El árbol de los sueños (Amber Farrell 6) Capítulo 34
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Capítulo 34

—¡A desayunar!

Me levanté como un dibujo animado, con los ojos muy abiertos y saltando de la cama.

Por suerte, Bian y Scott estaban allí. Menos mal. Tenían bandejas de comida: huevos, beicon, tostadas, gofres, miel, café. Cosas muy valiosas que no podían caerse al suelo.

« El paraíso.

Un momento. ¿Cómo llegué hasta aquí?

Amanda me dejó inconsciente. Algún truco con los pacíficos en su Sangre. »

Siguiendo órdenes de Pia, imagino. Esas dos se habían organizado.

Gruñí, pero mi estómago me recordó que el desayuno era más importante. Tendrían que esperar hasta después.

Y debía reconocer que me sentía mucho mejor, aunque sólo hubiera dormido pocas horas.

« A pesar de que buena parte del tiempo estuvo lleno de detallados sueños eróticos .

De Scott. »

Espero que fueran sueños.

Cuando Bian colocó la bandeja encima de mí, mi cerebro empezó a trabajar y me di de bruces contra la realidad.

—¡Debería estar reunida con la Hécate!

—Todavía no —dijo Bian, sujetando bien la bandeja para que no pudiera levantarme.

—¿Qué quieres decir?

—He hablado con Pia antes y vamos a esperar para la llamada de la Hécate.

—¿Qué? ¿Por qué?

—Pia dijo que no te debíamos despertar muy temprano, ahora que por fin te habían animado a dormir un poco. Estoy de acuerdo.

— « Me habían animado a dormir un poco » . ¿Es así como lo llamas? —Ni me molesté en decirle que ella metiéndose en la cama conmigo tampoco había sido la mejor manera de « animarme » a dormir.

—Un truco muy inteligente de Amanda. Tendré que pedirle que me lo enseñe.

—Ponte a la cola. Y, ¿adivina con quién voy a practicar?

Bian se rio. Ella y Scott estaban sentados en la cama con las piernas cruzadas mientras yo comenzaba a comer.

—También te han llamado Félix y Cameron —dijo Bian—. Les hemos dicho que les llamarías cuando estuvieras disponible.

Hice una mueca. No era tan mala como la estrategia de Yelena para gestionar las llamadas de Félix, pero mis Alfas no querrían tener que esperar sólo porque yo estaba durmiendo.

—Están muy interesados en saber más sobre Scott —continuó Bian—. Creo que quieren que el pequeño Scott les haga una visita pronto.

—El pequeño Scott está sentado justo aquí —dijo Scott con una de sus sonrisas torcidas—, comprobando que el oído de los hombres lobo funciona perfectamente.

Bian le sonrió.

Miré a los dos y parpadeé. Scott estaba completamente relajado. La tensión a flor de piel que tenía ayer había desaparecido.

Oh, mierda.

—¿Os han presentado? —pregunté con cuidado.

—Ya hemos pasado esa fase, Ojos Redondos —dijo Bian—. Hemos dormido juntos, en tu cama, ¿recuerdas?

Dormir, y una mierda. Eso no habían sido sueños eróticos.

Mi cerebro hizo las conexiones. Ayer por la noche, Pia dijo que la Casa Altau y la manada de Denver habían tenido un acuerdo en algún momento: cachorros licántropos y Athanate en crusis se juntaban para desfogarse sin que nadie saliera herido.

Sexo caliente como terapia. Parecía efectivo, dijo también.

¿Y quién era el Diakon de Altau en aquella época? ¿Quién había sido el enlace con la manada? ¿Quién había organizado aquellas orgías?

Bian Hwa Trang.

En algún momento de la mañana, mi cerebro somnoliento había enlazado con el eukori de Bian mientras extraía la locura lobuna de Scott.

Lo que, podría haber argumentado, era responsabilidad de su Alfa. Yo.

Me aclaré la garganta y la miré a los ojos.

Tal y como imaginaba, tenía cara de no haber roto un plato.

—Gracias —murmuré.

Me estaba cuidando. Otra vez.

Era hora de volver a la carga. Dejé de lado un arrebato de ira irracional dirigido a la Hécate.

—¿Cuándo empieza tu videoconferencia y cuánto tiempo crees que durará? —le pregunté a Bian.

—En unos diez minutos y espero que sea breve. Digamos que habré terminado en una hora.

—Vale. Scott, ¿puedes pedirle a Pia que invite a la Hécate a venir aquí, por favor?

Scott asintió y salió de la cama.

Bian levantó las cejas.

—La Hécate quiere hablar con Diana y Kaothos. Aunque ella sepa dónde está Haven, de ninguna manera voy a llevarla hasta allí. No me dejarías llevarla allí. Así que…

—Vas a utilizar el sistema de conferencias para que puedan hablar. Desde aquí, donde tienes seguridad.

—No creo que necesite la seguridad.

—Y estoy aquí —dijo Bian—. ¿Cómo es?

—Inquietante, da miedo —le contesté—. Crees que tienes el control y entonces te das cuenta de que puede llegar y arrastrarte a una versión rara del mundo espiritual, en el que puede hacer lo que quiera. Sí, da miedo.

—Mmm… Puede hacer eso cuando está preparada, como en RiNo. Se preparó y luego te atrajo hasta allí.

—Lo entiendo —dije—. Estás pensando que, de alguna manera, me ha incitado a que la invite aquí.

—Se me ha pasado por la cabeza.

—Si quisiera hacer eso, nos habría hecho invitarla a Haven.

—A menos que no pueda controlarme a mí, a ti y a Diana al mismo tiempo. En cuyo caso, su idea podría ser venir aquí y tomar algunos rehenes.

—Alguien a quien ya haya atrapado antes.

—Y yo. Pero sabiendo que yo estaría aquí… —Bian dejó la frase en el aire, pensativa—. Esto te puede volver paranoica.

Tuve que sonreír.

—En fin —dijo Bian—. Procedamos partiendo de la base de que viene aquí con buenas intenciones. He avisado a las tropas de Ops 4-10. Si algo sale mal para nosotros, algo peor le ocurrirá a la Liga del Norte.

Me estremecí. Bian estaba muy bien preparada.

Tenía que empezar a pensar en la visita de la Hécate, pero antes tenía que aprovechar la oportunidad de hablar con Bian sobre algo completamente diferente.

Eché un vistazo a la habitación. La puerta del dormitorio estaba cerrada.

—Esto… ayer por la noche —dije.

Bian me miró, todavía con cara de inocencia.

—¿Sí?

Suspiré e intenté ponerle a la defensiva.

—Tú y Scott…

—Oh, sí. Muy agradable. No te molestamos, ¿verdad?

—No, pero…

—¿Por qué salté sobre él en lugar de dejártelo?

—Sí.

—Para empezar, él quería y lo necesitaba de verdad. Los cachorros son así. Además, me gusta y le ha sentado muy bien.

—Ya lo veo.

—Y tú estabas durmiendo.

—Me habías despertado antes, después de ducharte.

Se rio.

—Cuando llegué aquí, lo único que tenías en mente era irte a dormir. Y resulta que también era lo que yo quería hacer. Ha sido una locura en Haven. Y me explicaste un cuento para irme a dormir.

No estaba mintiendo, pero tampoco estaba diciendo toda la verdad. Estaba preocupada por mí. Había venido a ver si estaba bien.

Se vino a la cama y se sentó a mi lado.

—Tu casa es mi casa, Ojos Redondos —dijo, y cambió a Athanate—. So ykos mo ykos ei. Tus responsabilidades son mis responsabilidades. Así que Scott también es mi responsabilidad.

—Me parece justo. Pero con las responsabilidades llegan los derechos.

—Y estabas esperando que yo los ejerciera contigo. —Su cabeza estaba en mi hombro—. Tu Sangre es mía, hermana. Tu cuerpo es mío. Pero has creado una constitución para tu Casa sobre cómo ejercer esos derechos. Y considero que eso también es mío.

Una constitución que decía que nadie en mi Casa debía compartir Sangre o cuerpo sin su consentimiento, otorgado libremente.

—Nunca se pensó para que fuera aplicado a gente de fuera de mi Casa. Se supone que no se aplica a ti.

—Entonces, yo elijo aplicarla.

Sus palabras cayeron ligeras como plumas, duras como relámpagos, y me di cuenta de lo mucho que amaba a esta mujer. La había amado desde la primera vez que la vi.

Me provocaba miedo. Enfado. Felicidad. Frustración. Excitación. Vida.

La había alejado. Negándome a mí misma y a ella.

Y no podía seguir negándolo más.

No cambiaría nada de la forma en la que amaba a Alex y Jen. Pero quería que cambiara para Bian.

—Cuando las cosas se vuelvan caóticas en Haven…

Tragué saliva. Tenía la garganta seca. Ella esperó.

—¿Por qué no vienes a quedarte aquí?

—¿Tendríamos una fiesta de pijama? ¿Con Jen y Alex? Me encantan las fiestas de pijamas. Pero, espera, no lleváis pijamas.

Era imposible. O tal vez, su negativa a ponerse seria escondía esa parte vulnerable que había visto fugazmente antes.

—Hazlo. —Le seguí el juego.

—No. —Negó con la cabeza—. Puede que le hayas robado alguno a Alex, pero sólo los usas para pasearte por la casa, así que no cuentan.

Y Alex tampoco lleva pijama. Pero, ¡tengo una solución!

Tengo un negocio de pijamas de seda. Te traeré alguno de regalo.

Entonces, ¿qué haremos? ¿Pizza, cerveza y relajarnos?

—No, posiblemente cocinemos nuestra comida y la comamos en la cama. Con champán.

—Mmm… suena travieso.

—Puede que lo sea. Tenemos reglas para comer en la cama en esta casa —le advertí. Cogí un trozo de beicon y se lo mostré—. Por ejemplo, sólo comemos con las manos y no puedes alimentarte a ti misma.

Mordisqueó el beicon de mis dedos con delicadeza.

—Y no estás autorizada a chupar tus propios dedos.

Moví los dedos, deliberadamente, sin romper el contacto visual. Los lamió hasta dejarlos limpios.

Sentí un cosquilleo que me llegó hasta el estómago.

—Estoy deseando que llegue esa fiesta de pijamas —ronroneó—. Mientras tanto, me esperan en una videoconferencia, y tú tienes que prepararte para saludar a la Hécate. —Me miró de arriba abajo. Las sábanas se habían deslizado un poco mientras estaba sentaba.

Vaya, qué lástima.

Se lamió los labios.

—¿Asumo que te vas a vestir para recibirla? ¿O crees que así podrías distraerla?