El árbol de los sueños (Amber Farrell 6) Capítulo 56
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Capítulo 56

La intervención de Kane se había centrado en las habilidades. Nuestra contribución era la fuerza bruta y la resistencia.

El pequeño lago era el más alto de la cadena. Teníamos que encontrar el camino hasta el más bajo a través de la nieve blanda y polvorienta que nos llegaba hasta el pecho.

No podíamos atravesarla porque cuanto más la pisábamos, más se compactaba hasta convertirse en una pared sólida. Teníamos dos opciones: apartar la nieve a cada paso o apisonarla para caminar sobre ella.

Las botas de nieve habrían sido una buena idea. No teníamos.

La situación empeoró cuando por fin llegamos al segundo lago. La nieve menos profunda estaba en el centro del lago, pero podíamos sentir cómo el hielo crujía bajo la nieve. Estábamos obligadas a caminar por el borde.

Cada paso era una lucha. Descubrimos que la mejor manera de avanzar era sacar un pie de la nieve, dar una patada hacia delante y hacia abajo, apisonar un poco de nieve hasta que aguantara nuestro peso y luego cambiar al otro pie. Cada paso.

Era agotador, incluso para un Athanate.

Flint se había unido a nosotras y nos turnábamos para ir delante.

En algún lugar cerca del final del segundo lago, que desembocaba en un arroyo que se unía al tercero, nos detuvimos a descansar.

Desde allí, podíamos ver el tercer lago y el arroyo más lejos.

No se veía ningún movimiento en el bulto que yo creía que era el molino.

¿Significaba eso que Tullah no estaba allí?

¿Qué habría hecho yo si me estuviera escondiendo en el molino y hubiera oído un helicóptero?

Yo habría salido, pero eso no significaba que Tullah lo hiciera.

Mis ojos de lobo no detectaban ningún indicio de calor. Yelena tenía un visor infrarrojo en su MP5 y estaba buscando lo mismo, sin mejor suerte.

—¿Estás segura, jefa? —dijo.

—¿Segura? No, pero podría tener algún tipo de hechizo que escondiera el calor.

A pesar de mis palabras, estaba empezando a pensar que habíamos venido hasta aquí para encontrar un fantasma.

—Iré delante un poco —dijo Flint, y empezó a abrirse paso.

A medio paso, se paró y levantó la cabeza.

Escuché. Excepto por el viento, nuestra respiración jadeante y el latir de nuestros corazones, no parecía haber nada más.

Algo no cuadraba.

Entonces lo sentí. Un escalofrío. El más leve toque de magia.

—¿La magia de Tullah se está filtrando? —pregunté.

Flint parecía preocupado.

—No, son muchos Adeptos, estructurados y trabajando en un hechizo complejo. No están lejos. Vamos, tenemos que darnos prisa.

Empezó a golpear la nieve que tenía delante y la apisonaba con desesperación para abrirse paso. Aquí era incluso más profunda que en el segundo lago. De nuevo, tuvimos que tomar una ruta curva para mantenernos alejados del débil hielo del centro.

—¿Puedes utilizar un conjuro para esto? —dije—. ¿Congelar la nieve para que podamos caminar por encima?

—Sí, pero si están buscando magia lo detectarán enseguida.

« Menuda pregunta más tonta. »

Tenía razón. El uso de la magia podría ser exactamente lo que estaban buscando.

Cuando llevábamos recorrido un tercio del lago, Yelena tomó el relevo y yo sólo soñaba con un lanzallamas.

Durante todo ese tiempo, la sensación de magia que me ponía la piel de gallina iba en aumento.

No estábamos a más de cien metros del molino, pero no podíamos avanzar más rápido.

Yelena encontró un tramo donde la nieve era menos profunda, al abrigo de la empinada ladera del valle. No era exactamente recto, pero se avanzaba más rápido, y a medida que subíamos, pude ver hacia abajo, donde creía que estaba el molino.

Allí seguía sin moverse nada.

Más allá del molino, a la derecha, tenía una vista clara hacia el norte hasta el escarpado acantilado, a unos ochocientos metros en línea recta.

El viento arreciaba y las nubes fluían como sedosas banderas blancas, sobre las altas crestas del acantilado y hacia nosotros. Era inquietantemente bello y aterrador al mismo tiempo.

Parecía canalizarse en el punto medio de la cordillera. Allí, la nube crecía más rápido. Se hinchaba y las serpentinas que desprendía no me recordaban tanto a estandartes como a brazos que se extendían.

Flint tropezó y se detuvo.

—Esa no es una nube normal —dijo—. Es el efecto físico de una materialización. Y se trata de una grande.

Yelena redobló sus esfuerzos, pero era como si nos moviéramos a cámara lenta mientras la nube de materialización se hinchaba y se desparramaba por el acantilado.

—Saben que estamos aquí —dijo Flint—. No tiene sentido seguir escondiéndose. Voy a utilizar un hechizo.

Tiró de Yelena hacia atrás y se arrodilló para hundir las manos en la nieve.

Se oyó un crujido, como si hubieran explotado petardos pequeños. La nieve que había en línea recta hacia el molino se redujo y se hundió, creando un camino que adquirió el brillo del hielo.

—Id —dijo Flint, todavía de rodillas.

Yelena saltó por encima de él y siguió el sendero.

Era de hielo, y lo primero que hizo fue caerse, ya que sus pies resbalaron.

De repente se percibió una señal de calor procedente del molino enterrado. Alguien estaba excavando para salir.

Seguí a Yelena, y me resbalé como ella.

La nube ya no se parecía en nada a una nube.

Era una masa arremolinada. Se formó una protuberancia oscura en la parte delantera y luego salió disparada hacia arriba.

Descendió en arco hacia nosotros, dejando una estela de nube a su paso como un cohete.

Cuando impactó a mi derecha, en lo alto del flanco del valle, la nieve explotó hacia afuera.

Por un momento pensé que era algún tipo de bomba de mortero mágica, pero cuando el viento comenzó a dispersar la nube de nieve, pude ver la silueta de un hombre, agachado y apuntando con algo a Yelena.

—¡Yelena! —grité—. ¡A tu derecha! ¡Un rifle!

Ella miró, perdió el equilibrio y resbaló.

Se oyó un chasquido seco.

No tenía ni idea de dónde había ido a parar la bala, pero mientras no hubiera alcanzado a Yelena, me parecía bien.

Me colgué la MP5 al hombro y apunté. Cuesta arriba, a sólo unos ochenta metros. Estaba demasiado cerca para molestarme en ajustar por el viento.

Se estaba moviendo... girando...

« Concéntrate. »

Apreté el gatillo.

Le di en la parte alta. Suficiente. Dio una vuelta y cayó de espaldas.

—¡A la izquierda! —gritó Yelena.

Señaló hacia el lado opuesto del valle. Allí había aparecido otro de los paracaidistas mágicos. Este era más listo: se escondía detrás de las rocas y me disparaba.

No teníamos cobertura, ni ningún lugar donde escondernos, excepto enterrarnos en la nieve.

Me mantuve firme y le apunté.

Tres disparos rápidos. No tenía suficiente campo de visión como para apuntarle, pero me acerqué bastante, como para que se agachara y desapareciera de mi vista.

Resbalé y me deslicé hacia abajo tras Yelena mientras él se escondía.

En los segundos en que había apartado la vista, esa cosa parecida a una nube se había acercado muchísimo. Parecía ocupar la mitad del cielo.

Lanzó a otro hombre con un rifle, de nuevo en el lado derecho del valle. No empezó a disparar de inmediato, pero en un momento nos veríamos atrapados en el fuego sin ningún tipo de cobertura.

—¡Uno cada una! —gritó Yelena, mientras disparaba su MP5 al de la izquierda.

Yo disparé hacia donde pensaba que el de la derecha asomaría la cabeza.

Flint llegó, arrastrándose por el suelo.

—¿Sabes disparar?

—Lo intenté una vez, no conseguí dar al granero —dijo.

Miré a la nube. Estaba demasiado cerca. En un minuto llegaría al molino.

No tenía otra opción.

Le confié la MP5.

—Apunta hacia arriba y dispara cada vez que se mueva algo —dije.

Empecé a correr tan rápido como podía por el sendero resbaladizo.

Si esa nube llegaba al molino con Tullah todavía dentro, la perdería.

Hubo un movimiento delante.

—¡Amber! ¡Amber, ayuda!

Era Tullah. Salió de la nieve como un nadador que se está ahogando.

El puente de hielo de Flint no había llegado hasta el final del camino, y no teníamos tiempo.

Me resbalé y caí.

Ella desapareció en la nieve. Alrededor del molino, la nieve era todavía más profunda.

Me levanté y corrí de nuevo.

Se oían disparos a mis espaldas. Una bala pasó silbando junto a mi cabeza. Otra.

« No había tiempo. »

La nube se cernió sobre el molino. Lo engulló.

Tullah se abrió paso a duras penas entre la nieve y llegó al sendero helado. Empezó a correr, moviendo las piernas con fuerza y agitando los brazos para mantener el equilibrio, con su melena negra ondeando como una bandera al viento.

La nube se arremolinó a nuestro alrededor. Ni siquiera podía ver el sendero helado que había a mis pies.

El sudor se me congeló en la frente.

—¡Amber!

No podía verla.

—¡Tullah! Sigue avanzando. ¡Estoy aquí! Sigue mi voz.

El interior de la nube picaba como el hielo en una ventisca. Había figuras que se movían en su interior. Sombras. Tropecé, resbalé, me levanté.

—¡Tullah! —grité.

Nada. Más y más oscuro. Sin luz. Ningún sonido, ni siquiera el viento. Nada más que dolor.

Podía sentir la nube ahora, como una criatura. Sentir su fuerza. El sabor de muchas mentes, fusionadas en una gran máquina. Una máquina que avanzaba, aplastando imparable e indiferente.

Demasiado fuerte.

Weaver. Podía sentirlo en la niebla. Ataqué, pero no había nada que golpear, nada que atrapar.

El mundo se volvió pálido de nuevo, era un caos. Vi un destello de cielo, que se borró de inmediato. La niebla a mi alrededor resplandeció y parpadeó con relámpagos. La sensación de magia erizó mi piel.

Ya no era sólo una materialización.

¿Dos? ¿Tres?

Estaban luchando. Se enfrentaban y yo estaba atrapada en el centro.

¿Un rescate?

La materialización original, la de Weaver, era más fuerte, estaba mejor preparada, pero no quería luchar. Podía sentir los cambios en su interior, el sentimiento de retirada.

Un momento de vacilación.

Eso fue todo lo que necesitaron Flint y Kane para romper la materialización de la Hécate en Denver. Pero ellos sabían lo que hacían.

¿Qué podía hacer yo?

Mi fuerza era mi ira. Habla-con-Lobos me lo había dicho. Era todo lo que tenía.

« No pienses en el mundo físico. No ataques. Este no es lugar para la fuerza física del cuerpo, sino para la fuerza del propósito, del objetivo… »

La oscuridad se agitó en mi interior.

Ash.

Había derrotado a Matlal porque él había abierto un canal, una forma de llegar hasta mí con el eukori y fui capaz de dirigir mi ira a través de ese canal. Esas materializaciones… ¿funcionaban de la misma manera?

Percibí objetivos en la niebla revuelta que me rodeaba.

Un rayo estalló sobre mi cabeza. Capté una imagen abrasadora de todos nosotros, nadando en la niebla.

« Weaver. Tullah. Tara...

¡Tara! ¡Hana!

¡Gwen!

Un Adepto del Imperio del Cielo. Le reconocí de la Asamblea en Los Angeles.

Otro, envuelto en una piel ensangrentada, con una horrorosa máscara Azteca. De Matlal. »

Ya no podía parar el poder que sentía dentro de mí. Estaba a punto de explotar.

Lo único que podía hacer era contenerlo para alejarlo de Tullah, de Hana y Tara. Y de Gwen.

Grité mientras fluía a través de mí.

Los iluminó.

Los destrozó.

Una última explosión de dolor y salí disparada hacia atrás.

Estaba a treinta metros de altura, por encima de los lagos nevados de San Juan.

Tuve un momento para comprender que me habían derrotado completamente, antes que todas las materializaciones se desintegraran y huyeran, deslizándose como serpientes.

Se llevaban a Tullah, Tara y Hana.

Weaver las tenía.

Me habían traicionado, por partida doble. La Hécate no había llegado con la caballería para rescatarme. En ese último instante, mientras luchaba contra Weaver con el poder que no había querido utilizar, el poder que podría haber disuelto su materialización, ella le protegió.

Tullah estaba fuera de mi alcance, y Tara y Hana también se habían ido.

Y entonces caí, abajo, hacia las frías profundidades de la nieve polvorienta.