El Archipiélago Mágico Capítulo IV
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Capítulo IV

La invitación

Ocho meses habían pasado. Fernando ya tenía su propio box de atención —el número cuatro— y la comunidad lo había recibido como si siempre hubiese estado ahí.

Las rondas por las islas se habían vuelto parte de su rutina, igual que las tertulias nocturnas con don Emanuel y Melgarejo.

De Cecilia, de su familia, de Santiago, no había vuelto a saber nada.

La relación entre Fernando y Angélica se había potenciado en amistad, principalmente por el buen vínculo laboral que compartían. Juntos conformaban un buen equipo de trabajo.

El verano había comenzado a retirarse, al igual que la presencia de turistas extranjeros. El fuerte viento traía grises nubes a baja altura. Fernando caminaba con las solapas levantadas de su abrigo, cargando en su mano derecha el habitual maletín de cuero negro.

Al momento de ingresar se desató el fuerte aguacero y ya nadie caminaba por la calle. Se quedó un instante en el umbral, escuchando la lluvia golpear los techos. Qué agradable, pensó. Hacía meses que no se permitía quedarse quieto sin hacer nada.

Le llegó a sus oídos la habitual e inconfundible voz de Roberto Melgarejo.

—¡Qué nos cuesta ser solidarios cuando… ¿Pero qué, no es nuestro querido doctor? —dijo Melgarejo al ver a Fernando en el umbral.

—¿Cómo está, don Roberto? —dijo el joven, estrechando su diestra—. Veo que está de vuelta en la civilización.

—Como usted me ve, querido. Además, siempre es agradable estar de vuelta en esta bendita casa, donde se respira intelectualidad.

El joven se acercó al dueño de casa, que se encontraba con un libro en su regazo, sus lentes en la punta de la nariz y sus inquisidores ojos por sobre el marco de los delgados espejuelos.

Le llamaron la atención los particulares rasgos de su enjuta cara y sus pequeños ojos oscuros.

Había algo en Melgarejo —esa forma de tomar la barbilla justo antes de lanzar su argumento más fuerte— que le recordaba a algunos de sus profesores de la universidad: Los buenos, los que enseñan de verdad.

—No se trata de hacer grandes inversiones —dijo Melgarejo—. Bastaría con un poco de programación inteligente del tiempo libre, cultura, deporte. El alcoholismo prospera en el vacío.

—Filosofía barata —replicó don Emanuel, sin levantar la vista del libro.

—¿Barata? Fíjese usted —respondió el director—, que en los países donde se aplica algo parecido…

—Caballeros —interrumpió don Emanuel cerrando el libro—, ya es hora de cenar.

Como era habitual, el dueño de casa presidía la cabecera de mesa, al costado derecho su señora, a su lado Fernando, y al frente de este el director de escuela.

Mientras Nancy servía la habitual sopa, el más anciano extrajo la servilleta de su bolsa de tela bordada y se la colocó debajo de su barbilla. Roberto hizo lo mismo, mientras que Fernando la ubicó a su costado derecho de la mesa.

—Consomé de ave. ¡Qué delicia! Recuerdo mis días felices en mi natal Temuco —dijo Roberto, mientras sacaba de la panera un trozo de pan amasado.

—Don Roberto, ¿qué recuerdos especiales tiene de esa ciudad? —consultó con interés el más joven .

—Lo primero que se me viene a la mente es la época de mis estudios en la universidad católica. Allí conocí a un muchacho muy interesante.

»Muy bien parecido, de mucho gusto por el sexo femenino, amante del teatro, algo soñador. Nuestra amistad fue muy fulminante. Tiempo después, junto a dos actrices locales, comenzamos en los años duros de dictadura a hacer teatro.

—¡Qué interesante! —acotó el joven, instándolo a seguir contando su historia.

—Estuvimos ensayando la obra de teatro del absurdo de Beckett llamada Esperando a Godot, incluso anduvimos una noche vestidos de vagos, sin embargo, nunca hicimos la obra.

El director hizo una pausa, respiró profundamente, soltó el aire y siguió con el relato.

—En cambio representamos para niños de un jardín infantil el cuento del lobo y la Caperucita Roja.

Él era el leñador que debía ajusticiar al malvado animal; sin embargo, y en su afán de paladín de la justicia, le perdona la vida. Que yo pusiera mi mejor cara de lobo arrepentido, no bastó para terminar la presentación abucheados por nuestra infantil audiencia .

Los comensales rieron de buena gana.

—Bonito e interesante recuerdo, amigo. ¿Y qué año fue? —consultó el dueño de casa.

—Si mal no recuerdo, en el año mil novecientos noventa y dos.

—Yo daba mis primeros pasos —admitió el nuevo huésped.

La dueña de casa, al darse cuenta de que todos habían terminado de comer, agitó la campanilla con el objeto de que Nancy retirara los platos.

La asesora del hogar sirvió el postre de manzana asada con salsa dulce en base a vino tinto y azúcar fina espolvoreada sobre estas.

—¿Y qué pasó después con su amigo? —consultó el intrigado joven.

—Hicimos un par de creaciones colectivas, nos divertimos un tiempo, hasta que terminamos nuestras carreras. Cada uno siguió su propio rumbo, y nunca más nos hemos vuelto a topar en la vida.

—Por lo general ocurre así. Que delicia de postre —dijo Fernando .

—Postre típico de la isla, ya que aquí hay muchos manzanos —comentó la anfitriona.

—Se ve usted muy cansado, joven —le dijo la mujer.

—Muy deliciosa la cena. Yo me retiro a dormir —le respondió el joven médico.

Melgarejo hizo lo mismo y ambos hombres salieron juntos del comedor a sus respectivos dormitorios. Unos peldaños más abajo de la vetusta escalera subió el director de escuela, y en el momento antes de ingresar el joven a su dormitorio, le comentó:

—Si me permite, estimado amigo, esperaba esta oportunidad para entregarle un pequeño encargo de una persona oriunda de la isla donde está mi escuela —dijo, mientras el ruido de la lluvia se hacía cada vez más intenso.

—Me pidió que le diera el recado. Necesita conversar con el nuevo médico de Chonchi, y que idealmente pudiera aprovechar la ronda médica para visitarlo en su casa.

—¿Pero él me conoce?

—Al parecer sí —contestó Melgarejo.

—¿Pero usted sabe de qué se trata?

—No, no tengo idea ni sospecho. Solo cumplo con dar el mensaje.

—Gracias, don Roberto, buenas noches.

—Buenas noches, que descanse.