Capítulo 37
Había estado demasiado oscuro para que pudiera ver y ahora había demasiada luz.
Era importante. Tenía que ser capaz de ver con claridad.
Estaba empapada de sudor. Jadeaba por el poco aire que había. Mi corazón latía con dificultad y mis extremidades parecían de gelatina.
El viento heló el sudor de mi frente y me trajo llamadas lejanas, sonidos ásperos como gritos de cuervos, más abajo que los senderos de montaña.
Tropecé y me caí. Una mano para amortiguar la caída, la otra para proteger el rifle M-14.
« ¡Mierda! »
Las voces detrás de mí estaban demasiado cerca. Tenía que ganar tiempo para la extracción.
Apoyé el rifle en una roca cercana y entrecerré los ojos para mirar hacia el camino por el que había llegado.
« ¿Por qué demonios había tanta luz?
¿Y quién estaba sentado a mi lado en el resplandor de la luz del sol?
Sin mencionar, por qué estaba allí otra vez.
Ahora estoy en Denver. »
—¿Qué está pasando? —dije.
—En primer lugar, estarás bien.
Era la voz de Gabrielle. Típicas palabras ensayadas, no era su forma formal de hablar, para nada.
Conocía la rutina. Paciente en estado de shock. Primero hay que tranquilizarlo. Luego…
—Estoy aquí para ayudarte y vamos…
—Déjate de tonterías, Gabrielle. ¿Qué está pasando?
—Un hechizo maligno te está atacando. Necesitamos que luches, pero tu cerebro no tiene las referencias correctas. Necesitas algo más físico, y el concepto de un árbol no ha acabado de funcionar, así que hice una sugerencia y tu memoria se ha inventado esto.
« Luchar. Vale. Lo entiendo. »
Me relajé, vislumbré un movimiento al final de la pista y disparé.
Me agaché.
Escuché el silbido de las balas. Por encima de mi cabeza, pero demasiado cerca. De todas formas, la persecución se había frenado.
—Joder, ¿te ganabas la vida haciendo esto? —preguntó Gabrielle.
—Sí.
Salí por otro lado, vi algo que no me cuadraba y volví a disparar.
Hubo un grito, que cesó rápidamente.
Me dispararon más. Tres, puede que cuatro personas. Eso podía significar que había dos o tres acercándose sigilosamente mientras me obligaban a seguir agachada. Malas posibilidades.
—¿Sabes? Hubiera preferido ser un árbol —dije.
—Podríamos visualizar el hechizo como un hongo avanzando por el tronco. O insectos carcomiendo la madera. El problema es visualizar cómo combates eso.
Resoplé.
Me levanté, elegí un objetivo, disparé, retrocedí.
« Fallé. Todavía tenía la vista un poco borrosa. »
—¿Dónde está la Hécate? —dije.
—Gwen está en el otro lado, deshaciendo el hechizo.
Me reí con ganas.
—¿Yo estoy aquí mientras ella se dedica a visualizar el tejido?
—El hechizo no tiene una manifestación física evidente, pero esa es la forma en la que ella lo visualiza. Como una serie de hilos con nudos que se tejen dentro y fuera de tu aura.
Me levanté. Disparé. Me caí.
Inmediatamente, aparecí en un lugar diferente
Uno de ellos se había levantado y estaba disparando al lugar en el que yo había estado hasta entonces. Estúpido error.
No hizo ningún ruido al caerse. Un tiro de suerte, una bala de 7.62 le atravesó la cabeza. Uno de sus amigos gritó. Una orden dura y abrupta. Luego, silencio.
—Puedo morir aquí, ¿verdad?
—Sí —dijo sin florituras.
—¿Y tú?
—No estoy interactuando físicamente con tu mundo espiritual, estoy enlazada con el aura.
—¿Eso significa que es peligroso para ti? ¿Y para la Hécate?
—Posiblemente, pero mucho menos que para ti.
—Gracias, de todas formas. —Levanté la cabeza, no vi nada y volví a agacharme rápidamente. No hubo disparos, ni ruido.
Eso significaba que los acechadores se acercaban sigilosamente.
Más o menos como ocurrió en la vida real. ¿Cuándo fue? ¿Hace cinco años?
—Julie me advirtió que no te dijera lo que tienes que hacer, pero debo decirte que no parece que esté funcionando bastante bien ahora mismo.
—Todo el mundo sabe criticar —murmuré. Lancé una piedra donde supuse que estaban la mayoría de ellos y calculé el momento justo para mirar cuándo rebotaba en una roca.
Una cabeza se levantó para ver qué era ese ruido. Una ronda por ahí y dos más a cada lado, para conseguir un mayor efecto.
Maldiciones y silencio de nuevo.
—¿Me puedes ayudar de verdad de alguna manera? —Hice una pausa—. Perdona, no quería sonar tan borde.
—No te disculpes. Eres una tía dura. —Pude oír la sonrisa en su voz.
Había suficientes rocas para esconderme, así que retomé la pista, lanzándome sin sentido de un refugio a otro, hasta que mis pulmones empezaron a arder de nuevo.
Encontré un buen lugar y apoyé el ligero M-14 apuntando hacia el camino. Me subí la polvorienta kufiya hasta los ojos y coloqué la cola de la tela sobre el cañón del rifle. No es que fuera un buen camuflaje, pero era lo mejor que podía ofrecer con estas prisas.
Gabrielle había venido conmigo. Me molestaba que ella no tuviera que esforzarse mientras yo estaba temblando y jadeando.
—Habla en voz baja —dije—. Cuéntame qué ha pasado.
—Bien, esto es lo que ha pasado —dijo—. Te han lanzado un hechizo multi-partes en algún momento entre cuando te llevamos de paseo espiritual en RiNo y esta mañana.
Por cierto, sigue siendo esta mañana. Por poco.
El hechizo tenía una trampa que se activaba en el momento que lo detectásemos.
Te habría matado si no hubieras reaccionado.
Todavía estás un poco aturdida y mareada, pero parece que estarás bien, si todo lo demás sigue como hasta ahora.
Me dio la oportunidad de reaccionar, pero imaginé que sería más rápido si la dejaba hablar.
Miré el sendero polvoriento. No entendía cómo luchar contra viejos recuerdos aquí se manifestase como una ayuda útil en el mundo real, pero entendía que tenía que luchar.
También entendía que « que todo lo demás siga como hasta ahora » quería decir que no muriese aquí.
—He tenido que sacar tu aura de los árboles y llevarla a un mundo espiritual, pero tu cuerpo se quedó como congelado en el momento en el que te lanzaste con tus dos Adeptos, y eso se ha reflejado en tu aura. Por eso tus ojos estaban adaptados a la oscuridad cuando te has despertado aquí.
Podía escuchar las cosas que no decía, pero me callé.
—En el otro lado, en el estudio, sigues inconsciente.
Proyectar tu aura a los árboles fue un movimiento inteligente.
Me han dicho que no estabas entrenada, pero te juro que nunca he visto a nadie saltar espiritualmente tan rápido.
Y mantuviste suficiente consciencia en ese lado para decir que confiabas en Gwen. Esas dos cosas te han salvado la vida.
—¿El hechizo iba a matarme?
—No de manera evidente. Flint y Kane habrían visto ese tipo de hechizo. —Se movió. Podía ver el contorno de sus rasgos y su pelo recogido en la cabeza. Estaba recuperando la vista, tal y como ella dijo que sucedería.
—Es difícil explicarlo sin entrar en la jerga de la Liga de Adeptos del Norte, pero te doy una versión resumida. Piensa en ello como si empezara con múltiples hechizos inconexos. El primero, un hechizo muy cuidadoso con un diseño concreto para…
—¿Eso era lo que la Hécate dijo sobre los sistemas inhibidores? —la interrumpí—. ¿Podrías traducir eso a palabras que una zorra aturdida y confundida pueda entender?
Se rio y se movió para sentarse a mi lado.
—Sí, inhibidores. Imagina que cualquier cosa que quisieras hacer o decir, lo hicieras directamente. Sin pararte a pensarlo.
—Eso lo entiendo. No me dejarías suelta en sociedad.
—Especialmente si fueras un poderoso ser paranormal. Entonces, algunas de esas inhibiciones que te impiden actuar así pueden ser intrínsecas y, algunas, el resultado de un condicionamiento. ¿Estoy utilizando un vocabulario lo suficientemente sencillo para tu estado de aturdimiento y confusión?
—¿Sabes que si pudiera concentrarme lo suficiente te pegaría?
—Bien, estás mejorando; Gwen está avanzando. Entonces, tienes esa estructura de inhibiciones, y el primer hechizo la estaba erosionando, poco a poco.
Hubo un movimiento en el sendero, parecía una prenda de ropa al viento. Sólo era ropa: una kufiya atada al cañón de un Kalashnikov, posiblemente. Una prueba para ver si disparaba.
Dejé que el aire saliera lentamente de mis pulmones.
« Céntrate. »
Un hombre cruzó el prado corriendo. Luego otro.
Disparé al tercero antes de que llegara a la mitad del camino.
Dos más sacaron la cabeza de su refugio y disparé a uno de ellos.
Me di la vuelta y corrí otros cincuenta metros.
Me senté a esperar otra vez.
—Retrocede un poco —le dije a Gabrielle—.
La Hécate, Gwen… dijo que reconocisteis el hechizo porque lo habíais encontrado en Adeptos de la comunidad de Denver que también lo tenían.
¿Quieres decir que iban por ahí con sus inhibiciones dañadas?
¿Qué hacían? ¿Disparaban a los conductores que les adelantaban en la autopista?
—Sí y no. Sí, los encontramos así. No, porque sus inhibiciones habían sido sustituidas por una coacción para obedecer órdenes.
—Eso tiene que ser un ataque a la comunidad de Denver —dije—. ¿Obedecer a quién? ¿Y por qué atacarme a mí también?
Gabrielle negó con la cabeza.
—No hay ninguna pista que nos diga nada, y todo era lo suficientemente sutil como para que los propios Adeptos no se dieran cuenta. Pero, ¿en quién piensas?
Se acercó. Podía vislumbrar lo suficiente como para ver que me estaba observando.
A pesar de todo, mi cerebro parecía funcionar.
—¿Estás sugiriendo que esto es obra de Weaver?
—Podría ser. —Su tono era precavido. Muy casual, como si no quisiera presionarme.
—No —dije—, no puede ser.
—Todavía te tiene atrapada, ¿verdad? Es muy bueno, muy inteligente. Si hubiera sido una coacción total, posiblemente te habrías dado cuenta. Flint y Kane seguro que lo habrían detectado.
Negué con la cabeza, pero no podía rechazar la conclusión obvia. ¿Por qué querría negarlo? ¿Se había comportado Weaver de una manera que me hiciera querer confiar en él? ¿O al contrario?
¿Y si fuera justamente al revés? Y si todo esto era el resultado de la Hécate…
—¿Alguien dijo algo sobre un hechizo con puerta trasera?