Capítulo III
La aceptación
Junto a la brumosa mañana hizo su ingreso al centro médico.
—Muy buenos días, doctor —el guardia lo recibió con una sonrisa—. Por favor, acompáñeme. Le conduciré a la sala de reunión del personal. Usted es el primero en llegar.
Ambos cruzaron el hall de acceso hacia una puerta de vidrio traslúcido con dos batientes.
Doblaron a la derecha y siguieron por un largo pasillo con puertas y sillas en ambos costados, hasta llegar a otra puerta vidriada con un letrero anunciando la prohibición de acceso a personas no autorizadas.
Cruzando esta última se encontraron con otras dos puertas.
El guardia abrió la del lado izquierdo e invitó al joven a pasar a una confortable e iluminada sala.
—Lo dejo aquí, doctor. Pronto llegará el resto del personal.
Fernando esperó un rato. La puerta se abrió y entró un señor de avanzada edad, casi calvo, de caminar pausado. Observó al desconocido y le sonrió.
—¿Será usted el colega nuevo ?
—Sí, señor, y usted debe ser el doctor Venegas.
—Así me conocen todos, desde hace muchos años. Aunque esperábamos un joven refuerzo, lo veo y no me puedo contener en preguntarle, jovencito: ¿usted ve la medicina como un verdadero apostolado, o salió apurado de la gran urbe? Mire que para venir a este remoto lugar del país, hay que tener coraje.
Fernando, sorprendido, solo esbozó una sonrisa.
—Doctor, hasta el momento me siento agradado. Solo espero hacer mi trabajo de la mejor forma posible.
—Bien me parece, y cuente conmigo; le puedo aportar algo de conocimiento.
Luego se dirigió al sector de casilleros. Sacó un delantal blanco, pausadamente se lo puso, y de una caja metálica extrajo un estetoscopio y lo depositó en el bolsillo derecho.
—Somos un equipo pequeño en el centro médico, dirigidos por la Dama de Hierro, apodo cariñoso de nuestra directora. A veces nos reunimos aquí unos minutos por las mañanas, antes de comenzar las labores; de igual forma, organizamos las rondas médicas a las diferentes islas del archipiélago.
—¿En qué consisten esas rondas médicas, doctor ?
—Medicina preventiva en las distintas postas rurales de los sectores apartados de nuestra jurisdicción. Dependiendo de las necesidades, se organizan las comisiones con los insumos que hay que llevar y el profesional indicado.
—¡Qué interesante! ¿Y cómo se llega a esos lugares?
—El servicio nacional de salud dispone de varias embarcaciones. El problema es que en ocasiones se desatan fuertes temporales, especialmente en invierno.
—¿Y usted alguna vez hizo esos viajes?
—Muchas veces.
Fernando observó cómo los ojos del médico contemplaban el infinito, como evocando pasados recuerdos.
El leve silencio fue interrumpido por varias personas que ingresaron a la sala. Venegas volvió la cabeza para observar a los que entraban al recinto.
—Está comenzando a llegar el personal, pero no veo a la Edita —dijo el veterano.
El grupo rodeó a los dos hombres sentados en la mesa. Las recién llegadas saludaron al anciano con un beso en la mejilla, mientras él indicaba en dirección a Fernando.
—Este apuesto jovencito es nuestro nuevo colega .
Las mujeres llegaron juntas, se acomodaron alrededor de Fernando y comenzaron a presentarse. Solo retuvo con claridad a Rocío, la matrona, y a Laura Díaz, la nutricionista.
—Hola, colega. Bienvenido a la isla paraíso. Soy Jaime Rojas, y él es mi compadre, amigo y vecino, el doctor Sergio González.
Fernando saludó cordialmente a ambos.
Mientras Fernando observaba a los recién llegados abriendo sus respectivos casilleros, ingresó Edita acompañada de Carlos Vargas, saludando a cada uno e instándoles a ubicarse en las mesas.
—Hola, Fernando —mientras le acercaba su mejilla—. ¿Dónde te quedaste alojado?
—En la pensión del profesor.
—Qué bueno. ¿Descansaste bien?
—Sí, bastante.
—Me parece que faltan la Vero, Angélica, Ricardo, Marcelo, Carlos y Juan Pablo —respondió Vargas.
—Juntemos las mesas entre todos, por favor, para hacer la reunión —ordenó Edita .
Mientras realizaban lo dispuesto por la directora, entró al recinto un hombre de unos cuarenta y cinco años, estatura media, corpulento, pelo corto, moreno, rostro alegre y simpático. Venía acompañado por dos mujeres que reían.
—Fernando, ellas son las enfermeras: Verónica Cifuentes y Angélica Mayorga. Colegas, él es el nuevo médico que viene de Santiago a trabajar con nosotros.
—Él es nuestro tecnólogo médico, Ricardo Fuentes.
—Hola, Fernando. Toda mi colaboración.
—Y por favor, que solo sea en el plano profesional, Ricardo —dijo la directora.
Fernando intuyó que el motivo de la risa a lo dicho por Edita debía ser por la aparente fama de galán del recién llegado.
—Sentémonos, por favor —sentenció la directora.
En ese momento entraron dos hombres y una mujer, los que saludaron a todos hasta llegar donde Fernando.
—¿Tú eres el nuevo médico? Hola, soy Berta. No sabes cómo te estábamos esperando.
—Hola, Fernando, yo soy dentista y mi nombre es Juan Pablo Jiménez. Qué bueno que ya estás aquí .
Un joven pelirrojo que estaba sentado lo saludó desde el asiento, y Edita le comentó que era el otro dentista, Ignacio Varas.
—Solo falta Marcelo Urrutia —dijo Edita.
—Carlos, también me gustaría que estuvieran las tres auxiliares, José y Eulalio.
El hombre se levantó de su asiento saliendo de la sala. Todos comenzaron a conversar despacio. Luego apareció en la puerta el personal solicitado.
—En primer lugar, buenos días a todos. Convoqué a esta reunión extraordinaria porque, a contar de hoy, se inicia el trabajo del nuevo refuerzo médico en nuestro centro de salud: el doctor Fernando Gutiérrez. —La directora lo miró instándolo con el gesto de decir algo.
—Agradezco a todos su cálido recibimiento. Quiero aprender de cada uno de ustedes, para así poder hacer mejor mi trabajo. Gracias.
Todos quedaron muy sorprendidos por las breves palabras del recién llegado. Hubo un momento de silencio y, luego, un sutil susurro entre los presentes .
—Fernando, aprovecho la oportunidad para avisarte que hoy, a las veinte horas, tendremos una cena.
—Gracias —respondió el recién llegado, visiblemente sorprendido.
—Esta tradición la tenemos desde hace mucho tiempo, y debe ser el primer día de llegada del nuevo miembro del equipo. Si no se hace, es mala suerte para todos —mencionó Ricardo del otro extremo.
Una estruendosa risa recorrió la sala.
—Bueno, colegas. Les comunico que la ronda médica será el miércoles y jueves. Se une Fernando y le toca ir a Juan Pablo. Quiero que Fernando apoye al doctor Venegas con sus pacientes. ¿Estamos claros? Eso sería todo por ahora.
La directora se levantó y todos en la sala hicieron lo mismo.
—Fernando, acompáñame a mi oficina, por favor —le comunicó Edita con un marcado aire de autoridad.
Ya sentada en su escritorio, tomó una carpeta azul con varios documentos, los comenzó a ver detalladamente y luego se los pasó.
—Quiero que revises con mucha calma estos antecedentes y que firmes donde aparece tu nombre. Son documentos administrativos y, entre ellos viene también tu contrato, las pólizas de seguro y varios otros documentos que imagino ya habrás leído.
»Otra cosa que quisiera mencionarte, ya que es mi deber como directora hacerlo: estoy consciente de que la gran mayoría de los que aquí trabajan son jóvenes —continuó Edita—. Había mucha expectación contigo, más ahora que te han conocido.
»Eres un hombre muy guapo, y solo te quiero prevenir: cualquier cosa que ocurra, que no sea aquí y que nadie se entere de nada. La imagen del médico es sagrada, Fernando. No lo olvides nunca, por favor.
—Gracias, Edita. Tendré muy presente lo que me has dicho. Te lo agradezco de corazón.
—Bien, esta llave es de tu casillero. Aquí están tus delantales. El estuche contiene el estetoscopio y el instrumental está en farmacia. Cuando llegue Marcelo, lo revisas con él.
—Sí, perfecto.
—Ya pues, nos vemos entonces.
Tras salir de la oficina, el nuevo integrante del centro médico se dirigió al casino del personal. Ubicó el casillero número veinte y depositó allí sus pertenencias. Se quitó la campera azul, se vistió con el albo delantal y en uno de los bolsillos, guardó el estetoscopio.
Luego se dirigió al baño del personal masculino y, frente al amplio espejo situado en la pared de los lavamanos, observó a un corpulento hombre vestido con un delantal blanco. Sobre el bolsillo superior derecho se leía un conjunto de letras que lo hicieron caer en una melancólica divagación:
Dr. Fernando Gutiérrez Lozada
Siempre imaginó que esta situación la viviría en un lujoso baño de alguna clínica del barrio alto de la capital. Era una imagen mental impuesta por el deseo de su padre, quien pregonaba que el único destino digno para su hijo era ejercer en uno de los centros médicos más importantes de Santiago.
¿Estará Cecilia luciendo este mismo delantal, y observándose en un espejo similar? No debía pensar en ella. Nunca más. Tenía que olvidarla. Pero no podía, y lo sabía, y ese saber era lo peor de todo.
Al retener unos segundos en su mente la imagen de la muchacha, una nostalgia mezclada de angustia lo invadió.
Su garganta se contrajo y el corazón se aceleró.
Deseó recuperarse, pero ya era tarde; el sudor invadió su frente y las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos.
La puerta de acceso al baño se movió. Sorprendido, lo observó Ricardo, comprendiendo que ya era tarde para dar marcha atrás.
—Disculpa. Si estás en ese estado es por una causa muy justificada. No es necesario que la compartas conmigo, lo entiendo. Debe ser difícil adaptarse a un lugar nuevo.
Fernando secó sus ojos y, a pesar de la incomodidad de ver violada su intimidad, agradeció el gesto sincero de Ricardo brindándole una sonrisa de aceptación.
—Gracias, te lo agradezco mucho.
—Verás que aquí no es tan aburrido como parece. El trabajo no es tan monótono, y en los ratos libres nos dedicamos a pasarlo bien.
—Gracias. Ya estoy mejor.
—Cuando quieras conversar, avísame. Puedes contar conmigo para lo que quieras, y por sobre todas las cosas con mi confidencialidad.