Capítulo III #2
Ricardo fue hacia el retrete y cerró la puerta. El médico lavó su cara, se secó y acomodó el cabello. Luego ambos hombres salieron del baño.
*
Mucha gente aguardaba turno en los asientos del largo pasillo. Desde el fondo, se divisó la silueta del nuevo médico: un joven bastante alto, de pulcro delantal blanco, que saludaba amablemente a cada paciente a su paso. Al llegar, tocó la puerta del box tras detener la mirada en la placa:
Dr. Raúl Venegas Bravo.
—Adelante, colega. Lo estaba esperando para comenzar juntos. ¿Y cómo le fue con Edita?
El recién llegado esbozó una sonrisa cómplice.
—Bastante bien. Firma de papeles, entrega de cargo y algunos consejos útiles, doctor.
—Nunca están demás —le respondió el veterano galeno, agregando —: La idea es que usted llame al paciente; yo lo presento frente a él o ella. Luego escuchamos ambos los síntomas. Luego usted ausculta y entrega su diagnóstico. ¿Qué opina, Fernando?
—Me parece muy bien, doctor. Es como debe ser.
La primera paciente fue doña María Angélica Gómez, una anciana con dificultades para respirar. Fernando la examinó con cuidado .
—Doctor, salvo que usted opine distinto, creo que estamos en presencia de un EPOC.
El veterano lo miró asintiendo.
—Estimada María Angélica. El doctor no ha podido ser más exacto en su diagnóstico. Con esa misma exactitud quiero que me confirmes: ¿cuántos cigarros te fumas en el día?
—Alrededor de unos ocho diarios, doctor.
—El médico se acomodó en su asiento, sacó su lápiz del bolsillo superior de su delantal, tomó el cuadernillo de recetas, se puso los lentes y, por encima de éstos, vio a la mujer y le comenzó a hablar.
—Creo que estamos en presencia del resultado acumulado de varios años de humo de cigarrillos en tus pulmones.
Es por eso que pondré como primer remedio disminuir paulatinamente la cantidad de cigarros.
Te vamos a dejar con un remedio en base a esteroides y broncodilatador, mediante inhalación.
Te estoy poniendo la frecuencia en la cual debes inhalar; además, en la medida que te sea posible, procura hacer ejercicio y practicar la respiración diafragmática.
El médico hizo una pausa, observó a la mujer y agregó—. El doctor Gutiérrez te lo explicará mejor que yo .
—Señora María Angélica, es muy simple. Usted pone sus manos en el abdomen así. Inspira el aire, como si quisiera empujar hacia arriba los brazos, e hinchando el estómago retiene el aire un par de segundos, para luego exhalar lentamente por su boca. ¿Le parece si lo puede hacer conmigo?
La mujer se puso frente a él y repitió el ejercicio. Luego Venegas le entregó la receta médica.
—Ya pues, chiquilla. Retira en farmacia el medicamento y sé disciplinada en tomarlo, disminuye el tabaco, haz ejercicio y pon en práctica la respiración.
—Sí, doctor, lo voy a hacer. Y usted, mijito, tan simpático e inteligente. Dios me lo bendiga.
—Cuídese mucho —respondió Fernando, y luego cerró la puerta de la consulta.
El tiempo transcurrió hasta que la sala de espera quedó casi vacía. Un silencio repentino dominó el ambiente, roto segundos después por un gran revuelo al otro lado de la puerta. Fernando se puso en pie y abandonó la consulta; afuera, una multitud rodeando a una persona que se había desplomado.
—Permiso, ¿qué sucede? —preguntó con urgencia .
Se acercó, le tomó el pulso en el cuello y aproximó su cara a la boca… No respiraba. Justo entonces llegó Angélica.
—Vamos a necesitar una dosis de cero coma cuatro mg de epinefrina, equipo portátil para desfibrilación y una camilla con frazadas, mientras inicio la respiración y las compresiones.
Los segundos se arrastraban uno tras otro. Fernando sabía que había iniciado un camino del que no podía salir. Por favor, que se apure Angélica, pensó, sintiendo el peso de todas las miradas puestas en él.
Llegó Angélica con la hipodérmica, junto a José, quien traía la camilla y un equipo portátil de desfibrilación.
—Angélica, inyéctalo —le dijo con seguridad, mientras él no cesaba de ejecutar la reanimación.
Llegó Eulalio y desalojó a las personas que se encontraban en la escena; luego, Sergio se unió al joven médico para ayudarlo.
En el momento en que Fernando suspendió el procedimiento para que Sergio le aplicara las respiraciones, acercó su boca al oído del paciente y le susurró: “No deje de luchar; aún le falta por vivir, no lo voy a dejar ir”.
Edita ya se encontraba allí junto a Carlos. También llegaron Juan Pablo y Berta, quienes observaban la situación mientras conversaban entre ellos en voz baja.
Al cuarto intento, el médico más experimentado determinó que el esfuerzo era suficiente.
El ritmo cardíaco se había restablecido y Sergio confirmó que el hombre ya respiraba.
Los tres profesionales se miraron con profundo alivio.
Angélica, llevada por la emoción y sin darse cuenta, rodeó con su brazo la espalda de Fernando en señal de júbilo.
—Ya has hecho lo suficiente, Fernando —la mujer se apartó un mechón de la cara, casi displicente—. Pasa por Farmacia; Marcelo te está esperando para la entrega de tu instrumental médico.
Las miradas del médico y la joven enfermera se cruzaron. Se regalaron una sonrisa.
*
Marcelo estaba en la farmacia. Se encontraba finalizando la entrega del instrumental médico a cargo del nuevo doctor, incorporado recientemente.
—A propósito, ¿dónde va a ser la cena?
—En la hostería de la costanera. ¿Dónde te estas quedando?
—En la casa del profesor. ¿La conoces ?
—Sí. ¿Te paso a buscar a eso de las ocho y nos vamos juntos?
—Perfecto, te espero.
Era un atardecer frío, muy propio de esa época del año.
El otoño comenzaba a retirarse, y el gélido viento hacía sus estragos.
Al interior del gran comedor, el calor de la chimenea recibía a los invitados.
Las llamas danzaban sobre los grandes leños.
La lámpara central bañaba de brillo las paredes de alerce natural.
Las ventanas vestidas con cortinas de género dorado.
Varias mesas individuales de cuatro sillas, y en el fondo del comedor una mesa larga con un mantel blanco. Sobre ella, platos blancos y vajilla color plata. Resaltaban las grandes copas de vino y las botellas con su mosto oscuro. Varias ensaladeras dispuestas simétricamente.
El bullicio de la gente alrededor de la chimenea. Algunas mujeres sentadas en grandes sofás, vestidas elegantemente, reían sin desenfreno. La mayoría de los varones conversaban afanosamente sosteniendo en sus manos vasos de brebajes distintos.
En otro sofá, Edita, acompañada por un señor de unos cincuenta años de pelo corto y delgado bigote, escuchaba con cierto aburrimiento a su acompañante .
—¿Fernando aún no llega? —preguntó, dirigiéndose a todos.
Ricardo, que estaba en plena conversación con Venegas y Juan Pablo, acotó que se debía haber perdido. Algunos rieron. Edita hizo una leve mueca mientras dirigía su mirada hacia el cielo.
—Ya debiera haber llegado, y Marcelo tampoco está —rezongó.
*
Ya es muy tarde, pensó Fernando, que esperaba, vestido para la ocasión, la llegada de Marcelo.
Se levantó, salió de la pieza, cerró la puerta y se dirigió al baño.
Mientras se miraba al espejo se perfumó en ambos lados de su cuello, luego bajó las escaleras y abrió la puerta de la casa. Un manto de estrellas cubría la noche.
Levantó sus solapas dirigiendo su mirada en ambas direcciones de la calle. Desde la plaza los faros de un vehículo se acercaron velozmente y se detuvieron frente al joven.
—Disculpa la tardanza —dijo Marcelo —. Pequeño conflicto doméstico. Mi señora no es muy fanática de estas cenas .
—Lo tendré en cuenta antes de emparejarme —respondió Fernando con una sonrisa.
*
Al entrar a la hostería, todas las personas observaron a los recién llegados y espontáneamente se escucharon gritos y aplausos. Destacaba la voz melodiosa de Ricardo, que comenzó a cantar junto a todos los presentes.
Fernando no entendía nada. Observó a todos. Su mirada se cruzó con la de Angélica, la cual cantaba mientras sonreía. Ambos dentistas levantaron sus copas. Juan Pablo se acercó a él y le ofreció su mano; luego Ricardo hizo lo mismo, lo abrazó y le susurró al oído: bienvenido.
El doctor Venegas se puso de pie despacio, con la copa en alto. La sala se aquietó.
—Llevo muchos años en esto —dijo, y su voz tenía el peso de cada uno de ellos —.
He visto médicos muy capaces, pero hoy vi algo distinto —hizo una pausa; sus ojos se detuvieron en Fernando, luego en Angélica —.
Vi medicina con alma… por Angélica, por Sergio y por este joven que recién llega y que ya nos enseñó algo. ¡Salud !
De pie, todos levantaron sus copas y aplaudieron espontáneamente.
Se acercó a Angélica y ella lo abrazó efusivamente, mientras le decía con dulzura al oído:
—Lo hemos hecho los tres, pero sin ti no habría existido este recibimiento.
—Gracias, Angélica. Fue vital tu intervención. Sabemos que no debe haber pérdida de tiempo, y lo hiciste muy bien.
—Si me lo pidiera una vez más lo volvería a hacer encantada, doctor —le contestó la hermosa chica, mientras le brindaba una seductora sonrisa.
Se acercó la directora, elegantemente vestida con un traje de dos piezas azul, combinado con un collar y aros de perlas, al tiempo que se levantaba de su asiento su acompañante luciendo un impecable terno gris a rayas y una corbata azul petróleo.
—Pensamos que ya no venías, Fernando. Te presento a Diego, él es mi marido.
—Hola, Edita. Mucho gusto, Diego.
—El placer es mío. No todos los días se conoce a una persona con tantas virtudes —le respondió el acompañante, socarronamente .
—Dicen que toda escoba nueva debe barrer bien —respondió el joven médico, con una sonrisa.
Todos los comensales tomaron posición en forma espontánea en la extensa mesa, mientras el embrujo de un saxo alcanzaba magistralmente las agudas notas de un melancólico blues.