El Archipiélago Mágico Capítulo III #3
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Capítulo III #3

Juan Pablo estaba frente a Fernando; a sus costados se acomodaron el doctor Venegas y Marcelo Urrutia, quien comenzó a servir vino a los más cercanos.

Los garzones recorrieron la mesa llenando las copas.

En ese instante Edita y su esposo fijaron la mirada en el joven médico, justo cuando Marcelo tomaba la palabra.

Luego el doctor Venegas conversó largamente sobre sus años de servicio en las islas. Los garzones comenzaron a servir la entrada: locos en salsa verde sobre un colchón de lechugas y berros.

Ricardo Fuentes, sentado muy cerca de la sensual Verónica, le preguntó en voz baja:

—¿Qué opinión te merece nuestro joven colega, Vero?

—Es extremadamente hermoso, no lo voy a negar, pero a mí no me gusta ese tipo de hombre. Sí me encanta cómo es. Lo encuentro muy tierno, y me doy cuenta que mi amiga está loquita por él.

—¿Pero el pesote de Carlos? —le dijo Ricardo al oído de forma muy silenciosa— no le quita la mirada a la Angélica.

—Mira, Ricardito —le respondió Verónica—, una mujer puede tener algo con un hombre, pero si se le cruza el que la fleche, estará dispuesta a todo por conquistarlo.

En lo que a mí concierne, creo que Carlos es parte del pasado, y lo único que va a conseguir de Angélica es que lo aborrezca.

Así que cuando a mí me llegue mi príncipe azul, no me mires así.

Ricardo miró sonriente a la mujer; disimuladamente, le tocó la pierna y le dio un apretón.

Los garzones comenzaron a retirar los platos y, desde un sector de la mesa, se escuchó una fuerte y contagiosa risa.

—Ya pues, Ricardo y Verónica, cuenten el chiste para que nos podamos reír todos —dijo Juan Pablo.

—La Verónica lo va a contar —mencionó Ricardo con una sonrisa pícara.

Los garzones hicieron su aparición con el plato de fondo: una corvina al horno cubierta con tomates al ajo, perejil, laurel y langostinos al limón. Sobre la mesa, cuatro grandes ensaladeras con distintas preparaciones .

La cena transcurrió en un ámbito de camaradería, risas y anécdotas.

La mesa ya estaba despejada; unos habían pedido café —como Venegas y Fernando—, algunas mujeres un trago dulce, y el murmullo de las diferentes conversaciones hacía predecir lo agradable de la jornada.

La directora se levantó y solicitó un poco de silencio.

—Estimados colegas. Agradezco a todos la asistencia a este evento.

Quiero decirles que me siento muy orgullosa de este equipo de trabajo y de cada uno de ustedes.

El nuevo profesional que hoy se nos ha unido ha comenzado muy bien su vida laboral, por tanto le doy mi aceptación como colega y directora de este centro médico.

Espero que ustedes hagan lo mismo brindándole su apoyo, amistad y compañerismo para hacer más llevadera su vida aquí en la isla.

Todos los presentes aplaudieron. Algunos comenzaron a pedir que hablara Fernando. El joven un tanto contrariado se levanta de su asiento y dice:

—Agradezco las palabras de nuestra directora, agradezco el apoyo de Angélica y de Sergio el día de hoy.

También al doctor Venegas que me regala su cariño y experiencia; a José su calidez en mi primer contacto con la isla, y a todos ustedes por las muestras de cariño brindadas.

Espero estar a la altura de las circunstancias, tanto como persona y como médico. Muchas gracias.

El aplauso no se dejó esperar. Hubo sonrisas, miradas cariñosas y un cruce de ojos cómplices por parte de Angélica.

Edita y Diego comenzaron a despedirse, y lo mismo hizo Marcelo, recordando a todos que el día siguiente había que levantarse temprano. El doctor Venegas, por su parte, le extendió la mano a Fernando con una sonrisa de aprobación.

—Ha tenido un comienzo brillante, colega.

El joven agradeció las palabras del veterano, quien de inmediato hizo abandono del lugar. En la mesa permanecieron Carlos Vargas, Ricardo, Verónica, Fernando, Juan Pablo, Angélica, Laura e Ignacio. Desde un extremo, el animado Eulalio, se levantó con dificultad y se acercó a los contertulios.

—Estimados colegas, como veo que me ha entrado un poco de agua al bote, yo me retiro. Sin antes decirle al doctor que me ha caído muy bien. Lo he escuchado y me gusta su manera de opinar.

Eulalio le dio la mano y un abrazo a Fernando, luego se despidió del resto y se retiró bamboleándose en dirección a la puerta de salida.

—¿Podrá llegar a su casa? —preguntó Fernando, un tanto preocupado.

Todos rieron.

—No te preocupes. Lo hace siempre igual, además no vive tan lejos de aquí —le respondió Laura.

Ricardo propuso ir a su cabaña. La idea fue bien recibida. Carlos observó a Angélica, mientras esta evitaba su mirada.

Salieron a la fría noche tapizada de estrellas en dirección a los vehículos aparcados. Carlos se acercó a Angélica y la tomó del brazo.

—Yo te llevo en mi auto.

—No, gracias. Me voy con Ricardo y la Vero —le respondió la muchacha.

En el asiento trasero de la camioneta de Ricardo iban Fernando y Angélica. El vehículo avanzó por la calle principal hasta tomar un serpenteante camino con fuerte pendiente, que los condujo finalmente a una acogedora cabaña de madera rodeada de césped y plantas multicolores.

La tertulia fue muy animada. Después de que cada uno opinara sobre la comida y los asistentes, las conversaciones fluyeron con total naturalidad. Fernando se acercó a Angélica:

—¿Cómo lo estás pasando?

—Bien. ¿Y tú?

—Creo que esto es el broche de oro para un día lleno de emociones.

—No sabes cuánto me alegro. Eres una persona muy linda.

—¿Por qué opinas eso?

—No me refiero a tu físico, sino a lo que proyectas. Eres muy distinto al resto de los hombres.

—¿De verdad lo crees?

—Sí. Eres un hombre muy sano y, al parecer, no te das cuenta de la mala energía de algunas personas.

—¿Lo dices por Carlos?

Los pómulos de la joven se tornaron colorados.

—¿Te diste cuenta, entonces?

—Por supuesto. Transmite malas vibras —respondió Fernando—. ¿Tú crees que él ya está marchito?

—Podría ser una analogía válida —contesto ella—. Aunque prefiero usar ese término para las flores.

—¿Y tú me encuentras marchita ?

—Para nada —aseguró él—.Pienso que eres la flor más tierna, lozana y hermosa de este jardín.

Ella rió fuerte y efusivamente.

—¿De dónde eres, Angélica?

—Valparaíso.

—¿Y de tan lejos?

—¿Por qué te sorprende tanto? Tú también eres de afuera.

—Sí, está bien. Tal vez fue un pensamiento un tanto machista.

Avanzada la noche, Angélica le pidió a Verónica que se fueran. Ricardo se ofreció a llevarlos.

—Buenas noches, chicos, y gracias. Chao, Fernando —la muchacha le dio un beso en la mejilla y descendió de la camioneta.

—Hemos llegado a tu casa, Fernando. Que descanses.

—Gracias, Ricardo. Chao, Verónica.

Fernando, acostado en su cama, sintiendo el silencio solo interrumpido por el sonido de los grillos, revivió todos los acontecimientos del día hasta llegar al rostro de Angélica, mientras el sueño lo venció y se diluyó en la nada.