Capítulo V
Erika
Después de una reconfortante ducha y una prolija afeitada, Fernando bajó las escaleras en dirección a la cocina de diario. Su sorpresa fue encontrar a Roberto ya merendando.
—Me tomé el sacrificio de levantarme un poco más temprano. Pensé que tal vez quisiera saber algo más del recado que le di anoche.
—Hola, don Roberto. La verdad es que anoche no pensé mucho en el asunto; me quedé dormido muy rápido.
Fernando tomó asiento y se sirvió un zumo de fruta.
—¿Usted conoce bien a esta persona?
—Efectivamente. Tiene un terreno que colinda con los límites de nuestra escuela. Es un hombre relativamente tranquilo. Vive solo desde que perdió a su esposa y sus dos hijos: se les volcó la embarcación en que viajaban y murieron ahogados.
»Desde ese trágico día, el pobre hombre nunca más volvió a ser el mismo. Vive solo con sus animales, pero se dedica a ayudar a la gente, participa en la junta de vecinos y en las actividades sociales de la comunidad.
—Pero si él quiere conversar conmigo, ¿cuál podría ser la razón de querer que vaya a su casa? Eso no lo entiendo.
—¿Quizás quiera que usted aproveche el viaje para hacer alguna obra social? No sería raro.
Roberto tomó un sorbo de su tazón de café y se limpió prolijamente la boca con una servilleta.
—¿Usted cuándo regresa a Puqueldón?
—Mañana en la tarde.
—¿Estará para la cena hoy?
—Así es, querido.
—Indagaré respecto a las próximas fechas de la ronda médica y le confirmo el día en que pueda visitarlo.
—¿Cómo se llama este señor?
—Eugenio Cárdenas —respondió su interlocutor.
Los dos hombres no volvieron a hablar del tema, cada uno sumido en sus propios pensamientos y en el desayuno.
*
Fernando caminó pensativo y tranquilo en dirección al centro médico. Al llegar a la entrada se encontró con Angélica y se saludaron afectuosamente.
—¿Cómo está la más bella de las enfermeras?
—Bien, mi adulador doctor. ¿Y tú? ¿Has conocido a alguien interesante por ahí?
—¿Te refieres a alguna mujer en especial? —respondió él con una sonrisa pícara, mientras ambos hacían su ingreso al edificio.
—Buenos días, doctor. Buenos días, señorita Angélica —los saludó el circunspecto hombre de azul.
—Buenos días, don Eulalio —respondieron los dos.
—La verdad que no —continuó Fernando una vez que se alejaron—. Sigo felizmente acompañado de mi soledad. Como te comenté, desde la cena de bienvenida, he estado trabajando en superar mis fantasmas. ¿Y tú? ¿Ya tienes alguien que haga dichoso ese corazoncito?
Fernando la miró fijamente a los ojos.
—No hay nadie físicamente en mi vida —dijo ella—. Emocionalmente sí hay alguien —hizo una pausa—, pero ahí lo dejamos.
—¡La pareja más interesante del centro médico! —comentó Venegas, ingresando a la sala y saludando a ambos .
Fernando se puso el delantal blanco, colgó el estetoscopio y se despidió de ambos.
—Permiso, voy a conversar con la jefa. Nos vemos más tarde.
El anciano médico esperó a que el joven se alejara.
—Me sorprende gratamente lo bien que se ha integrado mi joven colega; se ha ganado tanto al equipo como a la comunidad, y en muy poco tiempo.
—Es verdad, doctor. Además, las mujeres solo quieren atenderse con él.
—No me extraña para nada —sonrió Venegas—. Y a ti, mi niña… se me ocurre que te molesta un poco.
—Doctor Venegas, ¿cómo se le ocurre pensar una cosa así?
La muchacha bajó la mirada, muy sonrojada, mientras el anciano sonreía y le tocaba suave y cariñosamente la espalda.
Fernando esperó la llegada de Edita en la oficina de administración. Le llamó la atención que los asientos de espera del box cuatro estuvieran en su totalidad ocupados, y que no fueran personas de avanzada edad, sino jóvenes, en su mayoría mujeres.
Ginecología no es mi especialidad, pensó. Su vocación apuntaba más bien al quehacer de urgencia médica, donde no existe diferencia de edad ni de sexo.
—Hola, Fernando. Mira la cantidad de personas que hay esperando y Carlos aún no llega. ¿Te fijaste cuántos pacientes te están esperando?
—Precisamente, mientras ingresaba pensaba en eso. Noto que aún no tengo pacientes de avanzada edad.
—Nos hemos dado cuenta y lo hemos comentado —respondió ella—. Es normal, la gente recién te está conociendo.
—¿Me podrías informar sobre la ronda médica a Puqueldón? ¿Vamos los de siempre?
—Puqueldón, días tres y cuatro; es decir, pasado mañana. Vas tú, Angélica, Sergio, Juan Pablo, Verónica y Marcelo. Además se suma una psicóloga que viene de Castro.
—Entonces esta tarde comenzaremos con los preparativos —Gracias, Edita —dijo el médico, y abandonó la oficina en dirección a su box.
El día de trabajo para Fernando trascurrió con tranquila normalidad. Ya al atardecer ingresó a la pensión y advirtió en el comedor la presencia de Roberto y de otra persona, sentada al lado izquierdo de la dueña de casa .
Se detuvo en el umbral. La cabellera rubia era inconfundible y el contorno del rostro también. Solo los ojos eran distintos: pardos y, en ese momento, estaban fijos en él.
—Cualquiera diría que ustedes se conocen —acotó la señora Emilia—. Él es el doctor Fernando Gutiérrez.
—Mucho gusto —saludó él, ofreciéndole la mano.
—Hola —respondió la mujer—. Erika Fischer. Qué pequeño es este mundo: nos cruzamos en el aeropuerto, y ahora aquí.
Ahora que la observaba sin los lentes oscuros, Fernando pudo apreciar lo que el aeropuerto no le había permitido: unos cuarenta años bien llevados, frente amplia, nariz fina y respingada. Su piel luminosa contrastaba con el cabello dorado.
—La verdad es que también estoy sorprendido. ¿Y viene usted al centro médico?
—Por favor, tutéame. Lo que ocurre es que la persona encargada del hospital de Castro no pudo venir por razones de fuerza mayor, así que me tocó reemplazarla.
El joven tomó asiento y acomodó la servilleta al costado de la mesa, esbozando una leve sonrisa.
—Entonces nos tocará ir juntos a la ronda médica, al sector de Puqueldón y los alrededores. Salimos el miércoles de madrugada. Tenemos todo el día de mañana para terminar los preparativos.
Fernando escuchaba a Erika, un tanto embelesado, ¿Dónde viviría? ¿Con quién? ¿Qué haría en sus ratos libres? Se sentía bajo una avalancha de preguntas sin respuesta.
La cena llegó a su fin. Erika agradeció la compañía, la conversación y se retiró a su pieza. Los tres varones se dirigieron al ala izquierda de la casa, donde estaban los sofás de descanso y la gran biblioteca.
Como era habitual, cada vez que el director de escuela se encontraba en la pensión, retomaban sus pláticas de siempre, partiendo por enterarse mutuamente de las actividades realizadas, la contingencia actual en el país y el mundo y una vez que la dueña de casa terminaba sus labores en la cocina, le recordaba a su marido que los huéspedes debían descansar, así que muy pronto, todos se retiraban a sus respectivos aposentos.
Fernando realizó el habitual rito de limpieza, ingresó a su dormitorio, se puso el pijama y apagó la luz. Una intensa oscuridad lo acompañó en la antesala del sueño. Las imágenes de Erika le llegaron como una película. Algo poderoso lo atraía hacia ella.
*
Despuntó el alba y los primeros rayos de sol penetraron por la ventana. El joven huésped abrió los ojos, miró la hora en el celular; eran cerca de las siete de la mañana.
Antes de abrir la puerta, escuchó el sonido del agua de la ducha. Debía ser ella, pues Melgarejo jamás había usado ese baño.
Esperó pacientemente hasta que se desocupara. Al cabo de un rato, vio salir a Erika; una bata de seda blanca cubría su cuerpo.
Posterior a su habitual baño matinal, se vistió a toda prisa, bajó las escaleras y entró en la cocina. Encontró la mesa puesta, como era costumbre. Esta vez para tres personas; La huésped ya ocupaba uno de los puestos.
—Estás guapísima —le dijo el joven.
—Gracias, Fernando —respondió ella, con una leve distancia que él no esperaba.
Fernando percibió la indiferencia sutil. Ella tomó asiento, se sirvió una taza de café y preparó media rebanada de pan con mermelada. Entre ellos surgió un silencio.
—¿Me llevas al centro médico ?
—Por supuesto —respondió él—, aunque tendría que llevarte de la mano, ya que no tengo auto.
Erika lo miró fijamente y soltó una carcajada. Era inevitable: el hielo entre ambos se rompió y rieron juntos.
*
Casi todo el personal se encontraba a esa hora en el casino. Mientras todos esperaban, apareció Edita acompañada de una mujer rubia, llamativa y sencillamente vestida. Las seguía el nuevo médico de refuerzo.
La directora del centro se dirigió a todos.
—Estimados colegas, muy buenos días. Hoy me he sorprendido gratamente con la presencia de la directora del centro de psiquiatría y psicología del hospital base de la región. Ella es la señora Erika Fischer Strickler.
»Nos conocimos en la Universidad de Chile: yo estaba terminando obstetricia, Erika estudiaba medicina. Luego supe que se había ido a Suiza a especializarse en psiquiatría, y le perdí el rastro.
»Hace un año me enteré de que estaba de vuelta en la región —. Observando a Erika, agrega —Es un gusto tenerte aquí con nosotros y, por sobre todo, en el hospital base.
»Aprovecho de decirles que la colega que venía a acompañar las rondas médicas no pudo venir, y Erika decidió reemplazarla personalmente.
La directora terminó su alocución, e hizo un gesto a la visitante para que dirigiera unas palabras:
—Estimados colegas, efectivamente la psicóloga que iba a venir tuvo un imprevisto y no pudo asistir; así que decidí venir personalmente, lo cual es muy significativo para mí.
Es un agrado conocerlos, compartir con ustedes en la ronda médica y apoyarlos en todo lo que esté a mí alcance. Muchas gracias.
Erika terminó su presentación entre gestos y ademanes de aprobación del personal. Fernando se acercó a sus tres colegas, los saludó y se integró al grupo. No obstante, mantuvo parte de su atención fija en la mujer rubia que Edita se llevó hacia el pasillo, hasta que la perdió de vista.