El árbol de los sueños (Amber Farrell 6) Capítulo 50
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Capítulo 50

—Entonces, lo único que necesitamos es una cabaña de sudar, al estilo de una sauna ceremonial, y una buena dosis de mescalina —dije después de que explicaran el ritual que un loco había escrito en lenguaje codificado. Un lenguaje que mis dos Adeptos alegaban entender, más o menos.

—Bueno, debe haber una sauna en algún lugar de esta casa. —Flint no se daba por vencido.

Bian resopló.

—Hay una justo al lado del gimnasio. —Nos estaba observando con el tipo de fascinación que la gente tiene cuando ve un coche deslizándose por una colina helada.

—Es de noche, está nevando y estamos a veinticinco kilómetros de Denver, y no tenemos peyote —dije—. Estamos a unos mil doscientos kilómetros al norte del desierto de Chihuahua, donde crece esa planta. Tardaremos…

—Puedo conseguirte algo de mescalina.

Me había olvidado completamente de Tove. Estaba de pie en el marco de la puerta, sin saber si debía entrar.

—Me llevará una hora o menos, en el centro —dijo tranquilamente.

Había bajado la cabeza y estaba absorta por las puntas de sus zapatos nuevos.

—¡Sí! —dijo Kane con aire triunfador.

—Espera.

Todo estaba mal, pero incluso así podía sentir cómo mi juramento se encendía en mi interior, al igual que el entusiasmo de Kane se atizó al oír a Tove.

Tal y como Bian me había recordado, tenía que hablar con Tove, y no había tiempo para posponerlo.

Necesitábamos privacidad. Recordé que había algunas sillas en la habitación del ascensor. Acompañé a Tove hasta allí y cerré la puerta detrás de nosotras.

—¿Estás segura? —le pregunté cuando nos sentamos—. No me refiero a si puedes hacerlo, más bien a si quieres hacerlo.

Afirmó con la cabeza, sin mirarme a los ojos.

—Se aprende —dijo, refiriéndose a su adicción—. Puedo detectar las señales. No me llevará más de un par de preguntas saber quién trafica con mescalina.

Levantó la vista y volvió a bajarla rápidamente.

—No quiero las drogas. —Pude ver cómo le temblaba la mandíbula durante unos segundos—. Quiero librarme de ellas. Pero parece que las necesitáis para esta locura.

—Una locura, tienes razón —suspiré—. Tendrás que llevar a alguien contigo y tienes que cambiarte de ropa. Ahora mismo estás preciosa.

Eso le hizo sonreír fugazmente; una sonrisa auténtica.

—Gracias —dijo tímidamente.

—Entonces, supongo que te estarás haciendo una idea de lo que realmente somos. ¿Sigues pensando que somos una secta sexual?

—¿Sois algo así como brujas? —dijo indecisa—. ¿Pero de verdad?

—Has acertado, al menos alguno de nosotros lo somos.

—Esa mujer aterradora que ha venido a la casa esta mañana, la llamaste Hécate. Sé que ella es una bruja. Quiero decir, sólo hay que mirarla. Hécate también es un nombre de bruja.

Sonreí, pero decidí no revelar la existencia de la Liga de Adeptos del Norte por el momento.

—Esto es real —dije—. Y tenemos que tomar una decisión sobre lo que quieres hacer. Unirte a nosotros es un gran compromiso.

Tove asintió. Su ritmo cardiaco se aceleraba y sus manos se empezaron a mover como mariposas nerviosas.

—¿Recuerdas lo que dije en el club? No te puedo decir exactamente lo que somos hasta que confíes completamente en mí, y me pidas ayuda en serio.

La ayudé a ponerse de pie y la abracé con cuidado, prestando atención a cualquier señal de reticencia por su parte.

—Consíguenos un poco de peyote. Te llevará más de una hora ir al centro y volver. Será suficiente para que pienses en eso una última vez. Si vuelves y aceptas, te explicaré lo que implica unirte a nosotros.

—Siempre lo estropeo todo —susurró—. ¿Qué pasa si me asusto en el último momento? ¿Qué pasa si voy al centro y veo cosas y quiero…

—Ya estoy convencida que no quieres las drogas, Tove.

Puedo aceptar el miedo. Cuando estaba en el ejército siempre me decían que si no tenía miedo era porque no había entendido lo peligroso que era.

—Me aparté de ella y esperé a que levantase la vista—.

Si no quieres unirte a nosotros, no pasa nada.

Te llevaremos de vuelta a casa de tus padres y lo que ha pasado aquí en Denver se desvanecerá como si fuera un sueño.

—¿Puedes hacer eso?

Asentí y ella se estremeció.

—¿Puede venir Rita conmigo? —preguntó—. No sé por qué, pero me siento segura con ella.

Sonreí.

—Estás segura con ella. Claro que puedes llevarte a Rita. También tendrá que cambiarse de ropa. Puedes aconsejarle qué ponerse para pasar desapercibida.

La llevé de vuelta a la sala principal, justo cuando Rita entraba.

—Los cachorros están haciendo algunos ejercicios nocturnos propuestos por Annie —dijo—. Scott está con ellos.

Le expliqué rápidamente que tenía que acompañar a Tove a comprar drogas.

El rostro de Rita no delató la más mínima duda sobre por qué de repente necesitaba mescalina, pero la comisura de sus labios se levantó ligeramente cuando le dije que tendría que vestir ropa andrajosa para hacerse pasar por una adicta.

Ambas salieron de la sala.

Intenté llamar a Jen, pero no me respondió. Tenía varios mensajes sin abrir.

Zane: Llámame.

No.

Mamá: Llama. Es Kath. Es urgente.

Cerré los ojos y me pasé una mano temblorosa por el pelo.

Ahora mismo, mi juramento estaba corriendo por mi Sangre: Tullah.

Tara. Hana. No importaba cuánto quisiera intentar volver a encarrilar las cosas con mi familia, ahora mismo no podía ir.

Haría todo lo que pudiera, cuando pudiera, pero no podía ir a Denver ahora.

Me necesitaban aquí cuando Tove volviera.

Ni siquiera podía llamar, porque entonces tendría que explicar por qué no podía ir.

Tenía que hacer algo.

Llamé a Manassah y le pregunté a David si podía ayudarme. De hecho, mamá lo había conocido hace tiempo y no sería tan aterrador como si Yelena llamase a la puerta. Ni era tan impaciente como ella.

Bian escuchó la conversación. Me estaba mirando con empatía, pero no dijo nada.

—Diana nos propone una cena en la mazmorra —dijo cuando terminé de hablar con David—. Muy recomendable. Ha cocinado su cordero griego al horno con pasta kritharaki . No te lo puedes perder. Así pasaremos el rato hasta que vuelva Tove.

Resoplé.

—No me atrevería a perdérmelo. De postre…

Bian levantó una ceja.

—¿Crees que también podrías invitar a Mykayla a la cena?

Se rio.

—¡Oh, claro! Así Mykayla verá cumplido su deseo esta noche. Al menos uno de ellos.

Intenté reírme también, pero se me hizo un nudo en el estómago al pensar en impregnar a Mykayla esta noche.

¿Qué pasa si sale mal?

Era un momento bastante malo, pero como mínimo Bian tendría una primera impregnación de la que informar mañana. Le mostraría a Diakon Flavia que estábamos avanzando. O le daría un motivo de por qué no avanzábamos. Mi corazón palpitó de nuevo y supongo que mis dudas salieron a la superficie.

—Todo irá bien —dijo Bian—. Diana y yo no dejaremos que salga mal. Deja que yo me preocupe por Flavia.

Esperaba que mi primera experiencia con la nueva Diakon de Skylur no fuera un auspicio de cómo de desarrollaría nuestra relación.

Ya había empezado con mal pie con el último, Naryn, y nunca conseguí reparar el daño.

Eso había complicado las cosas en momentos difíciles.

Prefería que no volviera a ocurrir, especialmente ahora.