Capítulo 36
Los gritos se calmaron relativamente rápido tras la bomba que había soltado la Hécate.
Me senté en la mesa de conferencias, me sentía extrañamente desconectada, como si me hubieran drogado o algo así. Sí, el último día había sido extraño, pero mi vida era así a veces. No sentía que nada me estuviera carcomiendo.
¿O sí?
Excepto que…
No hay nada como que te digan que te pasa algo malo, como para que pienses que te pasa algo malo. ¿Y ese incidente con Zane anoche? ¿Canalizar ese poder durante la pelea? ¿La magia negra? ¿La explosión de ira y adrenalina de esta mañana?
Flint y Kane parecían convencidos. Parece ser que ambos pensaban que la rareza que habían detectado en mi aura podía estar relacionada con el uso de la magia de sangre.
Estaba demasiado aturdida para unirme a la conversación, así que puse el piloto automático.
Mientras ellos estaban discutiendo sobre lo que se podía considerar magia de sangre, conseguí conectar el vídeo del sistema de conferencias con Haven y, unos segundos más tarde, Alice apareció en la pantalla.
—No, todavía no —dijo la Hécate, levantando la vista ante la interrupción—. Primero tenemos que anular este hechizo, Amber. Podemos hablar luego.
—¿Qué hechizo? —insistió Alice—. ¿Qué está pasando?
Diana apareció en la pantalla y, un segundo después, Kaothos, en forma de lagarto.
—¿Me podéis dar un poco de silencio, por favor? —dije.
Todos se callaron.
—Gracias. —Señalé mientras hacía las presentaciones—.
Diana Ionache, Alice Emerson, Kaothos. Ella es la Hécate de la Liga de Adeptos del Norte, Gwendolyn Enkeliekki, y su colaborada Gabrielle Desmarais.
—Mi voz sonaba rara, como difuminada—. El propósito original de esta llamada era transferir el problema de comunicación entre la Liga y la Asamblea a manos más competentes…
—Nuestra principal demanda era hablar con el dragón —interrumpió Gwendolyn, con los ojos fijos en la pantalla.
La ignoré, como también ignoré la ira irracional que empezaba a invadirme y me concentré únicamente en hablar despacio y con claridad.
—Todo eso acaba de descarrilar porque parece ser que alguien me ha lanzado un hechizo secreto que sólo los Adeptos de la Liga del Norte pueden detectar y, por algún motivo, tienen que solucionarlo ahora mismo.
—¿Por qué la Liga está tan familiarizada con este hechizo? —preguntó Bian.
Su cuchillo estaba de nuevo oculto, pero sus sospechas no habían desaparecido.
—Lo hemos estado viendo en Adeptos de la comunidad de Denver.
—Fue Gabrielle quien habló. Su voz sonaba más tranquila ahora—.
Todos ellos tienen hechizos como este. Se esconde muy bien, ninguno lo detecta.
Parte del camuflaje es porque el hechizo se mueve lentamente.
Pero el de Amber es más complejo y rápido, mucho más rápido.
Mi cuerpo estaba inundado de adrenalina. Sentía las piernas tan débiles que me senté en una silla. Los sonidos empezaban a fundirse entre ellos.
—¿Quién ha hecho esto? ¿Qué es lo que hace? —dijo Diana.
—Las preguntas deberían ser al revés —explicó la Hécate—. Si sabemos lo que hace, entonces podremos saber quién lo hizo.
Esos ojos azul hielo se centraron en los míos.
—¿Qué hace? —dijo—. Por lo que puedo sentir, es un retorcido entramado de coacciones, cada una atada con fuerza a la otra. Lo reconocemos de los Adeptos de la comunidad de Denver a los que hemos estado siguiendo. Esos hechizos atacan el sistema inhibitorio del cerebro. El problema es…
La adrenalina nunca me ha hecho sentir así.
Algo iba muy mal.
« … hechizo con puerta trasera…
… no le gusta que le descubran…
… está perdiendo el conocimiento…
… no la toques… »
¿Por qué estaba mirando al techo? ¿Por qué estaba tan oscuro?
Gritos.
Bian no dejaba que la Hécate se me acercase. Flint estaba discutiendo. Los gritos de Diana llegaban desde los altavoces.
« Me siento como si me estuviera ahogando. Como en esas antiguas pesadillas cuando estaba en el crusis.
Estoy aterrorizada.
Puedo luchar contra cualquier cosa que tenga delante de mí. Cualquier cosa que pueda ver.
Pero no puedo luchar contra aquello que no puedo ver, tocar o sentir. »
Todo a mi alrededor parecía pasar a gran velocidad, en un movimiento raudo. A cada parpadeo me estaba pasando otra cosa. Tenía que ir más despacio.
Más despacio.
« Flint. »
Podía sentir su aura. El cuervo me empujaba. Tiraba de mí hacia abajo.
« Por aquí. »
Mi eukori se abrió y se mezcló con su aura. El Coyote se unió a nosotros. Sin miedo. Sin dudas.
Nos hundidos juntos en una oscuridad sólo descrita a través de texturas.
Grandes figuras sagradas nos acogen en su quietud.
Sin latido. Sin aliento. Sin movimiento.
Pero podía sentir que no era suficiente.
En algún otro lugar, mi mano se extendió hacia la oscuridad creciente, más allá de Bian.
No tenía más opciones.
Podía sentir a la Hécate coger mi mano. Tenía que hablar, pero era difícil.
Algo más me quería mantener en silencio, quería sacar el aire de mis pulmones, pero necesitaba sacar las palabras.
Era una palabra que se había enredado en mi cabeza.
Se quedaba aquí, como una roca en tierra silenciosa, como la profundidad de las raíces, la solidez de los troncos de los árboles.
—Confía —pude decir al fin, obligando a la palabra a salir al mundo.
Bian se echó hacia atrás.
Durante un segundo parecía que podía ver a la Hécate, verla de verdad. No sólo físicamente, sino una figura más grande, un fantasma aterrador que parecía más sólido que su cuerpo. La rodeaba y la sostenía con enormes alas sombrías que también me envolvían a mí.
Una figura que sostenía una extraña antorcha que ardía en la oscuridad, con tanta intensidad que me cegaba.