Capítulo 48
—¿Qué ha pasado?
Hizo una mueca.
—Nada en concreto, de momento. Fue bien cuando Alex estaba aquí, pero los que se han quedado aquí son un puñado de adolescentes inmaduros.
Grandotes, con mala actitud sin nada que lo justifique.
Están sentados todo el día, esperando a que alguien les sirva.
Eso tiene que cambiar, antes de que haya un problema.
—Cambiará —le prometí, apretando los dientes—. Cuando llegue, dile a Rita que venga conmigo, por favor.
« Mi manada, mis cachorros. Sí, estaban a punto de conocer mi mal genio. »
Salimos de la habitación donde estaba escondido el ascensor y asomé la cabeza al salón. Scott estaba leyendo un libro.
—Scott, te vienes conmigo.
Tan obediente como siempre en su forma bípeda, se levantó y me siguió hasta el pasillo central de Haven y el corredor oeste.
—Este lugar es increíble —dijo, con su voz llena de entusiasmo—. En el salón hay libros de poesía escritos por poetas de los que nunca he escuchado hablar. Compañeros Athanate, supongo. Excelente poesía, es maravilloso.
—Por desgracia, hoy no estamos aquí para eso —dije secamente—. Se trata de la manada. No te metas hasta que yo te lo diga.
Podía escuchar a los cachorros desde el final del pasillo; había música fuerte y discusiones a gritos. Nadie se giró cuando abrí la puerta de la sala de billar y mi temperamento empezó a rozar la zona de peligro.
Había tres chicas y nueve chicos.
Dos de los chicos estaban en la mesa de billar, discutiendo sobre las normas y a punto de pelearse.
Los demás estaban sentados o estirados en la zona de los sofás, como si fueran ropa sucia. Todos estaban bebiendo cerveza.
La música sonaba por un altavoz. Crucé la sala y lo apagué.
Eso llamó su atención.
—¡Eh, me gusta esa canción! —El idiota que dijo eso ni siquiera se giró.
Uno de los otros se dio cuenta enseguida de quien era yo.
—Mierda. Es…
—Nada de música mientras estéis en Haven —dije—. Nada de cerveza. Y cuando yo entre en una habitación, os callaréis y os levantaréis inmediatamente.
Lo dije tranquilamente. No hacía falta gritar a los hombres lobo, aunque fueran un puñado de idiotas como estos de aquí.
Ya me había centrado en el problema principal. El tipo que se había quejado cuando apagué la música. Ni siquiera se había dado la vuelta todavía.
—No estamos en el ejército —dijo.
« Oh, chico, si hubiera un premio al más borde… »
En dos zancadas, llegué al sofá y le agarré por la parte de la atrás de su sudadera, que se rasgó cuando lo levanté como el cachorro tonto que era. Lo tiré al suelo.
—He dicho que os levantéis.
Todos se levantaron, el señor Borde fue el más rápido. Podía ver cómo la ira le quemaba por dentro y su cara se encendía como un tomate.
—Tienes razón —dije—. No estás en el ejército. Es peor que eso. Todavía no te has dado cuenta, pero estás en mi manada.
—El Alfa es Alex —dijo uno de los jugadores de billar que todavía sostenía su taco.
—Es señor Deauville cuando hables de él y Señor cuando esté presente.
—Dijo que lo llamáramos…
—No me importa lo que haya dicho. Él está en El Paso.
Yo estoy aquí. Vas a tener que tratar conmigo y creo que ha cometido un error con vosotros.
Estáis en la manada, pero todavía no sois miembros de la manada.
Sois una chusma indisciplinada sin nada que hacer y poco cerebro.
—Los miré con atención—. No sé si os quiero en mi manada.
Hubo miradas de los demás hacia el señor Borde.
Era el más dominante y había estado practicando con este grupo impresionable.
Los otros estaban esperando alguna indicación de cómo reaccionar.
Era el estereotipo de alfa: grande, guapo, lleno de músculo y atractivo sexual.
Seguro que estaba muy orgulloso de la opinión que tenía de sí mismo.
Lo había puesto en un aprieto y decidió que no podía echarse atrás. Me lanzó un puñetazo.
« Bien, ya me había cansado de hablar . »
Me eché hacia atrás, le agarré por la muñeca y dejé que el peso de su puñetazo me hiciera girar. Le estiré el brazo, le di un puñetazo en la parte posterior del codo y le hice la zancadilla. Se cayó boca abajo. Le retorcí el brazo y le clavé la bota en la axila.
—Duele, ¿verdad? —dije—. Pues no te puedes mover, o te dislocaré el hombro. Y eso duele todavía más…
Una de sus chicas vino hacia mí.
« No tenía tiempo para tonterías. »
Le disloqué el hombro al señor Borde y le di un puñetazo en la cara a su novia, que se cayó de espaldas.
Él gritaba de dolor. Ella posiblemente hubiera querido hacer lo mismo, pero no podía respirar, no cuando mi pierna aterrizó en su estómago.
Me levanté rápidamente. Estaba fuera de su alcance cuando la chica vomitó toda la cerveza por el suelo.
Los demás se quedaron donde estaban, paralizados por la sorpresa; excepto el jugador de billar, que dejó el taco a toda prisa.
Había sido más dura que el ejército, pero el proceso me resultaba tan cómodo como un viejo abrigo que no había llevado en mucho tiempo. Había tenido el mismo efecto con los cachorros que con los reclutas.
Siguiente fase. Dar órdenes.
—¿Quién de vosotros saber encajar un hombro?
Uno de los chicos más menudos hizo un movimiento confuso con la mano.
—¡Tú! ¡Y tú! —Le señalé a él y a la chica más cercana—. Colocadle bien el hombro.
Avanzaron como si los estuviera obligando, con la boca abierta, pero en silencio.
—No os oigo —dije.
—Sí —murmuraron.
— « Sí, señora » , para vosotros.
—Sí, señora.
—Mucho mejor. Vosotros dos. —Elegí a otros dos al azar—. Id a buscar los productos de limpieza y ordenad este desastre.
Salieron volando.
—Los demás, poneros contra la pared.
Dejé que mi dominación se desatara. Los buenos modales de los hombres lobo impedían utilizarla con los miembros de la manada, pero estos idiotas no merecían esa cortesía.
Mantuve la dominación mientras colocaban el hombro, limpiaban el estropicio y se colocaban todos contra la pared. El señor Borde se acunaba el brazo y, hombre lobo o no, ese dolor le iba a durar un buen rato.
—Habéis deshonrado a vuestra manada —dije en voz baja y recorrí la temblorosa fila de un lado a otro—.
Tengo derecho a mataros. —Me paré delante de los dos que me habían atacado y los miré fijamente.
No podían mirarme a los ojos, así que continué—: En cuanto al resto, debería expulsaros de la manada.
Me ahorraría muchos dolores de cabeza y mucho sufrimiento a vosotros.
Estaban asustados, en silencio.
—Os ha llevado un día pasar de ser miembros de la manada de El Paso a ser chusma.
Eso debe ser un récord. ¿Creéis que vuestro nuevo coalfa ha sido cruel por dejaros aquí?
Pobres cachorritos. Eso quería decir que no erais importantes.
Y que si vosotros erais de segunda clase, también debería serlo el coalfa de Denver.
Tics nerviosos. Caras rojas. Vergüenza.
Son procesos mentales estúpidos, pero el efecto de grupo a veces provoca eso. Ahora se estaban dando cuenta. Era el momento del palo y la zanahoria.
—Dejad que os diga qué va a pasar y luego os diré por qué podríais convertiros en miembros de la manada, si es que os lo ganáis.
Si queréis entrar en esta manada, esta será vuestra rutina diaria desde ahora y hasta que os diga lo contrario: os levantaréis a las cinco de la mañana y tendréis quince minutos para prepararos, hacer la cama y cualquier cosa que necesitéis antes de presentaros para inspección.
Se os dirán los estándares que deberéis mantener y seréis inspeccionados por gente que se conocen todos los trucos.
Confiad en mí, no vais a querer suspender esas inspecciones.
Luego tendréis una hora de entrenamiento antes del desayuno.
El entrenamiento seguirá durante todo el día, interrumpido por las comidas.
Para empezar, este entrenamiento será principalmente técnicas de combate individual para aplicar en forma bípeda.
Los instructores son especialistas en su campo, mejores de lo que nunca seréis vosotros. Y os dolerá.
Silencio absoluto. Una creciente comprensión empezó a palidecer sus rostros.
—Conforme vayáis progresando, habrá técnicas de lucha a cuatro patas. También habrá entrenamiento en cualquier materia que crea que os pueda transformar en miembros valiosos de esta manada. No tenéis ni voz ni voto en lo que se os enseñe.
Un par de ellos se enderezaron más, con un atisbo de reacción positiva. Los observé.
—Durante el día, no tendréis acceso a nada que no sea esencial para vuestro entrenamiento.
Eso cambiará después de la cena, cuando os autorizaremos el acceso a ordenadores y teléfonos móviles.
Podéis elegir utilizar ese tiempo para quejaros a alguien que creáis que pueda mostrar el mínimo de empatía, pero el objetivo de daros acceso a esos dispositivos es que planifiquéis la llegada y la integración de la antigua manada de El Paso.
Si elaboráis buenos planes que pueda aprobar yo misma, se os dará el presupuesto y la autoridad para implementarlos.
Será vuestra responsabilidad, vuestro éxito o vuestro fracaso, y la manada lo sabrá.
Hubo un par de expresiones del tipo « ya verás » , que era exactamente lo que estaba buscando y me sentí mucho mejor respecto a ellos que antes de empezar el discurso.
—Los mejores puede que tengáis la posibilidad de convertiros en entrenadores, porque cada hombre lobo de mi manada deberá pasar un entrenamiento básico, o no estará en mi manada.
Observé a la fila, de arriba abajo. El hecho de que algunos parecieran poder estar a la altura no era motivo para dejarles dudas sobre los inconvenientes.
« Ahora, una amenaza mayor. »
—Todo esto es completamente voluntario. Si en algún momento durante el entrenamiento, elegís dejar la manada, se os acordará vuestra petición y seréis escoltados hasta el exterior del territorio de la Liga del Sur. No volveréis nunca. Es un punto de no retorno. No hay una tercera alternativa.
Y, la traca final.
—En una semana, os inspeccionaré personalmente a cada uno de vosotros, o en cualquier momento que vuestros entrenadores consideren que os beneficiaría una inspección por mi parte.
De esa inspección saldrán tres escenarios posibles: volveréis a entrenar y redoblaréis vuestros esfuerzos, os convertiréis en parias o moriréis.
Tendría que volver a hablar con ellos, pero de momento sería suficiente.
—¿Me he expresado con total claridad?
Asentimientos, susurros.
No era lo suficientemente bueno.
—No os oigo.
—Sí —dijeron al unísono.
Suspiré.
—Os dirigiréis a mí como Alfa o Señora. Entonces, he dicho que no os oigo. ¿Lo entendéis?
—Sí, señora.
—Mejor. —Hice un gesto a Scott para que se acercara—. Él es Scott. Es uno de vuestros lugartenientes mientras dure vuestro entrenamiento. Lo veréis mucho.
Me balanceé sobre los talones como habría hecho Top.
—Empezaréis ahora mismo: os transformaréis y saldréis a correr con Scott dentro de la propiedad, mientras yo organizo a los instructores para vuestro entrenamiento formal.
Era una apuesta arriesgada, pero tenía un presentimiento sobre Scott.
Estaba cohibido mientras se quitaba la ropa, pero en cuanto se transformó, volvió a fruncir los labios.
Era un hombre afable, pero un lobo dominante y agresivo cuando se transformaba.
Esperaba que fuera lo suficientemente inteligente para que se limitase a demostrar su dominación y que no intentara pelearse con nadie.
Al igual que yo, él necesitaba entrenamiento en el arte de la lucha a cuatro patas.
Los cachorros se transformaron y pude ver por su lenguaje corporal lobuno que ahora me estaban aceptando como su alfa, incluso el señor Borde. No estaban tan seguros en cuanto a Scott.
Eso estaba bien, porque tenía una última sorpresa esperándoles, y ya podía notar su presencia acercándose.
La puerta detrás de mí se abrió y entró Rita.
—Vuestra otra lugarteniente, Rita.
Naturalmente, los cachorros la reconocieron. Cada uno de ellos se agachó un poco más.
La conocían, y Rita les daba mucho miedo.
Me redacté una nota mental: tenía que descubrir que había pasado en los territorios de fronteras entre las manadas de El Paso y Nuevo México.
Mientras tanto, mi pequeño plan iba tomando forma.
—¿Te apetece correr? —le pregunté—. Esta pandilla de chusmas necesita trabajar.
Me mostró la misma sonrisa que había visto a Skylur en alguna ocasión: discreta, fría y breve como un sol de invierno.
—Tove y Yelena están en la sala principal —dijo mientras se desnudaba.
Llamé a Bian por teléfono.
—Los lobos van a correr por la finca un buen rato. Por favor, no les disparéis. Y tengo que hablar con el coronel para prepararles un régimen de entrenamiento Ops 4-10.
Se rio entre dientes.
—Vaya, no te ha llevado mucho tiempo, ¿verdad? Espera un momento, te lo paso.
Mientras esperaba, abrí las puertas acristaladas del fondo. Había un patio nevado con vistas preciosas a las Rocosas.
El puma pasó junto a mí, casi con delicadeza, y miró hacia atrás a los cachorros, como si uno de ellos fuera su almuerzo.
Les saludé y ellos llegaron obedientes, sin muchas ganas y manteniendo el máximo de distancia posible entre ellos y Rita.
Scott bajó la cabeza y gruñó a los talones de un par de rezagados, incluido el señor Borde.
Casi podía ver la sonrisa humana en el rostro de Scott. Estaba disfrutando de la situación.
Entonces empezaron a correr, figuras oscuras surcando la nieve, perseguidos por Scott y Rita.
—¿Amber? —La voz del coronel Laine me llegó desde el móvil—. He oído que estás cazando lobos en el jardín.
—Scott y Rita, sí. Necesito tu ayuda. El tema es que quiero convertir a mi manada en un nuevo tipo de manada, empezando con estos cachorros.
Todavía no se han dado cuenta, pero están en un lugar peligroso, aquí en Colorado, y estamos en guerra.
Necesito que sigan un entrenamiento básico acelerado de Ops 4-10, empezando en cuanto vuelvan de su carrera y que siga hasta que cada miembro lo haya completado.
Describí el plan que estaba creando en mi cabeza.
—Se puede hacer —dijo—. Necesito algo para mantener el interés de las tropas. Enviaré a Annie para que dé el pistoletazo de salida y pondré a un par de sargentos a trabajar en un calendario.
Se despidió, y me quedé pensando en con quién más debería hablar sobre este plan.
Alex tenía que saber lo que estaba ocurriendo aquí.
Félix y Cameron. Bueno, ellos querían que hablase con ellos. Ahora tenía algo que decirles. No pensaba que me fueran a arrancar la cabeza por esto. De hecho, probablemente querrían que la super manada de Denver y Nueva México completara el mismo entrenamiento.
En ese caso, íbamos a necesitar un lugar más grande que Haven.
Y, si la manada de Nuevo México estaba implicada, tendría que hablar con Zane.
« Oh, genial. »
Parecía que, tras haber conspirado para enviarlo en una dirección, ahora conseguía que diese media vuelta.