El árbol de los sueños (Amber Farrell 6) Capítulo 73
97%

Capítulo 73

DOLOR.

Kaothos se estrelló contra mi cuerpo como un tren descarriado.

Tullah, enlazada a través del eukori, estaba completamente inconsciente.

Mejor. Así evitaba alguno de los peores aspectos del traslado de espíritus guía entre anfitriones.

—Deja de masticar carbón y ponte con ello, estúpido lagarto.

Mi voz todavía pertenecía a alguien que había abusado durante toda su vida del tabaco y el alcohol.

« Hay mucho tráfico » dijo Kaothos. « Lo siento, Amber Farrell. Lo siento mucho… »

Aunque parezca increíble, el dolor se duplicó.

Grité. La conmoción me hizo saltar.

Uno de los Adeptos de Weaver vino hacia mí, blandiendo una delgada barra de hierro. Evité que me partiera la cabeza con un rápido movimiento. Pero recibí el golpe en el muslo. El dolor no era nada en comparación con lo que estaba sintiendo por parte de Kaothos.

« ¡Y yooo! »

—¡¿TARA?! —grité con todas mis fuerzas.

« He vuelto, estoy con Hana. Ya estás tardando en golpear a ese capullo. »

El Adepto había puesto todo su peso detrás de la barra.

Había perdido el equilibrio y era incapaz de salir de mi camino.

Años de entrenamiento, que culminaron con las palizas regulares que Yelena me infligía en el gimnasio, tomaron el control.

Golpeé sin pensar. Le rompí la mandíbula. Luego el codo. Luego la rodilla.

« ¡Oh, qué desagradable! »

Las vacaciones con Tullah no habían mejorado la gracia de Tara, pero la violencia hizo que la siguiente oleada de atacantes se lo pensara dos veces.

No los estaba mirando. Estaba mirando a Weaver.

Ese cabrón tenía el mando de los collares que llevábamos Tullah y yo.

Pero no lo estaba utilizando. Había empezado otro conjuro.

—¿Kaothos? —llamé.

Nada.

El dragón tenía mucho trabajo por delante para revivir a Tullah.

Sentí que el hechizo que había estado protegiendo la habitación estaba cambiando. Era como si hubiéramos resbalado y girado hacia las profundidades. Se me erizó la piel. Toda la habitación era ahora una materialización. Estábamos a la deriva en el mundo espiritual.

Oh, mierda.

Levanté la barra de hierro que tenía en la mano. Todavía seguía atada al suelo, pero la barra me serviría como lanza para matar a Weaver. Luego sólo me quedaría el cuchillo escondido en mi bota para luchar contra unos cincuenta Adeptos.

No tuve tiempo de lanzar la barra antes de que todos los Adeptos se derrumbaran.

¿Qué?

¿Algo que había hecho Kaothos?

No, espera, no te muevas.

Tara habló detrás de mí.

La ignoré y me giré.

Había un lobo de pie detrás de mí. No un lobo normal, ni siquiera un hombre lobo. Un lobo que sacaba fuego por la boca. Una boca que mordía la cadena que me retenía, cuya saliva goteó y formó charcos de humo en el suelo de hormigón. Un lobo cuyo pelaje parecía estar en llamas.

—¿Hana?

« Tara-Hana. Ambas. Una. No hay tiempo. Weaver va a volcar la energía de todo el aquelarre en esa cosa. Intentará hacer lo mismo con Tullah y Kaothos. »

La cadena se rompió. Me giré.

Weaver se había fusionado con el árbol de las almas corrompido y se había convertido en un auténtico monstruo.

Sus piernas y brazos habían sido absorbidos por una masa achaparrada.

Sólo quedaba su rostro, estirado a lo largo de la estructura resplandeciente e hinchado hasta quedar irreconocible.

En los bancos, los Adeptos de Denver inconscientes se deslizaban hacia el suelo y eran succionados por la masa creciente, uno por uno.

Con cada uno, el volumen del árbol de las almas se hinchaba y se estiraba como una membrana de goma fina.

Aparecían rostros en la membrana, con la boca abierta, gritando de horror en silencio, y luego estallaban, transformándose en serpientes retorcidas y con colmillos.

En cuestión de segundos, todo el cuerpo era una masa de serpientes, gris cadáver y reluciente. La baba goteaba de la estructura y una niebla aceitosa comenzó a arrastrarse por el suelo.

La boca deformada de Weaver se abrió mientras el árbol de las almas avanzaba hacia el cuerpo de Tullah, pero lo único que salió fue un humo apestoso.

Las serpientes se extendieron hacia nosotros.

¿Llegaba demasiado tarde? La Hécate ya estaba agazapada sobre Tullah.

La serpiente más cercana se estiró.

Una hoja brilló en la mano de la Hécate. La serpiente se replegó bruscamente, con baba brotando de un corte. El grito de la serpiente fue como una sierra oxidada cortando carne.

Llegué al lado de la Hécate con el cuchillo de mi bota en una mano y la barra de hierro en la otra. Justo a tiempo. Golpeé a una serpiente. Apuñalé a otra.

El lobo de fuego completaba el trío de defensores, mirando en todas direcciones.

Teníamos que hacerlo porque las serpientes estaban creciendo.

La construcción era un corazón obsceno que latía, y con cada latido, las serpientes se extendían por la sala, y nos rodeaban con sus bocas abiertas y los colmillos como punzones de hielo.

Todas ellas emitían ese chillido espantoso.

Corté, apuñalé y golpeé.

—¿Un hechizo, Hécate? —conseguí decir.

—Luchar y lanzar hechizos… al mismo tiempo… es complicado —se quejó.

Las serpientes entendieron rápidamente que debían mantenerse alejadas de Tara. No podía mirar a mi alrededor, pero el hedor de la carne de serpiente chamuscándose era tan repugnante como alentador. Se podía destruir a esas criaturas.

Por supuesto, mantenerse alejadas de Tara significaba que se concentraban en mí y en Gwen.

Ninguna de las dos teníamos armas lo suficientemente largas como para matarlas fácilmente.

Si hubiera tenido más espacio para maniobrar, la barra habría sido peligrosa.

Si tuviera una espada, todavía mejor. De hecho, si tuviera una ametralladora que funcionara aquí abajo…

« Si, si, si… »

Un colmillo me arañó el brazo y la herida chisporroteó.

« Ácido. Mierda, espero que no puedan escupir como las cobras. »

La Hécate maldijo, sonó muy escandinavo.

¿Ash?

Lo intenté de nuevo.

¿ASH?

Nada. La materialización había roto mi enlace con el árbol de las almas.

No tenía reservas de poder para poder escapar. Al igual que la Hécate, sólo podía luchar contra la siguiente serpiente.

Y estábamos perdiendo. Las serpientes seguían creciendo.

—Vigila, arriba —dije.

De ahí venían ahora. Había demasiados ángulos. Eso era lo que acabaría matándonos.

—¡Retenlas, Amber! —gritó la Hécate—. Da igual lo que hagas, mantenlas lejos de Tullah.

Sentí su espalda apretada contra la mía y luego ya no la sentí. Se estaba deslizando, estaba cayendo.

—¡Gwen!

No hubo respuesta.

Ni siquiera tenía tiempo de mirar.

Pasé por encima de su cuerpo, intentando protegerlas a las dos.

Tara aulló una advertencia.

Me atacaron desde arriba al mismo tiempo que otras serpientes se abalanzaban desde abajo.

Tres de ellas me mordieron. El brazo. La pierna.

Aparté a una que iba a por Hécate. Otra atacaba a Tullah.

Apuñalé a esa con demasiada fuerza. La serpiente se echó hacia atrás con mi cuchillo clavado en el ojo.

No tuve tiempo de coger el cuchillo de Gwen.

Agarré la barra con ambas manos. Al menos así tenía más espacio para un golpe completo. No demasiado, o perdería el equilibrio.

Golpeé.

El satisfactorio crujido del cráneo de una serpiente al romperse.

Tras el dolor de las mordeduras, mis heridas se estaban entumeciendo. No sentía la pierna derecha. Mi mano izquierda se estaba debilitando.

Volví a golpear, pero el peso de las serpientes contra la barra me venció y caí de rodillas.

Aplasté el cráneo de otra que se abalanzaba sobre Gwen.

Eran demasiadas.

Me esforcé por levantarme y colocarme sobre Tullah y Gwen. No podía caerme, o todo habría terminado.

Las serpientes se cernían sobre mí, recelosas de la barra, pero se agolpaban con tanta densidad que apenas podía ver el techo del crisol.

Y entonces, todas a la vez, se abalanzaron sobre mí.

Una rueda de fuego estalló ante mis ojos.

Los gritos se redoblaron. No podía pensar con todo ese ruido.

Mi mano encontró el cuchillo de Gwen. Apuñalé la cabeza de una serpiente.

Había media docena de cabezas de serpiente tiradas en el suelo delante de mí, retorciéndose.

Decapitadas.

No por una rueda de fuego, por una espada. Una espada ardiendo. Una espada de dos metros con llamas que saltaban más lejos cuanto más rápido se movía.

Una espada blandida por una mujer de dos metros de altura vestida con cota de malla y cuero.

Parpadeé.

¿Alucinaciones por el veneno de las mordeduras de serpiente?

La mujer gritaba, y gritaba incluso más fuerte que las serpientes, mientras volvía a blandir la espada.

Seguía habiendo demasiadas. Llenaban la habitación y se abalanzaban sobre nosotras desde todos los ángulos, de repente desesperadas, sin prestar atención al daño que les infligíamos.

Se abalanzaron sobre Tara.

Se enroscaron alrededor de los brazos de la mujer alta.

La espalda de la mujer se arqueó, se abombó. Le brotaron unas alas. No eran suaves ni emplumadas, sino afiladas. No eran realmente alas, a menos que se consideren las cuchillas metálicas como plumas.

Las alas cortaron las cabezas de las serpientes, intentaron cubrirnos a mí, a Tara y a Tullah, pero la presión de las serpientes era demasiado fuerte. Las alas no podían liberarse.

Estábamos a punto de desaparecer bajo la oleada de ataques.

Como era la menos amenazante de sus oponentes, las serpientes me habían dejado en paz por un segundo.

Cambié el agarre de la barra de hierro, me eché hacia atrás y luego la lancé con todas mis fuerzas.

Directamente hacia la parte del árbol de las almas en la que aparecía el rostro de Weaver. Le dio en el ojo y atravesó de un golpe el tembloroso cuerpo.

Pero eso no acabó con el árbol de las almas.

La mujer alada se retorció y sus alas letales cortaron a más serpientes, pero no iba a ser suficiente.

Todo el árbol de las almas se elevó sobre nosotros y empezó a tambalearse. Iba a arrollarnos y yo sabía que, una vez dentro de esa masa, estaríamos perdidas.

La cara de Weaver estaba sobre mí, con la barra saliendo de su ojo.

Alcé la mano y la agarré. Eso hizo que la masa se detuviera, pero entonces su carne comenzó a fluir por la varilla como grasa derretida.

« ¡ASH! »

Casi como si fuera parte de mí, pude sentir algo atravesar el hechizo que rodeaba el foso. Rompió la materialización.

Y extendí la mano. Encontré a Ash. Tiré.

El extremo de la barra comenzó a brillar. Podía verlo dentro del monstruo. Podía ver las llamas consumiéndolo desde dentro hacia fuera. Empujé la barra, la moví en círculos, tratando de golpear algo vital con su extremo incandescente.

Demasiado tarde. Me había agarrado las manos. Se me entumecieron.

Tara saltó, mordió y desgarró.

La mujer alada liberó su espada.

La carne líquida del monstruo me resbalaba por los brazos.

Volví a caer de rodillas, luchando contra un peso aplastante.

No podía respirar. No veía nada.

La habitación estaba llena.

Movimientos.

Ruidos.

Visiones de la pálida carne cadavérica de las serpientes... y las escamas verdes y relucientes del dragón.

—¿Kaothos?

Ella no respondió.

La aglomeración se disipó.

Me caí.

Los gritos habían cesado. Se oyó un golpe sordo, un impacto, como si un tren chocara contra un muro.

Entonces todo el movimiento se detuvo.

No había nada que aislara la habitación del resto del mundo.

Ningún hechizo aislante.

Ningún árbol de las almas monstruoso.

No había sonido.

No estaba Weaver.

No había Adeptos.

Ni serpientes.

Ninguna mujer de dos metros.

Ni Tullah.

Ni lobo de fuego.

Sí Kaothos.

Sólo yo, arrodillada junto al cuerpo de Gwen, y en algún lugar lejano, mi Casa, Ops 4-10 y las manadas de hombres lobo abriéndose paso hacia la mina y masacrando a los defensores.

Un último susurro de comprensión de Kaothos flotó en mi mente, y toda esa locura finalmente empezó a tener un extraño sentido para mí. Incluso la Hécate y el ángel alado con la espada en llamas.