El Archipiélago Mágico Capítulo I
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Capítulo I

El traslado

Tras la tediosa espera había llegado la hora de embarcar por la puerta número veinticinco del aeropuerto de Santiago de Chile.

Fernando Gutiérrez Lozada, médico titulado escasos siete meses, había decidido iniciar su vida laboral en un lugar tranquilo y apartado del centro neurálgico del país, el mayor de cuatro hermanos, criado en el seno de una tradicional familia acomodada del barrio alto de la ciudad.

Fernando avanzó hacia la fila de embarque con ese paso tranquilo que tenía, el que su madre siempre llamó de caballero.

La mujer que estaba adelante volvió su rostro, y la sonrisa que él le devolvió —franca, sin esfuerzo— hizo que el niño en su regazo extendiera los brazos hacia él como si lo conociera de toda la vida.

El pequeño, de unos dos años y cabello dorado como el de su madre, iba en brazos de una mujer madura que lucía su contorneada figura con un vaporoso vestido blanco.

La mujer le sonrió con espontaneidad .

—Curiosamente le has caído en gracia a Fernandito. No te ha quitado la mirada.

—Fernandito… —repitió él, sonriendo—. ¿Como su padre, entonces?

Antes de que ella pudiera responder, la funcionaria de la línea aérea se dirigió a la mujer:

—¿Viajan juntos?

—No —dijo ella—. Voy sola con el niño.

—Adelante, buen viaje.

La miró alejarse, junto al pequeño.

Fernando pensó en el padre del niño, en el reencuentro que les esperaba al llegar. Ese tipo de vida —una familia, una casa, el ruido de un hijo— había sido el plan con Cecilia. Hasta que todo se derrumbó de golpe.

—Su tarjeta de embarque, señor —le interrumpió la azafata.

Ya despabilado, le entregó la documentación requerida.

—¡Que tenga un buen viaje!

Mientras caminaba por la manga de embarque pensó que jamás podría decirle a Cecilia la razón real. Que había sido su propio padre quien le pidió alejarse .

El ensordecedor rugido de las turbinas comenzó a elevar al avión. Le hubiera encantado haber podido conversar más con ella y su pequeño hijo, pensó, mientras observaba las luces de emergencia y escuchaba el zumbido de la cabina.

Solo quería extirpar de su mente los dolorosos pensamientos para siempre.

Era inevitable; la historia ya estaba escrita. Dos familias unidas por la exitosa empresa liderada por ambos patriarcas. La amistad de las dos parejas se inició en las aulas de la escuela de arquitectura, y se fue fortaleciendo con el esfuerzo laboral y más tarde con la familia y los hijos.

Los adultos compartían tertulias de economía, política o trabajo, mientras que los pequeños jugaban todos juntos. Los respectivos mayores, Cecilia y Fernando, creaban inseparablemente sus propios códigos.

Ese día de acalorada discusión y recriminación mutua finalizó en un abrazo interminable y en el mutuo compromiso de estar unidos para siempre. ¡Qué maravilloso resultaba para los amantes la cotidianidad de compartir como hermanos, estudiar la misma carrera, socializar en familia !

Qué día más fatídico aquel en que descubrió la verdad. No la traición en sí —eso lo hubiera podido perdonar con el tiempo. Lo que no tuvo cómo perdonar fue lo que esa traición significaba: que Cecilia y él llevaban la misma sangre. Su hermana. Su legítima hermana.

No tuvo la fuerza para hacer frente a tal situación, lo que hizo que huyera de Santiago con el corazón destrozado, y sin valor para enfrentar a Cecilia. Sus ojos ya no volvieron a contemplarla.

El vuelo llegó a su fin. El rechinar de los neumáticos del avión sobre la losa del aeropuerto del Tepual de Puerto Montt avizoraba la sequedad del pavimento. El calor húmedo del bosque sureño le daba la bienvenida en una tarde de sol otoñal.

En el aeropuerto lo esperaba un funcionario para trasladarlo vía terrestre a su nuevo destino.

—¡Doctor Gutiérrez! Mucho gusto, soy José Basualto, el conductor del centro médico de Chonchi.

—Buenas tardes, don José, el placer es mío.

—¿Así que usted es de Santiago? ¿Y conoce la isla?

—Sí, he venido de paseo con la familia cuando era pequeño, pero tengo escasos recuerdos .

José Basualto, cuarenta y cinco años de edad, de contextura gruesa, ojos muy vivaces, un gran bigote sobre gruesos labios, afable y sencillo. Con más de veinte años de servicio público.

Condujeron hacia la localidad de Pargua, donde el continente se interrumpe para dar paso al canal de Chacao.

Una vez llegados al lugar, procedieron a embarcar en la enorme nave y, ya en su interior, Basualto invitó al recién llegado a realizar la travesía en cubierta, la cual ya se iniciaba.

—Desde aquí puede apreciar nuestra nevada cordillera de Los Andes y distinguir varios volcanes. ¿Qué le parece el paisaje?

—Muy bonito, estando despejado y sin lluvia como hoy.

—Basualto, ¿qué opinión tiene usted, respecto a que los habitantes aquí son bastante supersticiosos? —consultó el capitalino.

—¡Puchas! Ahí sí que me pone en aprietos.

—¿Y por qué? —Fernando lo miró con interés a los ojos.

—Lo que pasa, doctor, es que aquí hay mucha gente que cree en la medicina natural, en las yerbas y en el mal de ojo. También se comenta que existen brujos y una sociedad secreta que maneja todas las cosas al interior de la isla .

—La verdad, yo soy escéptico. Quizás se deba a mi formación académica.

—Pienso que debiera estar atento, y tener muy abierta su mente, ya que aquí suceden cosas extrañas. Se dará cuenta usted mismo.

Después de una tranquila travesía, Fernando observó cómo la embarcación se aproximaba al embarcadero de Chacao.

Mientras sentía la fresca brisa en su rostro, comenzó el movimiento de personas hacia sus respectivos vehículos.

Entonces extrajo de su bolsillo el teléfono y comenzó a sacar fotos para eternizar el momento.

Ya en la camioneta, emprendieron el viaje al interior de la isla.

Dejaron atrás velozmente la antigua iglesia de Chacao, y la caprichosa y típica arquitectura chilota comenzó a abrirse ante los ojos del joven.

A cada instante la camioneta devoraba camino.

Cruzaron el puente sobre el río Pudeto y, a la derecha, la ciudad de Ancud se dejó ver; en la ribera sur, se divisó el muelle de los pescadores artesanales y sus variopintas embarcaciones.

Caseríos y localidades quedaron atrás, y como una postal los palafitos reflejándose en las aguas, anunciaron la llegada a la ciudad de Castro. La plaza y su centenaria iglesia de dos torres, orgullo y obra de los famosos carpinteros chilotes, saludaron al recién llegado.

—¿Sabía usted que esta iglesia tiene ya sus buenos años y la ciudad de Castro fue fundada en mil quinientos sesenta y siete? ¿Qué le parece? Tiene más años que cualquier ciudad de Chile.

El joven, mientras observaba por la ventana, escuchaba atentamente a su interlocutor.

La veloz camioneta ya había dejado atrás la ciudad de Castro; fue entonces cuando comenzó a asimilar la gran distancia que lo separaba de su raíz.

El corazón se le aceleró y la emoción lo embargó.

Hacia el lado derecho, observó una vetusta casa de desteñido color; a lo lejos, vio acercándose el campanario de la iglesia local.

Al cabo de un par de minutos ya estaba en la localidad de Chonchi.

—Doctor Gutiérrez, bienvenido a su nuevo destino. Hemos llegado.