El Archipiélago Mágico Capítulo II
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Capítulo II

La llegada

El centro médico de Chonchi era más grande de lo que Fernando había imaginado. Una ambulancia blanca descansaba junto al acceso principal, y en el interior el olor familiar a desinfectante le recordó que, a pesar de la distancia, seguía siendo médico.

—Don Eulalio, le presento al doctor Fernando Gutiérrez.

El circunspecto hombre vestido de azul lo saludó de forma muy cortés, sacándose la gorra y extendiéndole muy formalmente su mano derecha.

—Mucho gusto en conocerlo, doctor. Lo estábamos esperando. Mi nombre es Eulalio Gatica, encargado de la seguridad. La señora Edita, nuestra directora, me dijo que apenas llegara le condujera a su oficina. Sígame, por favor.

—Doctor, cuando se desocupe me ubica. Estaré en el casino del personal esperándolo para llevarlo a alguna pensión. Conozco un buen lugar. La pensión del profesor —le dijo Basualto .

—Bueno, don José, muchas gracias —respondió Fernando.

En su oficina, Edita Mansilla repasaba los documentos con esa concentración seria que sus colegas conocían bien.

Cuarenta años, matrona de carrera, directora desde hacía cinco: no era mujer de sorpresas.

Sin embargo, la llegada del nuevo médico le generaba una curiosidad que le costaba disimular. El pobrecito, pensó.

—¿Lo hago pasar? —preguntó Carlos, su asistente, quien asomó medio cuerpo tras dar unos golpecitos a la puerta.

—Hazlo pasar, por favor.

—Hola, Fernando, ¡qué gusto conocerte! Siéntate, por favor. Cuéntame, ¿cómo estuvo tu viaje?

—Excelente. De partida un hermoso día, y el vuelo estuvo fantástico.

—¿Tienes decidido dónde vas a alojarte?

—No, pero Basualto me habló de la pensión del profesor.

—Es lo mejor que podrás encontrar aquí. Pero dime, ¿qué te impulsó a venirte desde Santiago a trabajar a un lugar tan apartado como este?

—Tuve mis razones —dijo Fernando con una sonrisa tranquila, sin más explicación .

—La isla es hermosa —agregó—. Supongo que su gente tiene muchas necesidades médicas.

—Las tiene —respondió ella, aceptando el cambio de tema—.

Aquí somos pocos profesionales, pero funcionamos bien como equipo: tres médicos, contigo cuatro.

El doctor Venegas lleva años aquí, es el veterano.

Respecto al resto del personal, mañana te los presentaré a todos.

Ahora te dejo libre para que te ubiques en la pensión y descanses.

—¿A qué horas debo estar mañana? —preguntó Fernando.

—Nuestra jornada comienza a las ocho de la mañana, hasta las seis y media de la tarde. Salvo que haya alguna emergencia.

—Nos vemos entonces.

—Por supuesto —respondió él.

*

Una imponente casa de dos pisos, al más completo estilo clásico chilote, revestida en su totalidad con tejuelas de alerce.

—¡Qué estilo, qué señorial casa! Es como si el tiempo se hubiese detenido.

—Así es no más pues, doctor. Sepa usted que el profesor en su tiempo fue una verdadera autoridad aquí en este pueblo .

José Basualto hizo sonar el timbre repetidas veces con absoluta confianza, desatando un suave trinar metálico. Al abrirse la puerta, una anciana los recibió con una dulzura entrañable.

—¿Cómo está, señor Basualto?

—Señora Emilia, ¡qué gusto saludarla!

—¿Y quién es este joven tan apuesto que lo acompaña?

—Le presento al doctor Fernando Gutiérrez. Es de Santiago, viene a trabajar con nosotros y necesita alojamiento.

—Mucho gusto, señora —dijo mientras le extendía la mano.

—Sí, en esta casa damos pensión de mesa y alojamiento. Pase, por favor.

La señora Emilia lo condujo hacia el segundo piso.

La habitación era amplia, con un gobelino en la pared principal representando un caballero antiguo en su corcel negro tomando la mano de una doncella, un ropero antiguo de madera oscura y una confortable y amplia cama.

Al costado derecho, la ventana daba al patio interior, con manzanos en flor y hortensias de color rosado intenso.

—¿Cuánto vale la mensualidad con pensión completa, señora Emilia ?

—Cuatrocientos, incluyendo cada quince días el lavado de ropa.

—Conforme, me quedo aquí.

*

—Gracias, José, me ha dado un dato muy útil.

—Qué bueno, doctor. Solo trato de hacer mi trabajo lo mejor que puedo. ¿A qué hora lo paso a buscar mañana?

—No se preocupe, caminaré. No creo perderme.

—Para nada, el centro médico está a solo cuatro cuadras. Doble a la derecha en la próxima esquina, donde está esa casa amarilla, y camine tres cuadras por la acera de enfrente.

—Nuevamente, gracias.

—Hasta mañana y que descanse.

Fernando vio alejarse la camioneta, tomó su bolso y entró a la casa. Antes de comenzar a subir la escalera, la señora Emilia lo invitó amablemente a seguirla para mostrarle el resto de las dependencias.

—Quiero hacerle algunas indicaciones, si me permite. Aquí, al lado izquierdo de la escalera, está el sector de la casa donde se ubica el living .

»Deslizando esta cortina corrediza tiene la biblioteca. Podrá ver que hay bastante literatura interesante. Mi viejo, desde muy joven, ha tenido la vocación de leer y coleccionar muchos ejemplares.

Fernando se detuvo en el umbral. Tres paredes cubiertas de estanterías repletas de libros. Al centro, un escritorio de estilo normando presidía la sala. En ambos costados, un par de poltronas de cuero desgastado.

—Señora Emilia, esto es maravilloso. Por supuesto que me gusta mucho la lectura.

—Bueno, ya tendrá bastante tiempo para hacerlo. Si me permite, quiero mostrarle la otra parte de la casa. En este sector se ubica el comedor y al fondo la cocina.

Una maciza y amplia mesa de oscura madera, y doce sillas delicadamente labradas. Colgada en su centro una rutilante lámpara de bronce con lágrimas de cristal. En este mismo muro, un ventanal que daba vista al exterior.

¡Cómo admiraría el valor arquitectónico de esta casa mi madre!, pensó Fernando.

—Doctor, siéntase en libertad de desayunar o almorzar en el comedor o aquí en la cocina. Ahora, si quiere, tómese una buena ducha, y le avisaré cuando esté lista la cena, como en unas dos horas más.

—Por supuesto, subiré a mi habitación.

Fernando tomó su bolso y subió a la segunda planta. En el proceso de ordenamiento de sus pertenencias, su mente le trajo imágenes de la mujer rubia del aeropuerto.

Ya en el baño, el agua tibia deslizándose por su cuerpo lo transportó a otros tiempos. Él y Cecilia jugando a ser padres con los más pequeños de la familia. El regalo que ella le llevó cuando tenía diez años: un ejemplar de El Principito que juntos terminaron leyendo.

Finalizado el baño y vestido con ropa limpia, se acostó en la confortable cama.

Los párpados le pesaban. Cerró los ojos —o eso creyó.

Cuando volvió a abrirlos, flotaba a unos centímetros de la cama.

El rostro de la misteriosa mujer rubia estaba muy cerca de su boca.

Sintió todo su cuerpo depositado sobre el suyo, su respiración, su aliento de flores frescas.

Su corazón retumbó acelerado, el placer lo inundó. A medida que el goce aumentaba, disminuía el aire hacia su interior. Ya casi no podía respirar, y su cuerpo había comenzado a convulsionar .

Una huesuda y fría mano le tomó el hombro. Sus ojos inundados de lágrimas se abrieron para contemplar el rostro, sorprendido, de la dueña de casa.

—¡Despierte! Le toqué la puerta pues escuché ruidos, y como no me contestó decidí entrar. ¿Se encuentra bien? —dijo, muy preocupada.

—Sí, me quedé dormido y tuve un mal sueño. ¿Qué hora es?

—Son cerca de las ocho de la noche. La cena ya está servida.

—Me lavo la cara y bajo de inmediato.

Fernando se levantó de la cama. En el baño observó el espejo: sus ojos inyectados en sangre. Mojó su cara, secó su rostro y acomodó el cabello. Luego bajó al comedor.

Escuchó ruido de conversaciones que de a poco se fueron haciendo más fuertes. La brillante luz de la lámpara de lágrimas con todas sus ampolletas encendidas otorgaba una confortable luz, mientras en las ventanas se observaba los últimos rayos de sol.

En la cabecera de la mesa se encontraba el dueño de casa, un anciano de unos ochenta años de edad, de contextura delgada, pelo y barba de color blanco.

A su lado derecho su mujer, a su izquierda un hombre de bigote ralo y traje negro.

Al costado izquierdo de la dueña de casa, un hombre de rostro redondo, ojos verdes y aparente sobrepeso.

Al hacer su entrada dejaron de hablar, observándolo con especial atención. La única mujer presente en la mesa hizo la presentación.

—Caballeros, él es nuestro nuevo huésped. Viene recién llegado de Santiago. Es el médico asignado a este centro.

Fernando se acercó al dueño de casa, el cual se levantó ceremonialmente de su asiento mientras le extendía su mano derecha.

—Joven, sea usted muy bienvenido a nuestra comunidad y a mi hogar. Soy Emanuel Urrutia Segovia. Él es don Roberto Melgarejo y don Joaquín Rodríguez.

—Mucho gusto —respondió Fernando, saludando al resto de los comensales.

—Por favor, sentémonos, caballeros. Emilia, que la Nancy nos sirva la comida, por favor.

La dueña de casa tomó una campanilla de bronce y la agitó suavemente.

—Dígame, doctor Gutiérrez, ¿cuál es su primera impresión de nuestro pueblo? —le interrogó el dueño de casa .

—Muy bonito y ordenado. Era muy niño cuando vine la primera vez, así que no tengo muy claros recuerdos.

Entró por la puerta de servicios una mujer voluminosa de unos cuarenta años con delantal de cocina, trayendo una bandeja con los platos de una humeante sopa.

—Es curioso ver a un joven de su talante en este apartado lugar —dijo el anciano profesor—. ¿Empieza a trabajar mañana?

—Sí, señor —respondió Fernando.

—Delicioso el consomé de ave, señora Emilia —mencionó Roberto.

—La Nancy es muy buena en la cocina —respondió la mujer.

Roberto, que se encontraba sentado a la izquierda de Fernando, con mucha parsimonia dejó la cuchara en el plato y se tomó la barbilla.

—Se me ocurre que usted es titulado de la Universidad Católica.

—Sí, estudié en la sede central de Santiago. ¿Y usted, don Roberto, a qué se dedica?

—Soy director de una escuela en la isla de Puqueldón, y cada cierto tiempo bajo al pueblo, como se dice, y me quedo aquí donde mi colega y viejo amigo .

—¡Qué interesante! ¿Y dónde estudió?

—En la católica pero en la sede de la ciudad de Temuco.

—¡Qué coincidencia! Y dígame, ¿por qué estaba tan seguro de que yo también vengo de la misma universidad?

—Nada más que intuición, querido —contestó, mientras sacaba de la panera un pedazo de pan, lo partía y se lo llevaba a la boca.

—No me diga que también usted, don Emanuel, es de la misma casa de estudio.

—No, soy de una especie en extinción. Normalista y con mucho orgullo, igual que mi señor padre que en paz descanse.

—Yo, en cambio, soy comerciante —agregó Rodríguez, mientras dejaba la cuchara en el plato y se limpiaba con esmero su bigote—. Me dedico a la venta de productos del mar.

—Y lo hace muy bien —mencionó el dueño de casa, con sorna —. Este hombre tiene más dinero de la que aparenta.

Los otros comensales asintieron con aprobación, mientras Nancy comenzó a retirar los platos.

—Permiso. Voy a ayudar a servir el plato de fondo —dijo la dueña de casa, levantándose de la mesa.

—¿Y usted, señor Rodríguez, no es de aquí entonces ?

—No, soy de Puerto Montt. Estoy yendo y viniendo, y aquí me quedo siempre cuando estoy en Chonchi.

—Interesante su actividad. Le permite estar en constante movimiento y conocer gente —mencionó Fernando—. A mí me gustaría mucho algún día poder conocer esos lugares, y llegar con atención médica voluntaria.

—Es muy cierto —dijo la mujer, volviendo nuevamente a la mesa—, pero las cosas no las vamos a arreglar ahora, y en el intertanto se nos va a enfriar el estofado. Sirvámonos, por favor.

—Sí —instó el hombre más viejo, mientras bebía un sorbo de jugo de fruta.

—Mañana, como siempre, el desayuno estará servido en el comedor de diario de la cocina —le dijo ella al recién llegado, mientras todos disfrutaban la deliciosa cena.

—Muy sabrosa su comida, señora Emilia. He quedado muy satisfecho.

—Qué bueno que le guste, doctor. Le puedo asegurar que ninguno de nuestros huéspedes se ha quejado por la comida.

—Yo doy fe de eso —dijo Melgarejo, dirigiéndose a Fernando—. Aquí nadie queda con apetito.

Nancy retiró los platos y comenzó a servir el postre .

—¡Sémola con salsa de vino tinto! ¿A quién no le va a gustar? —exclamó Melgarejo.

—Mi postre preferido —declaró Rodríguez.

—A mí ya me sale hasta por las orejas —rezongó el anciano profesor.

Todos sonrieron, menos la dueña de casa.

—Viejo, ¿cómo dices eso? Con este postre te conquisté.

—Yo no soy muy asiduo a postres lácteos, pero la verdad es que estaba muy delicioso —intervino Fernando.

—Usted es todo un caballero —le respondió la señora Emilia al joven médico.

La cena había concluido y todos decidieron retirarse a sus habitaciones.

Tras el aseo nocturno, Fernando se puso el pijama, se metió en la cama y programó la alarma del celular. Mientras la oscuridad de la noche caía sobre sus ojos, sus oídos se entregaron al dulce y monótono canto de los grillos.