El árbol de los sueños (Amber Farrell 6) Capítulo 70
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Capítulo 70

—Esto es lo que vamos a hacer —dijo Weaver mientras yo me sentaba en el suelo, acariciando el cuerpo inerte de Tullah.

—Llamas a tu mentora en Denver y la convences para que venga aquí.

Tan fácil como eso. Nadie resultará más herido de lo necesario.

Tullah y tú podréis volver y continuar con vuestras vidas.

Sé que los Athanate y los licántropos os estáis volviendo histéricos con eso de que la humanidad descubra la existencia del mundo paranormal, pero podéis dejar de preocuparos. Yo me ocuparé de eso, con el dragón.

Por encima del foso en el que estábamos Tullah y yo, había unos amplios escalones que lo rodeaban por completo, como un anfiteatro. Habían empezado a instalar asientos, pero no estaba terminado. Las herramientas y las barras de hierro de soporte estaban apiladas a un lado.

Weaver rodeó el primer escalón hasta situarse frente a la puerta por la que habíamos entrado, y luego se sentó, con la lámpara a sus pies.

La luz que le iluminaba desde abajo no le favorecía. Le hacía parecer demoníaco, pero probablemente él estaba muy por encima de ese tipo de consideraciones insignificantes.

—No tengo prejuicios contra la humanidad o las razas paranormales —dijo—.

Todos podemos vivir juntos. La vida mejorará mucho para todos.

Bueno, para casi todos. Hará falta una dirección firme, por supuesto, eso es un hecho.

De todos modos, con mis directrices, los países podrán continuar gobernándose a sí mismos, sin guerras, sin abusar de sus populaciones, paranormal o de otro tipo.

Se rio y movió la cabeza.

—Puede que me convierta en el único gobernante universalmente querido de la historia.

No al principio, claro, pero cuando los beneficios sean evidentes para los billones de marginados, los desfavorecidos, los pobres y los oprimidos del mundo.

El tipo de personas cuyas vidas no significan nada para Matlal, y mucho menos para el Imperio del Cielo.

Casi no lo estaba escuchando. Me había convencido con « una dirección firme » . En el sentido negativo de la palabra.

Estaba intentando introducirme suavemente en la mente de Tullah con mi eukori, pero había barreras que nunca había encontrado antes.

Fuera lo que fuera lo que Weaver hubiera intentado, parecía que Tullah había levantado una barrera que lo había detenido.

Y no había forma de que ella accediera a entregarle a Kaothos, incluso si llamaba a Diana.

No me parecía que Weaver tuviera forma alguna de conseguirlo sin que Kaothos lo aplastara como a un insecto.

Sí, había ganado poder, pero ¿era más fuerte que Diana?

¿Lo suficientemente fuerte como para obligar a Kaothos?

No.

Otros iban entrando a través de la puerta del agua que tenía detrás. Daban la vuelta al círculo y tomaban asiento en silencio, convirtiéndonos en el inquietante centro de todas las miradas. Cada uno de ellos aumentaba la presión que sentía en el estómago. Se me erizó la piel.

—Altau tenía una buena idea, pero le faltaba algo. —Weaver frunció sus labios, pensativo—. El ímpetu, la determinación de llevarlo a cabo.

Weaver no era consciente de la ironía de esa afirmación. Él tenía, ¿qué, cincuenta años? Skylur había velado por los Athanate durante miles de años sin descanso, haciendo innombrables sacrificios en una única misión destinada a garantizar su supervivencia.

Al servicio de esa misión, podía ser una de las personas más frías y despiadadas que había conocido nunca.

Pero aún y así, le faltaba la crueldad y la capacidad de matar a millones, que sería el primer resultado del reinado de Weaver.

—Lo que es peor, Altau carece de competencia en su organización.

¡Miraros a vosotras dos! Una Adepta descerebrada y desleal que se negó a admitir que albergaba al dragón y que luego lo perdió.

No ante un Adepto más fuerte, algo que habría ocurrido con el tiempo, pero ante un Athanate.

—Hizo una ligera pausa—. Y como amiga, ¿le ofreciste algún consejo?

¿La llevaste ante Skylur? ¿Sugeriste alguna opción sensata?

No. Caminaste a tientas por la oscuridad, volviéndote loca por tu naturaleza híbrida, hasta que provocaste la confrontación durante la cual el dragón se fue de manera impredecible.

Me estaba cansando de esto, pero al tipo le encantaba el sonido de su voz. Supongo que estaba condenada a escucharle hasta que llegase el resto del aquelarre.

No era el aquelarre de Denver. Eran los mismos cuerpos, pero yo conocía a algunos de ellos, del tiempo en que la madre de Tullah había sido la líder del aquelarre.

Tullah me había explicado historias sobre cuidar de sus hijos durante las vacaciones en un camping en las Rocosas, fiestas y barbacoas.

Se quejaba de sus estrictas reglas sobre no utilizar la magia.

Estas no eran las mismas personas. No podían ser.

Parecían… ausentes.

Hipnotizadas.

El peso en el estómago seguía creciendo. En un momento crítico, se formó una sombra, una distorsión visual detrás de Weaver.

Se me ocurrió que cada miembro del aquelarre formaba parte de esa cosa.

Lo que, en términos de Adeptos, significaba que esa cosa también formaba parte de ellos.

¿Qué me había dicho Diana sobre los Adeptos de Taos? « El pescado se pudre por la cabeza. »

El bloqueo de Diana había atado a la comunidad de Taos al mal que podría haber comenzado en su líder. Para los Adeptos de Taos, ese bloqueo se había convertido en su árbol del alma.

Lo que veía detrás de Weaver era el árbol del alma del aquelarre de Denver.

El mal, que había encontrado un punto de apoyo a través de Weaver, se había propagado por la que había sido la más benévola de las comunidades de Adeptos. De ahí era de donde había obtenido su poder extra.

Volví a sentir náuseas.

—Debería haber sido mío desde el principio —dijo Weaver mientras se inclinada hacia adelante para darle más énfasis—. Todo esto podría haberse evitado. Me estaba destinado.

Se echó hacia atrás y, bajo la luz amarilla de la lámpara, la sombra parecía posarse en sus hombros, como si lo poseyera.

Se me erizaron los pelos de la nuca.

Un árbol de almas podía ser algo más que un concepto pasivo e inanimado; un espacio compartido para el aura.

Yo lo sabía bien; Ash no era inanimado.

También había ocurrido aquí. En lugar de ser una especie de repositorio central que reagrupe sus ideales y aspiraciones, un recurso común, el árbol de las almas de la comunidad de Denver se había transformado en el agente de su corrupción.

La comunidad de Adeptos de Taos. Y luego Denver.

« Una vez puede ser casualidad. Dos, no. » Podía oír la voz de mi antiguo instructor de Ops 4-10, Ben-Haim, como si estuviera sentado a mi lado.

Matlal estaba detrás de eso. Había manipulado a la comunidad de Denver, tal y como había hecho con la comunidad de Taos. No sabía cómo, pero sabía que era él.

Me había olvidado de Celum, hasta que se arrodilló a mi lado y me susurró al oído. Su voz era suave como la de una serpiente.

—Estoy deseando que rechaces su oferta —dijo—. Así podré jugar contigo. Y si piensas que esto es malo, luego te voy a entregar a una vieja amiga tuya. Seguro que recuerdas a Mirela Tucek. Cuando empiece contigo, desearás haberte quedado conmigo.

Recordaba a Tucek. Se llamaba a sí misma Madre Tucek y dirigía un « convento » en Taos, lleno de monjas cárpatas. Había matado por diversión delante de mí, y ella fue la responsable de la fuga de Matlal.

Era la conexión entre Matlal y lo que había ocurrido a los Adeptos de Taos.

¿Y aquí en Denver? Volví a aspirar profundamente el aroma de Celum. El Paso, sin lugar a dudas. ¿Detrás de eso? No podía estar segura, pero había coincidencias. Obviamente, Celum conocía a Matlal, a través de Tucek, y él era una conexión con el desafío de los Alfas de El Paso y con Weaver.

—¿Sabes que se han vuelto todos aztecas allá en Yucatán? Cuando hayamos terminado de divertirnos contigo, voy a quedarme a mirar cómo Mirela te abre en dos y te saca el corazón del pecho.

Se me revolvió el estómago. Su voz se había vuelto ronca. De hecho, se estaba excitando al pensar en eso.

También hablaba más fuerte.

—Ya es suficiente, Celum —dijo Weaver—. No creo que vayamos a hacer eso. Salvo en caso de estricta necesidad, toda esa fascinación con el dolor y el terror es malsana. No hay motivo para eso. Y tampoco no tendré ninguna obligación de hacer feliz a Matlal, cuando tenga el dragón.

Celum no dijo nada.

No iba a contaminar mi eukori por mirar en su mente, pero no hacía falta. Celum odiaba a Weaver y lo mataría si tuviera la más mínima oportunidad.

Más miembros del aquelarre, al menos los que habían sobrevivido a la toma de poder de Weaver, habían llegado y estaban sentados en sus asientos.

La sombra detrás de Weaver había crecido con cada nueva adición.

Era oscura y espesa como un fuego de petróleo.

Para mis sentidos paranormales, apestaba.

Y estaba creciendo, más que la simple suma de cada miembro.

—¿Estás de acuerdo en llamar a tu mentora? —me preguntó Weaver.

Negué con la cabeza.

Suspiró.

—Entonces tendremos que volver al plan de atraer al dragón hasta aquí y provocar un cambio de anfitrión.

Por desgracia, se necesita una gran coacción, tanto para el señuelo como para el cambio de anfitrión.

En pocas palabras, dolor para el anfitrión y dolor para el dragón.

Un gran dolor insoportable. ¿Estás segura de que no quieres reconsiderar tu posición?

—No. —Tullah se movió un poco y respiró con dificultad mientras la sostenía contra mí—. Mátame. No dejes que esa criatura atrape a Kaothos.

El plan de Weaver se reveló en ese momento.

Weaver no quería desplazar su propio espíritu guía para acoger a Kaothos. Había manipulado el árbol de las almas de Denver con el objetivo de capturar al dragón. A eso se refería Tullah con « criatura » : la abominación en la que se había convertido el árbol de las almas.

No entendía los mecanismos ni si funcionaría. Weaver estaba convencido de que sí. Weaver pensaba que Kaothos se quedaría atrapado en el árbol de las almas y que él controlaría el árbol de las almas.

Negué de nuevo con la cabeza en respuesta a Weaver. De todos modos, no tenía ningún sentido llamar a Diana. No importa lo que yo le dijera, no caería en la trampa.

Weaver se encogió de hombros.

La serpiente se deslizó por el escalón y cruzó el suelo lentamente. La forma de moverse no tenía nada que ver con una restricción de movimiento: estaba disfrutando de nuestro miedo.

—Mátame —dijo Tullah, alejándose de ella, pero en ese momento Celum me arrancó la chaqueta de Weaver y añadió una cadena a mi collar. Me tiró hacia atrás para que no pudiera llegar a ella y luego sujetó la cadena a un aro.

—No podemos dejar que mates a nuestra pequeña estrella —dijo—. No hasta que no hayamos terminado.

Se alejó rápidamente de mí, mientras se acercaba la sombra de la serpiente.

Ignoró a Tullah.

Pero se alzó y se abalanzó sobre mí.