El árbol de los sueños (Amber Farrell 6) Capítulo 37 #2
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Capítulo 37 #2

—Esa es la parte realmente malvada. De nuevo, Flint y Kane habrían detectado un hechizo descaradamente diseñado para matarte.

En cambio, hay hechizos discretos haciendo cosas ocultas, hasta que los descubren.

Y en ese punto se unen y se transforman en un hechizo letal.

Te mareas y diez minutos más tarde mueres de un aneurisma cerebral.

« Entonces… no es la Hécate. Posiblemente. » Si me quisiera muerta, me habría matado en el mundo espiritual. Aunque eso no la habría ayudado a ganarse la confianza de Kaothos. ¿Y si sólo me quería para que hiciera lo que ella me dijera?

« ¿Y si todo esto era un doble engaño?

¡Piensa! »

Weaver: me había amenazado en el club. Él y otros dos de la comunidad de Denver intentaron obligarme a decir dónde estaba Tullah.

Kane los había distraído, y su hechizo se desmoronó antes de que pudieran terminarlo.

Había sido lo suficientemente inteligente como para no intentarlo mientras estábamos alerta.

Luego intentó hacerse pasar por un buen tipo.

Y justo antes de que Gwen se nos uniera proyectando su aura en la discoteca, me había tocado con el dorso de la mano, como si quisiera llamar mi atención. Sentí una descarga estática al roce de su tacto.

Y otra vez, cuando ya estábamos saliendo de su casa, volvió a darme la mano, a modo de saludo.

« No, esto es ridículo. Paranoia. »

¿O era como había dicho Bian? Puede que la paranoia sea lo que me mantenga con vida.

—¿Qué piensa Bian? —pregunté a Gabrielle, mientras intentaba desentrañar el enrevesado razonamiento de quién me había hecho esto.

—Todavía no nos ha matado.

Me reí de nuevo, aunque en silencio esta vez.

Había una roca al fondo del camino que parecía brillar. No podía ser una distorsión por el calor con esta temperatura. Uno de ellos estaba utilizando el mismo truco que yo: cubrir su cabeza y el rifle con su kufiya. Con la diferencia de que yo le estaba viendo y él me estaba buscando.

« Objetivo pequeño. Disparo difícil. »

Exhalé todo el aire. Había ligeros movimientos, el cañón de su rifle repasaba el camino mientras él buscaba alguna pista de mi escondite.

« Inspira. Suave. Lento. Aumenta la presión sobre el gatillo. »

Casi estaba mirando hacia mi escondite.

El M-14 se puso en marcha, como si tuviera vida propia y el disparo fuera ajeno a mi voluntad.

Pude ver cómo su cabeza se echaba hacia atrás y el Kalashnikov se sacudía, apuntaba hacia abajo y se disparaba.

Algo se estaba desenredando en mi mente, como un hilo. Como si la Hécate hubiera cortado el último punto de anclaje que me seguía empujando para que defendiera a Weaver una y otra vez.

Nada se movió en el camino.

—Me tocó en la discoteca —dije—, justo antes de que la Hécate proyectara su espíritu entre nosotros. Me tocó el dorso de la mano. Sentí electricidad estática.

—Muy astuto —dijo Gabrielle—. Nunca había oído que lo hiciera así. Una pequeña distracción mientras te lanza el hechizo.

—Y otra vez en su casa.

—No tenía por qué hacerlo dos veces. ¿Qué había cambiado?

« Buena pregunta. »

—Le acababa de decir que hoy hablaría con vosotras.

—Por eso este hechizo es tan poderoso. Lo potenció y lo hizo letal rápidamente, por si Gwen lo descubría. Y lo descubrió.

Me parecía extraño estar hablando sobre esto como si fuera una clase de teoría. Era un hechizo que intentaba matarme.

—¿Kane debería haberlo notado? Estaba justo delante de él.

—No, a no ser que estuviera buscando concretamente eso. Estos hechizos son muy astutos. Parecen inofensivos, a menos que les prestes atención y, entonces, se vuelven mortales.

—No habría pensado que se podían hacer cosas así —dije—. Y menos alguien como Weaver. Ni siquiera era el líder de la comunidad de Denver, ¿y ya es un maestro ninja de los hechizos? Y, además, eso no era el tipo de sortilegio que hacía la comunidad de Denver, ¿verdad?

No podía reconciliarme con la imagen de la madre de Tullah, Mary, que había sido la líder de la comunidad, con esa descripción de hechizos malvados y conjuros letales.

Mientras tanto, no podía olvidar algo: podía morir aquí. El sendero que bajaba de las montañas estaba demasiado tranquilo. Si se estaban moviendo y no podía verlos, quería decir que ellos sabían exactamente dónde me encontraba. Puede que estuvieran intentando rodearme.

—Eso es exactamente lo que pensamos —dijo Gabrielle, como si fueran sólo las piezas de un puzle—. Si hubiera habido ese nivel de maestría en Denver, habríamos oído hablar de él. Pensamos… bueno, eso es una parte de lo que queríamos hablar contigo.

Se calló de repente. Tenía la sensación de que había dicho más de lo que debía.

Se me hizo un nudo en el estómago.

« Peligro. Múltiples fuentes. En Denver. Y aquí. Cerca. Muy cerca. »

En esa operación de Ops 4-10, que da forma a este escenario del mundo espiritual, los tipos que me perseguían por la montaña estaban al tanto de la extracción. Eso era lo que intentaban detener y sabían que yo los estaba retrasando.

Aquí, en el mundo espiritual, tuve la sensación de que el ataque estaba a punto de cambiar. Como si el último enlace que la Hécate había cortado hubiera causado un efecto inesperado en algún otro lugar.

Una trampa dentro de otra trampa.

Mi eukori se expandió, y el poder oscuro estaba ahí, como lo estuvo en el desafío de los hombres lobo. La misma sensación de fuerza llegando en avalanchas. La misma promesa: aprende a utilizar este poder y todos tus problemas habrán terminado.

« Otra trampa. »

Podía verlo con ojos que estaban abiertos en otro lugar. Podía ver que estaba conectada con el mismo hechizo que me estaba atacando. Por eso el hechizo de Weaver se había vuelto tan poderoso en tan poco tiempo. Estaba utilizando mi propia fuerza contra mí.

« Devuélvele esa fuerza. »

Mi aura se extendió completamente.

« Muerte o vida. La mía. »

Enlazada a través de su aura, Gabrielle jadeó cuando el dolor me inundó.

Hice lo que me dictaba mi instinto. No podría haberlo conseguido sola, pero podía usar el conocimiento de Gabrielle como utilicé el de Kane.

—Gabrielle, tengo una ida. Lo siento…

—¡Hazlo! ¡Rápido!

Me expandí a través de ella, hasta el mundo físico en Manassah y estiré.

Delante de mí aquí, cuatro hombres, separados entre sí, salieron de su escondite a apenas treinta metros y comenzaron a correr hacia mí.

Gritaban y disparaban. No podían apuntar con sus rifles mientras corrían, pero entre cuatro cargadores de treinta balas podría haber una con mi nombre.

Podría, si se hubieran acercado lo suficiente.

Disparé al de mi derecha, me acerqué al siguiente, apreté el gatillo y fallé.

Demasiado concentrada en lo que quería hacer con el poder.

¡No hay tiempo suficiente!

Una bala me rozó la oreja.

Entonces noté un cambio, como si la propia tierra me hubiera golpeado.

El tercer tipo me estaba apuntando. Podía ver el círculo perfecto del cañón. Ver su dedo apretar el gatillo otra vez. Estaba muerta.

Y entonces se oyó una ráfaga de disparos rápidos.

Julie y Keith, traídos al mundo espiritual de Gabrielle, igual que yo. Reaccionaron por instinto. Me salvaron la vida.

Uno, dos abatidos. Me ocupé del último.

Cuando murió, el Kalashnikov se le resbaló de las manos. Aterrizó en el polvo que había a mis pies.

—Hecho —susurró Gabrielle—. ¡Mierda! Eso estuvo cerca.

Y las montañas se convirtieron en niebla.