Capítulo 71
—No ha sido tan malo, ¿verdad?
No lo fue, pero no se lo iba a decir. El impacto del árbol del alma era una versión más potente del hechizo de Weaver con el que me había atacado en el club y después en su casa. Era como la electricidad estática; más descarga que dolor.
El efecto era el mismo.
Weaver había vuelto a su arma favorita: un hechizo que atacaba mi mente.
Excepto que esta vez estaba preparada, aunque no me hubiera dado cuenta.
Con una especie de fascinación enfermiza, descubrí que podía visualizar lo que estaba haciendo y cómo lo estaba logrando, como un resplandor psicodélico que intentaba colarse en mi cabeza, una extraña réplica del viaje de peyote de Kane.
Era fascinante.
No sólo no era exactamente lo que Weaver creía que era, sino que descubrí que tenía defensas contra ello.
Era una baza secreta que tenía entre mis manos. Quizá me diera ventaja, pero aún no veía cómo.
Una última persona entró en la sala por la puerta de agua que había detrás de mí. No era nadie del aquelarre de Denver. Sentí una oleada de miedo recorrer las filas de Adeptos sentados y supe quién era.
Gwendolyn Enkeliekki, líder de los Adeptos de Míchigan y Ontario, y Hécate de la Liga de Adeptos del Norte, se movía con paso firme alrededor del perímetro elevado del foso como un jaguar.
Era tal y como la había visto la primera vez. Cabello como el hielo. Ojos como neón azul eléctrico. Vestida con una gabardina de cuero negro y guantes finos.
Weaver parecía ser el único que no le tenía miedo.
Un par de Adeptos a la derecha de Weaver se apartaron apresuradamente y ella se sentó en el espacio que habían dejado libre. Se quitó los guantes finos, con movimientos lánguidos y precisos, con la mirada fija en Celum.
—Tienes un trabajo que hacer, Celum —dijo— y no tiene nada que ver con tu pervertida afición a la tortura. Consiste en proteger la mina.
—No hay ninguna amenaza—dijo él.
—Ah, ¿no? Varios grupos de tropas fuertemente armadas, incluidos antiguos miembros de las fuerzas especiales amigos de nuestra prisionera, están encima nuestro mientras tú estás aquí desperdiciando tu tiempo.
—¿Y qué? ¡No pueden encontrar la entrada!
—Su equipo incluye explosivos perfectamente capaces de arrancar seis metros de tierra si los colocan correctamente y podrían colapsar las minas alrededor de la nuestra si no estuvieran bien colocados.
Coge a tu manada de lobos marginados y convence a los visitantes para que se retiren hasta que tengamos el dragón.
Celum enderezó los hombros e intentó intimidar a la Hécate con la mirada.
—No puedes darme órdenes —dijo.
La Hécate no contestó. Sólo le miró y la temperatura de la habitación se desplomó. Incluso la obscena figura del árbol de las almas pareció encogerse.
—Vete —dijo Weaver inmediatamente—. Pero dame el mando de los collares, primero.
Celum se acercó con paso firma y se lo dio de mala gana.
No le gustaba la Hécate y no le gustaba Weaver. Me preguntaba si había alguien que le gustase.
—Harrison. —Weaver llamó a uno de los Adeptos que estaba detrás de mí—. Ve con él y ejecuta la materialización del túnel. Deja que Celum y sus lobos se acerquen a las tropas que están en la puerta por la parte trasera.
No podía hacer nada para evitarlo, pero si Annie estuviera aquí, nunca la pillarían con la guardia baja de esa manera. Si Annie no estaba… Intenté recordar quién estaba a cargo del equipo Mike.
Además de todo eso, la Hécate estaba mintiendo, excepto si Annie no me hubiera informado de las armas que llevaban las tropas de Ops 4-10.
Pero no dejé que mi cara me delatara. Parecía que nadie se atrevía a contradecir las afirmaciones de la Hécate sobre las cargas explosivas que llevaban las tropas.
Cuando Celum se fue, la temperatura de la habitación volvió a la normalidad.
—Llegas un poco pronto —dijo Weaver a la Hécate.
—Al contrario, llego justo a tiempo —contestó—. Teníamos que enviar a Celum a hacer su trabajo y yo tenía que venir aquí para prepararme para abrir un puente hacia el dragón.
—Dijiste que sería mucho más fácil si podíamos utilizar a Farrell.
—Exacto. La mentora de Farrell es la anfitriona del dragón. Es mucho más fácil utilizar esa conexión para construir el puente que una entre el antiguo anfitrión y el guía espiritual. Habría sido incluso más fácil si hubiera traído a Diana con ella hasta Vernal, pero no ha sido así.
—Entonces, ¿la antigua anfitriona es prescindible? —preguntó uno de los Adeptos.
—No —contestó la Hécate—. Sigue siendo el cebo y el dragón será susceptible a su dolor.
—Hablando de eso… —Weaver pasó el dedo por un botón del mando y Tullah se estremeció. Intentó quedarse quieta, pero por mucho autocontrol que tuviera no pudo evitar que sus manos se dirigieran hacia el collar.
Me incliné hacia delante, pero la cadena que me ataba estaba muy tensa. Intenté gritar que se detuviera, pero el collar me estaba ahogando y mi voz sólo era un susurro casi inaudible.
Me ignoraron.
—Ve poco a poco. —La Hécate sacó una mano y tocó el brazo de Weaver—.
No sirve de nada dejarla inconsciente. El momento adecuado es crucial.
Abriré el puente cuando la resistencia de Farrell llegue a su punto crítico.
Tu conjunto espiritual —continuó mientras señalaba a la audiencia con la mano— debe estar listo para entonces.
En ese momento exacto, la antigua anfitriona debe estar sufriendo un dolor insoportable, pero no inconsciente.
Si falla algo de eso, tendremos grandes problemas.
—Todo va según lo planeado —dijo Weaver—.
El conjunto llegará al máximo poder en… —Miró su reloj—.
Siete minutos y cuarenta segundos exactos.
El dolor de Tullah irá aumentado poco a poco durante ese tiempo.
La capacidad de Farrell para resistirse a mis órdenes habrá sido destruida mucho antes.
Casi no ha podido recuperarse de mi anterior hechizo y este es mucho más potente. Hará exactamente lo que le digamos.
O la Hécate era una bruja diabólica y pervertida que disfrutaba asegurándose de que yo sabía lo que iba a sucederme o Gabrielle tenía razón y estaba intentando proporcionarme información con la esperanza de que pudiera hacer algo.
Si yo no podía hacer nada, ¿qué haría ella?
¿Sabotearlo?
Skylur nos había transmitido el mensaje de los Adeptos de Nueva York. Decían que el dragón era tan importante que la Hécate Gwendolyn Enkeliekki haría cualquier cosa para asegurar su protección.
Un escalofrío me recorrió el cuerpo. Me di cuenta de que « cualquier cosa » incluiría morir. Yo, Tullah, todos los demás, incluida la mismísima Hécate.
Mis fosas nasales se dilataron y capté los sutiles aromas de la habitación. La Hécate no había mentido completamente. Había explosivos que nos amenazaban. Los tenía ella.
Seguían hablando. Era una conversación privada, en voz baja.
Parecía que Weaver se había olvidado de mi oído híbrido.
Y era bastante bueno para escuchar que la aportación de la Hécate había sido clave.
Ninguno de los demás Adeptos tenía el poder necesario para llegar hasta Denver y romper el escudo que rodeaba la mazmorra.
En teoría, el conjunto podría hacerlo, pero era complicado intentarlo: canalizar el dolor de Tullah para atraer a Kaothos y luego traer al dragón de vuelta aquí y capturarlo dentro del conjunto.
—Estoy segura de que llegarás a desarrollar paseos espirituales tan lejanos —dijo la Hécate—. Se trata principalmente de sobrepasar tus propias creencias limitantes.
Weaver pensó que le estaba halagando.
Pero me estaba hablando a mí y me daba una visión general de su plan.
Traer a Kaothos aquí antes de que el conjunto estuviera preparado para atraparla. Y dejar inconsciente a Tullah para que no pudiera distraer a Kaothos. Evidentemente, tenía que desobedecer las órdenes de Weaver.
¿Cómo podría hacer eso?
La Hécate me había dicho que tenía que superar mis creencias limitantes acerca de no poder hacer un paseo espiritual hasta Denver.
La Hécate tenía que saber lo que me estaban provocando los hechizos de Weaver. Sí, intentaba desmontar mi capacidad de resistir a sus órdenes. Buena suerte con eso. Pero no era un golpe muy preciso. Era tan sutil como una granada; dañaba las inhibiciones y aumentaba la sugestión.
Su anterior intento había provocado todo tipo de cosas de las que probablemente él no tenía ni idea.
Probablemente anticipó la reducción de las inhibiciones sexuales. Pero no sabía nada de Ash y que, independientemente de todo lo que hubiera hecho, su hechizo había facilitado mi conexión con Ash.
Y yo había hecho un paseo espiritual hasta Irlanda.
Si podía hacer eso, estaba más que segura de que podía hacer un paseo espiritual hasta Denver.
Todo lo que necesitaba era una base desde la que lanzarme. Estar encadenada al suelo en una habitación que estaba mágicamente aislada del resto del mundo no era esa base.
Pero tenía otras habilidades que Weaver desconocía. Mi herencia cárpata Athanate. Podía conectar mi eukori con otros paranormales y aprovechar parte de su poder.
El primer paso era salir de este escudo mágico.
El segundo sería conectar con mi Casa en el exterior.
El tercer paso sería viajar espiritualmente hasta Denver.
Para ello, necesitaría aprovechar el poder de Ash. Tenía que abrirme de verdad y dejar que ese poder entrase. No me importaba si eso era bueno o malo. Por lo que a mí respectaba en ese momento, podría succionarme el alma.
Ese era mi plan. Conseguir a Kaothos y el dragón acabaría con Weaver.
Pero todo tenía que salir bien, o nada saldría bien.
Impulsado por mi desesperación, mi eukori cárpato sondeó las barreras que se habían levantado en la mente de Tullah y logró establecer una chispa de conexión. Le pedí con toda mi voluntad que me mirara a los ojos, sin importar cuánto dolor estuviera sintiendo.
Podía sentir ese dolor. El collar le estaba infligiendo descargas eléctricas. Conectada a través del eukori, las compartí y su brutalidad me hizo jadear.