quede grabado el mío.

—Listo, ya estamos —dijo Fernando, devolviéndole el aparato.

Erika se acercó, recibió el celular y lo miró fijamente a los ojos.

—Quiero decirte que me gustó mucho tu actitud de esta tarde.

Te comportaste como un hombre de verdad.

Angélica, trató de hacerme sentir fuera de lugar; son cosas sutiles de las mujeres, pero no la culpo.

Esa niña está muy enamorada de ti, Fernando, y tú te diste cuenta y manejaste bien la situación.

—Tú lo hiciste mejor que yo, Erika .

Se miraron en silencio durante un par de segundos, sin apartar los ojos. Luego ella bajó la vista, se acercó y le ofreció la mejilla.

—Buenas noches. Que duermas bien —abrió la puerta y giró el rostro hacia él—. ¿A qué hora pongo el despertador?

—A las seis de la mañana.

—Chao —respondió, y cerró la puerta.

*

A las seis y media de la mañana y la Doña Ester ya estaba atracada al costado del muelle.

Se trataba de una lancha típica chilota, construida en madera pintada de amarillo y de unos dieciocho metros de eslora.

Su capitán, Josué Segovia, era un hombre de avanzada edad, de complexión delgada, barba y pelo cano; sus ojos negros, sin embargo, todavía conservaban una mirada penetrante.

—Oye, Juan, ¿trincaste bien la pluma? No quiero que otra vez empiece a bailar en navegación. Aunque la mar está calma, siempre se levanta viento en la salida.

—Tranquilo, Josué. Ya está hecho.

Tres vehículos entraron al muelle, conformando la caravana: dos camionetas y un auto particular conducido por Edita junto a Erika y parte del personal. Una vez guardada toda la carga en la bodega, comenzaron los movimientos propios de la tripulación.

El humo negro saliendo por la chimenea indicó que el viaje había comenzado. El grupo conversaba en círculo sobre cubierta, mirando cómo la silueta del muelle se alejaba lentamente.

—Damas y caballeros, como siempre pueden disfrutar el viaje sobre o bajo cubierta. En todo caso voy a poner la tetera por si alguien quiere café.

—Muchas gracias, don Juan —respondió Sergio cortésmente.

—¿Cuánto demoramos en llegar a Chulchuy? —preguntó Erika.

—Como una hora. Hay una brisa tibia, así que es posible que llueva en la noche. La mar está en calma —respondió Sergio, y se dirigió al grupo—. En Chulchuy nos esperan quince pacientes; de ahí a Ichuac, con doce atenciones médicas y cinco dentales, que nos llevará toda la tarde.

»Llegamos a Puqueldón de noche. Al día siguiente: veinticinco pacientes en la mañana y doce más en Arachildu por la tarde. Luego, el regreso directo a Chonchi; muy cansados, por cierto.

Fernando se apartó del grupo y apoyó los brazos en la borda.

El mar estaba quieto y brillante. A sus espaldas, la silueta del muelle de Chonchi se iba perdiendo en la distancia.

Por delante, el archipiélago abriéndose paso entre islas y canales que aún no conocía.

Respiró el aire salado y sintió que algo se asentaba en su pecho.