Capítulo 74
Gwen yacía en el lugar donde había caído, encorvada como un abrigo abandonado. Tenía la cara pegada al suelo.
Me arrodillé y le toqué suavemente el hombro.
—Lo siento —dije—. ¿Te puedo dar la mano?
Su cara estaba contraída por la rabia.
—No puedo hacer nada contra eso, ¿verdad? —dijo.
Me tomé su mordaz comentario como un « sí » .
—¿Hay algo que deba tener en cuenta para ayudarte a levantar?
—No.
La levanté del foso y la senté en el escalón donde había estado la primera fila de Adeptos. A pesar de su negativa, me aseguré de sujetarle bien el cuello mientras la movía. Estiré sus piernas y crucé sus manos en su pecho. Luego le arreglé el abrigo hasta que quedó limpio y sin arrugas.
Las heridas que tenía en la cabeza estaban sangrando.
Se las lamí para limpiarlas. Mis aniatrópicos la ayudarían a sanar más rápido, al igual que podría haber hecho ella misma si tuviera a su guía espiritual.
—También hay un poco de antídoto contra el veneno de las serpientes —dije.
Ignoró lo que le decía y miró al techo. Sin su guía espiritual, sus ojos se habían vuelto de color avellana.
Su cabello había recuperado su forma ondulada y su tono castaño natural, y enmarcaba su rostro enfadado.
Ahora más enfadada porque en cierta forma se sentía avergonzada, como hi hubiera sido menospreciada. No quería mirarme a los ojos.
—Lo sabías —dijo. Era una afirmación.
—Sospechaba algo. —Levanté la mano para arreglarle el pelo, pero me detuve—. ¿Puedo?
Su mandíbula se movió. Entonces asintió una vez, un ligero movimiento con la barbilla.
Mis dedos recorrieron su pelo fino y ondulado, y lo peinaron un poco.
—Cada vez que te alejabas de tu espíritu guía —dije—, tu pelo y tus ojos cambiaban.
—Eso no es lo que…
—No, claro que no. Sólo me hizo darme cuenta de tus cambios.
En realidad, fue tu lenguaje corporal lo que me lo dejó muy claro.
No te mueves inquieta cuando estás así, en absoluto.
No hay tics, ni muecas ni espasmos. Y luego recordé y me di cuenta que tu espíritu guía sólo te abandonaba cuando estabas sentada de manera segura.
Me hizo cuestionarme cosas. Todo parecía tener sentido cuando tu espíritu guía se unió a la batalla, después de que te derrumbaras.
—¿Puede volver? —Gwen tragó saliva y sus ojos brillaron. Seguía mirando al techo—. Por favor.
—Tranquila, no hace falta que lo pidas. Tu espíritu guía volverá. Debí habértelo dicho enseguida. Creo que Kaothos está teniendo una sesión para reforzar vínculos y ordenar ideas con todos ellos, incluido el mío.
—Gracias —murmuró.
—No puedo seguir llamándola tu espíritu guía. ¿Cómo se llama el ángel con la espada en llamas?
—Bryn —dijo Gwen—. El diminutivo de Brynswere.
—Y ella es…
—Una valquiria, sí.
Valquiria. Alguien me dijo algo hace poco sobre luces y formas y nombres. ¿O fue un sueño? ¿Era « valquiria » un nombre tan preciso como « vampiro » ? Una especie de conceptos mezclados entre mito y superstición, un conjunto de vagas conjeturas sobre una verdad.
En cualquier caso, no era un guía espiritual clásico.
—Un dragón y una valquiria. Eso son dos guías espirituales… diferentes, y se han unido.
—Tres guías diferentes. ¿O se te ha olvidado tu lobo de fuego?
—Tienes razón. Pero no estoy preocupada por Tara —dije—. En cuanto a Bryn… no estamos en una situación como la de Santa Georgina y el dragón, ¿verdad? Me refiero a que ha ayudado a Kaothos. Ella protege a Tullah.
—Bry nunca haría daño a Kaothos o Tullah. Ella cree que su papel es proteger y aconsejar al dragón. Ella piensa que lo que salió mal con los espíritus guías dragones antes… es que no tenían a nadie que los protegiera de un mal uso.
—Un ángel guardián —dije, y fruncí el ceño. Había tenido otro sueño sobre eso, ¿verdad? Algo sobre un pasillo y una conversación sobre ángeles de la guarda.
Extraño.
En voz alta, dije:
—Creo que a Kaothos le podría gustar eso. Podría necesitarlo. Alguien con quien poder hablar sobre cosas de espíritus guía y decisiones difíciles. Sé que mis consejos no han sido de mucha ayuda. Le he traído a Kaothos más problemas que soluciones.
—No lo has hecho y, además, lo has hecho lo mejor que has podido —dijo Gwen, y volvió a mover la mandíbula—. Bryn te tiene en gran estima.
—Mmm… no quiero meterme donde no me llaman, pero ¿por qué no te cura?
—¡No!
—Si ella no quiere, yo podría sanarte. —Me incliné sobre ella. Mis glándulas Athanate estaban funcionando y podía sentir el gusto de los aniatrópicos. Mostré mis colmillos.
Si hubiera podido, todo su cuerpo se habría tensado; sólo había que ver la expresión de terror que reflejaba su rostro.
Escondí mis colmillos rápidamente.
No parecía ser el tipo de persona que tuviera fobia a los colmillos, pero nunca se sabe.
—Estoy segura de que puedo reparar el daño nervioso. Y si yo no puedo, Bian podrá. —Le retiré el pelo de la garganta—. ¡Qué pelo tan bonito! El daño está cerca de la parte superior de la columna, ¿verdad?
—Sí. —La palabra pareció haber escapado de sus labios.
—¿Ese « sí » significa que puedo repararlo?
—¡No! No me muerdas, por favor. Sí, el daño es en la parte superior de la columna vertebral. Y sí, posiblemente puedas repararlo. Pero no, no quiero que lo hagas. Es parte de lo que me da mi poder.
—A ver si lo he entendido bien. Sin Bryn, ¿no tienes sensibilidad ni control de tu cuerpo por debajo del cuello, y tienes que quedarte así para que tu magia funcione?
—Sí. —Sus labios eran una fina línea, apretados con fuerza.
—Un sacrificio —murmuré. También había algo sobre eso en el extraño sueño del pasillo—. Un equilibrio en tu mente, para que puedas utilizar tu poder sin caer en la tentación de hacer un mal uso de él.
—Algo así.
Algo que le parecía bien a ella, y que de hecho servía al objetivo, pero no tenía por qué ser lo correcto ni la única solución.
Me guardé esa opinión para mí.
—Bueno, no voy a sanarte en contra de tus deseos —dije—. Pero tendré una larga conversación con Bryn.
Un escalofrío mágico recorrió la piel de mis brazos, pero no era el retorno de Bryn. Era mi lobo de fuego.
—¡Tara!
« ¡Amber! »
Entonces el lobo de fuego brilló y se convirtió en humana, casi una imagen mía en el espejo, pero completamente vestida y sin todo este barro. Siempre había imaginado que mi hermana gemela se parecía a mí, pero seguiría siendo otra persona, no sólo mi imagen reflejada en el espejo.
Me abrazó y un dolor muy muy antiguo se alivió en lo más profundo de mi ser.
Gwen interrumpió nuestras lágrimas.
—Con una ya era suficiente —dijo, y dejó escapar una risa.
Tara le sacó la lengua.
—Bryn llegará pronto —dijo—. Mientras tanto, quédate aquí quietecita como una niña buena.
Intentaba formular alguna preguntar, pero Tara ya las había anticipado.
—Estamos juntas, Hana y yo. Algo ocurrió cuando me trasladé a Tullah; lo que, por cierto, no teníamos ninguna intención de hacer ni pensábamos que podía ocurrir.
Nos despertamos allí, y nos habíamos fusionado.
No sólo fusionadas, sino que nos adaptamos al espacio que había dejado Kaothos.
No éramos tan fuertes, pero adquirimos algunas de las habilidades del dragón con el fuego.
Volvió a transformarse en loba, corrió alrededor del foso circular y sacó llamas por la boca.
Luego saltó hacia Gwen. Se transformó en pleno vuelo y aterrizó como humana, cerniéndose sobre la Hécate con su peso apoyado en los brazos y la cara a sólo unos centímetros de la de Gwen.
Gwen parpadeó.
—Felicidades —dijo Tara.
—¿Qué quieres decir?
—Has conseguido lo que querías; Bryn y tú sois las mejores amigas de Kaothos. Seréis las protectoras y consejeras del dragón.
—¿Y por qué tengo la sensación de que hay algo más?
—Porque eres tan paranoica como Amber. —Tara puso los ojos en blanco—. Ah, sí, y eres parte de la Casa de Amber y tendrás que establecer un nuevo aquelarre en Denver, con Gabrielle, Alice, Flint y Kane, claro. Y Amber tendrá que estar en tu aquelarre, al igual que tú estarás en su Casa.
—¿Qué? —preguntó Gwen con los ojos desorbitados.
—¡Oye! ¿Qué ha pasado con los Adeptos de Denver?
—Oh, es complicado. Kaothos os lo explicará.
Desapareció, y sentí el peso de su presencia en mi cabeza; algo que había echado mucho de menos.
« Te he echado de menos, hermanita. Te he echado mucho, mucho de menos. »
Otro escalofrío mágico y una valquiria de dos metros se plantó en el centro del foso. Tenía la cabeza inclinada y la espada en la mano izquierda. La larga espada ya no estaba ardiendo, pero la mujer seguía irradiando una energía aterradora.
—¡Bryn! —llamó Gwen.
Me puse de pie. Incluso desde el primer escalón del foso, no podía llegar a la altura de sus ojos cuando nos miraba.
Ojos azules helados. Cabello como el hielo. Una reluciente armadura de malla que iba desde su garganta a las rodillas y sobre sus brazos. Una túnica azul debajo, pantalones y botas de piel. Casco dorado con alas. Pero sin alas brotando de su espalda.
Sujetó la espada contra su pecho, mientras esta brillaba y cambiaba de forma. Cuando dejó de brillar, la espada había desaparecido y había sido sustituida por una imagen en la cota de malla. Se sentó en el escalón más bajo y colocó una mano en el hombro de Gwen.
Volví a sentarme.
—Gracias, Amber Farrell, por proteger a Gwendolyn —dijo.
—Gracias a ti también. Nos has salvado.
—Creo que debo compartir esos honores con vosotras y con tu lobo de fuego. — Acercó su mano a mi cara, y luego se detuvo—. ¿Puedo?
No tenía ni idea de qué se suponía que tenía que permitir, pero confiaba en este loco espíritu guía, y en sus dos metros de altura, así que asentí.
Sus dedos helados se deslizaron bajo el borde del collar, tiró suavemente y entonces pude sentir el frescor alrededor de mi cuello.
Alcé las manos. No tenía el collar. Estaba colgado de sus dedos. Lo había cortado.
—Genial —dije, y me estremecí.
Sí, genial. Y también aterrador.
Ella movió los hombros como si quisiera ponerse más cómoda, y le brotaron unas alas de la espalda.
Me quedé sin aliento. Eran preciosas. Y letales. No había tenido mucho tiempo para examinarlas antes, cuando estaba a punto de morir, así que aproveché la oportunidad ahora.
Las hojas no tenían mango, ni se veía claramente cómo se unían.
Cada hoja era delgada, de forma ligeramente ovalada y parecía afilada como una navaja.
Eran brillantes, y cada una encajaba en la siguiente como lo haría una pluma.
No conseguía decidir de qué color eran. Eran como el interior de una concha marina recubierta de nácar.
Brillantes. ¿Rosas? ¿Violetas? Iridiscentes.
Parecían cambiar de color según el ángulo desde el que las mirara.
Bryn presionó el collar contra el borde del ala derecha y lo deslizó hacia arriba con la mano. El collar desapareció y aparecieron unas hojas nuevas y relucientes.
El ala se estremeció como si se estuviera asentando en su sitio, y ella la extendió y contrajo para comprobar que las cuchillas se deslizaban suavemente unas contra otras.
Hice una suposición:
—¿Son todas armas? —Con cuidado, acerqué los dedos para tocar las cuchillas, en tensión y preparada para echarme hacia atrás si eso era algún tipo de ofensa.
—Sí —dijo—. Colecciono armas de batallas, normalmente de los muertos.
No iba a contarlas todas, pero eso era un montón de batallas o un montón de muertos. No era sólo que el mundo paranormal fuera más extraño de lo que la gente pensaba, incluso la gente paranormal, sino que también era más grande.
No pareció ofenderse porque le tocase el ala, y la sensación era agradable.
Las cuchillas hormigueaban bajo mis dedos.
Eran duras y se sentían como si de alguna forma estuvieran vivas.
Eran cálidas y muy suaves. El tipo de superficie que me apetecía acariciar sólo por el placer de deslizar los dedos sobre ella.
—Es alucinante —dije.
Las comisuras de esos ojos azules se arrugaron. Era evidente que Bryn se estaba divirtiendo.
—¿Qué?
—No tienes porqué saberlo, pero acariciar las cuchillas de las alas de una valquiria es muy sensual; una declaración de deseo.
Detrás de nosotras, Gwen se aclaró la garganta.
—Si ya has acabado de seducir a mi guía espiritual, me gustaría levantarme —dijo.
—¿Acabado? —dije—. Casi no he empezado, pero adelante.
El pequeño demonio que solía vivir en mi garganta y decir cosas inapropiadas parecía haber vuelto con Tara. Menuda sorpresa.
Bryn sonrió perezosamente mientras sus ojos azules me miraban de arriba abajo.
Dobló sus alas con un chasquido y luego desapareció.
Gwen se sentó y recuperó su elegante aspecto.
—Me estaba empezando a aburrir. Sólo podía mirar tu nariz o al techo —dijo mientras se colocaba sus guantes—. No sé si te has dado cuenta, pero necesitas una ducha. Y una camiseta.