El árbol de los sueños (Amber Farrell 6) Capítulo 62
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Capítulo 62

—Podemos hacerlo. —Gabrielle estaba tan emocionada que había dejado todo lo demás de lado.

—Bien. ¿Necesitaremos tiempo para recuperarnos luego?

—Danos una hora más o menos antes de intentarlo otra vez.

—Perfecto, tendremos más que eso.

No tenía ningún sentido lanzar el hechizo desde el mismo lugar una segunda vez. Si funcionaba, nos íbamos a desplazar una cierta distancia antes de intentarlo de nuevo.

Bian les había dejado un enorme mapa de los Estados Unidos. Miré a la frontera entre Colorado y Utah, y volví a tener dudas. Era un terreno enorme para esconderse, si se había detenido allí. Nada nos indicaba que no hubiera seguido moviéndose.

Me guardé esa reflexión para mí.

—¿Y qué hay de la seguridad? —pregunté.

—De hecho, esto será muy parecido a un paseo espiritual. Seremos casi invisibles en el mundo espiritual. Creo que esto es mejor que la materialización que Gwen había previsto.

Levanté las cejas. Me gustaba la confianza, pero la Hécate era la jefa de la Liga por alguna razón. ¿Había algo en este método que mi grupo no hubiera remarcado? Y no me gustaba eso de « casi invisibles » .

Hacía frío. Gabrielle había decidido no utilizar la misma habitación que habíamos usado para el paseo espiritual a Erie. Estábamos en la azotea de Haven, bajo el cielo claro, en mitad de la noche. Tan lejos de la polución lumínica de Denver, las estrellas brillaban mucho.

Aparte del escenario, Gabrielle me dijo que la preparación sería la misma que para el paseo espiritual. De ninguna manera íbamos a tomar peyote. Supongo que iba a echar de menos la parte divertida de cabalgar sobre un coyote a través de las Rocosas, pero lo cambiaría por un viaje más seguro.

Gabrielle estaba murmurando sobre tener algo de Tullah para concentrarnos.

—Estamos buscando a mi hermana gemela —dije—. Confía en mí, te lo explicaré luego. No necesito nada. Vamos.

—Ah, vale.

Despejaron el área en el centro de la azotea. El mapa estaba en un lado, sujetado con una decoración que hacía de pisapapeles y una caja que Alice había traído. Nos sentamos con las piernas cruzadas en una alfombra que habían encontrado.

Volaremos en la alfombra mágica, ¿eh? Tampoco dije eso en voz alta.

Kane había encontrado un auténtico tambor en la mansión, y estaba tamborileando con los dedos distraídamente. Parecía que también tenía ganas de empezar.

Gabrielle se sentó detrás de mí. Tenía un cepillo y empezó a pasarlo por mi pelo.

—¿En serio esto forma parte del proceso? —Estaba impaciente.

—Parece que te relajó cuando hicimos el paseo espiritual —dijo—. ¿Te parece bien?

—Está bien —dije, pero sentí que la había puesto nerviosa.

Intenté contener mi impaciencia.

El tamborileo de Kane cambió a un ritmo pausado y constante.

Flint empezó a tararear.

Alice sacó las partes de una flauta de la caja y las montó. Sopló algunas notas a modo de ensayo.

Un sonido dulce, pero ya tenía ganas de empezar y no paraba de moverme.

Gabrielle y Alice debían de haber intercambiado alguna mirada. Alice cogió una tela aterciopelada de la caja de la flauta y caminó hasta sentarse a mi lado.

Me vendó los ojos con la tela.

—¡Qué perversión! —dijo Gabrielle.

Me reí.

—Eso es porque no has dado un paseo espiritual desde una sauna sudorosa con dos hombres atractivos y desnudos a tu lado.

Se rio. Flint y Kane también, con una ligera burla en sus risas.

Oh, sí. Posiblemente nunca más volveríamos a utilizar peyote para nuestros paseos espirituales, pero seguro que encontrarán una excusa para volver a utilizar una cabaña de sudación.

Me parecía bien. Aunque no hubiera sucedido nada físico, como buen Athanate, me alimentaba de emociones y la lujuria era una buena emoción.

Alice resopló y volvió a su flauta.

Era más buena de lo que habría imaginado, tocaba unas melodías improvisadas que yo creía reconocer y las entrelazaba hábilmente con el ritmo de Flint y Kane.

Sin haberlo pensado, me estiré sobre Gabrielle y ella empezó a acariciar mi rostro suavemente, como había hecho la última vez. De nuevo, habría jurado que me estaba pintando la cara.

¡Conocía la canción que Alice estaba tocando! La forma en que subía y bajaba, como un pájaro en pleno vuelo.

Ahora era el viento quien me acariciaba la cara, el viento y la música, eran uno sólo.

— Gira. — Oí un susurro — . Gira completamente .

Yo era un pájaro, un halcón rojo surcando las corrientes de aire. Esto no era como la locura de paseo espiritual en el que le arrebaté el control a Gabrielle, o cuando Flint y yo cabalgamos sobre un coyote loco hasta el corazón de una tormenta en la montaña.

« Esto era mejor. Éramos un buen equipo. »

Tampoco hubo ninguna transición. No hubo sensaciones extrañas como muros raros y transparentes que podíamos atravesar. Estábamos todos juntos, todos éramos un halcón que volaba en la noche. Era lo más natural del mundo levantar un ala y girar en el cielo.

Y por el otro lado.

Volvimos, girando sin esfuerzo. Era precioso.

Podía ver Haven a los lejos. Las luces de la ciudad de Evergreen. El norte dorado. La oscura masa del monte Evans al oeste. Denver al este, iluminando la noche.

— Hermana gemela — dijo el susurro — . Hermana gemela.

Tenía que llegar a través de mí. Yo era quien conocía a Tara. Yo sola no tenía el poder para comunicarme a través del mundo espiritual, pero podía sentir que los demás encajaban a mi alrededor como las piezas de un puzle. Alice, Flint, Kane, Gabrielle. Ellos aportaban la energía.

Dimos vueltas en círculos, más y más alto, como una melodía que intenta encontrar la nota perfecta que hace que todo tenga sentido.

Era demasiado. El aire demasiado denso. El cielo estaba vacío. Nos paramos, caímos, pero Flint me agarró. La melodía en espiral de Alice me tiró hacia atrás y me elevó de nuevo.

Y otra vez.

Era el tercer intento cuando escuché un sonido de respuesta. El círculo de mi vuelo se había ampliado. Estaba más alto que antes. Los primeros indicios de cansancio del resto del equipo se sumaron a los susurros en mi mente.

El sonido desapareció antes de que pudiera aferrarme a él. No era más que una respiración, el sueño de una palabra, se fue tan rápido como había llegado. Un fantasma que se desvaneció en cuanto lo miré.

« Aquí. »

Dimos vueltas.

« No lo intentes. Concéntrate en estar. Mantente abierta. Escucha. »

Los susurros de Gabrielle se difuminaron en el recuerdo de uno de los aprendizajes de artes marciales de mi sensei.

« No pienses. Actúa. ¡Aquí! »

No sabía dónde era « aquí » .

« No importa. Otra vuelta. »

Luché por elevarme, por completar el círculo, hasta el lugar donde lo había escuchado.

— ¡Tara! — llamé

— Silencio — respondió Gabrielle enseguida — . No la llames.

Estamos perdiendo altura. Perdiendo concentración.

« ¿Aquí? »

Esta vez no estaba segura. Ahora estaba mirando, mirando, y todo se desintegró y desapareció como la niebla.

« Atrás. Atrás. Atrás. Abajo. »

Estaba en el tejado de Haven. Estaba tumbada contra Gabrielle con los brazos extendidos y los pulmones buscando aire.

—¡No! —dije, sentándome de golpe—. La tenía. ¡Podía oírla! ¡Tenemos que volver!

Los brazos de Gabrielle me sujetaban.

—Está bien, tranquila —dijo.

—Lo has hecho bien —dijo Alice—. Ha sido suficiente para la primera vez. Tenemos una dirección.

—Pero, dónde…

Flint ya estaba inclinado sobre el mapa. Kane me ayudó a levantarme. Era bien pasada la medianoche. Los dos parecían cansados. Todos parecían cansados. Habían diseñado un hechizo que le había llevado mucho trabajo, pero que me había permitido volar libre como un pájaro, como dicen por ahí.

Flint cogió un lápiz y dibujó una línea recta en el mapa. Iba hacia el oeste, pero también al norte. Desde Evergreen cerca de Denver hasta el condado de Moffat en la esquina noroeste de Colorado.

Y más allá.

Monumento Nacional de los Dinosaurios.

Parque Nacional de Ashley.

Y más allá. Fuera de los límites de la manada de Denver.

Obviamente, pasaba justo por el centro de Salt Lake City.

« Mierda » .