Capítulo 33
Envuelta otra vez en mi albornoz, caminé descalza por la sala de estar a oscuras, iluminada únicamente por el resplandor de las brasas de la chimenea.
No lograba decidir si me sentía frustrada, aliviada o divertida porque Bian simplemente se hubiera quedado dormida después de que yo me hubiera esforzado por ser una buena subordinada Athanate.
« En realidad, no hacía falta tanto esfuerzo. »
No valía la pena intentar dormir ahora, así que más valía aprovechar el tiempo para reflexionar sobre lo que había sucedido a lo largo de la noche. Pero no estaba tan absorta en mis pensamientos como para no darme cuenta de que había alguien más en el salón.
—Pensé que podrías tener problemas para dormir. —La voz de Amanda era suave.
—¿Tú también?
—Mmm…
Me serví un ron y me senté con ella en el sofá, frente a la chimenea donde ella estaba arropada con una gran manta de lana.
Brindamos. Ella estaba bebiendo uno de los brandis favoritos de Jen. El aroma se mezclaba bien con su esencia y el humo de la leña.
—¿Cómo está Kane? —pregunté.
—Molesto, pero ya no está tan enfadado.
—Siento haber puesto a tu Casa en esta situación. No lo había planeado.
—Lo sé. —Dio un sorbo a su bebida—. Flint le ha ayudado mucho. Está más tranquilo.
—Sí, claro. Debe haber sido un shock tremendo para Kane cuando canalicé todo ese poder a través de él.
—Hmmm, Flint le ha recordado que, en la proyección aural que hicisteis, no había nada oscuro.
Corazones que no laten. Extremidades que no se mueven. Filtrándose lentamente en el suelo helado. Frío como la eternidad. Frío como las estrellas en el cielo nocturno. Frío como la muerte.
Me estremecí. Proyectar mis sentidos en los árboles no iba a ser mi actividad favorita.
Y no era lo mismo que canalizar ese poder oscuro; para nada.
Me levanté y puse otro tronco en el fuego.
Amanda había abierto su manta y, cuando volví al sofá, nos acurrucamos más cerca, cubriéndonos de nuevo.
Esos detalles seguían sorprendiéndome: la velocidad a la que Amanda se había integrado en mi Casa, lo natural que era para ella compartir el calor, como si lo hubiéramos estado haciendo durante años, lo familiar que me resultaba su marca.
Mis colmillos palpitaron, recordándome que había un asunto Athanate no terminado aquí. Familiar no era suficiente.
Di un sorbo a mi ron, me concentré en su gusto ahumado, y luego dejé el vaso en la mesa para poder cubrir mis brazos con la manta.
—Sospecho que… —comenzó Amanda y frunció las cejas.
—¿Sí?
—Como dijo Nick, lo que ellos usan no es tan diferente. Está todo en el mismo espectro. Creo que eso es lo que debe molestar tanto a Kane; pensar que puede estar usando una magia tan cercana a lo que tanto le repugna.
Negué con la cabeza.
—No puedo juzgar. Ellos tienen más experiencia.
Ella se encogió de hombros.
—Bueno, al final dejaron ese tema y han empezado a debatir si pueden hacer el hechizo de localización del que habló Weaver.
—¿Y?
—Creen que pueden hacerlo, si utilizan tu aumento de potencia, como hicieron en la proyección aural. —Sonrió—. Y entonces se quedaron callados y pensativos. Así que decidí dejarlos pensar en eso.
—Si pueden trabajar conmigo, prefiero trabajar con ellos en lugar de Weaver. Sé que no estoy siento justa con él. Es el líder de la comunidad local y está haciendo lo que tiene que hacer, pero…
—Bueno, creo que estás siendo excesivamente justa con él, según me ha dicho Kane. De todos modos, deberíamos hablar sobre la localización con Kane y Flint mañana.
Nos quedamos escuchando el crujir del fuego mientras el tronco se quemaba. Miramos las llamas bailar. Era acogedor, relajante.
—¿Estoy loca, doctora? —La broma salió antes de que pudiera evitarlo.
Se rio.
—Lo siento —dije enseguida—. No lo digo en serio. Seguramente debe ser la pregunta que más temas, al ser psiquiatra.
—¿Te refieres en mitad de la noche, envuelta en una manta, bebiendo enfrente de la chimenea y que alguien con quién nunca he tenido una sesión me lo pregunte?
—Sí, algo así.
Dejé caer mi cabeza en su hombro, dispuesta a caer de nuevo en un silencio acompañado.
—No lo sientas —dijo—. La diferencia es que tú eres la Señora de mi Casa. Me puedes preguntar lo que quieras, cuando quieras.
Me reí entre dientes.
—¿Qué te hace preguntarme eso en concreto?
Oh. Me estaba tomando en serio.
Cuando estaba en Ops 4-20 había psiquiatras asignados a mi unidad. Me había mantenido alejada de ellos tanto como había podido, pero si hubieran propuesto sesiones tan acogedoras como esta…
—Ni siquiera puedo convencer a algunas personas de que tenía el espíritu de mi hermana muerta en mi cabeza. Ahora estoy canalizando algún tipo de energía oscura y no puedo decir si es algo que tengo en mi interior o que viene de fuera, maligno o sólo poderoso, y si lo quiero o no. No lo sé.
—Bueno, todos los Adeptos parecen tener espíritus guía. Eso no te hace más loca que ninguno de los demás.
Me reí.
—Me parece justo. Pero sigue sin explicar a Tara. Aunque, el tema es que me volví una renegada en Nuevo México. Estaba loca. Y cuando me recuperé, Tara y Hana se habían ido.
Resopló.
—Vamos a ver si lo entiendo. Estás intentando justificar la teoría de que siempre has estado un poco loca y luego te volviste más loca. Entonces te curaron y, al hacerlo, dejaste de oír las voces. Y, por cierto, todos los Adeptos están un poco locos. ¿Tengo razón?
Sonaba un poco tonto cuando lo dijo en voz alta, pero sólo pude asentir. Eso lo resumía todo, más o menos.
—Pero sigues siendo un Adepto. Y si fue la locura lo que te convirtió en Adepto y sigues siendo Adepto, ¿por qué no has vuelto a crear las voces en tu cabeza.
—No lo sé. Tú eres la psiquiatra.
Volvió a reírse otra vez.
—Soy sólo una psiquiatra humana —dijo—. Déjame ver.
Hmmm. Para los estándares humanos está claro que estás completamente loca: crees en vampiros, hombres lobo y brujas.
Pero según los estándares paranormales… —Su mano salió de debajo de la manta e hizo un gesto vago—.
Creo que estás en la media de cordura, más o menos.
—¿Lo crees? ¿Más o menos? —Empecé a reírme y eso la hizo reír también—. ¿Un apoyo incondicional?
—No puedo decirle a mi Señora que está loca. Si estuvieras loca, eso querría decir que toda tu Casa estaría loca, y que Scott se volvería loco, y no podría soportarlo. No me lo quiero creer porque no quiero que sea posible. Lo que no es algo muy cuerdo para salir de la boca de una psiquiatra.
Íbamos caminando por esa extraña frontera entre la seriedad y la tontería, como viejas amigas. Me sentía bien.
Se inclinó para tomar otro sorbo de brandi y se puso seria de nuevo.
—Esta noche te ha pasado algo —dijo—. No te has vuelto loca, antes de que me lo preguntes, pero todos podemos sentirlo, incluso yo. Pero eso ya es para mañana. Y Pia me hizo prometer que dormirías un poco.
—¿Te dejó aquí para vigilarme?
—Culpable de los cargos, Señoría.
Se movió bajo la manta, hasta quedar de cara a mí en lugar de al fuego y nuestros brazos se entrelazaron con facilidad.
—Si no puedes dormir… —murmuró y levantó su barbilla, para exponer la garganta.
Esto no me iba a hacer dormir.
Sentí la agradable presión de su eukori y lo acogí. Podía sentir su impaciencia, la forma en que su cuello se relajaba, la profunda emoción de la anticipación, el dolor en su mandíbula; todo ello superponiéndose a las sensaciones que yo sentía.
Hundí la cara en el calor de su cuello y dejé que su marca inundara suavemente mis pulmones. Las tensiones del día se habían evaporado, desplazadas por el deseo.
Cosquilleos por todo el cuerpo. Nuestros corazones latiendo contra las costillas. Suaves movimientos contra mí. Su respiración en mi oreja. Placer emanando de nuestros cuerpos con cada latido.
Mi lengua recorriendo su garganta, acariciando, buscando el pulso acelerado bajo su piel.
« Aquí, aquí, aquí » . Me estaba llamando.
Un segundo mi mandíbula latía al compás, al siguiente mis colmillos habían salido y se hundían en su cuello.
Jadeó y me abrazó con fuerza.
Tiré, y el placer me quemó como la lava, incendiando el sensible taryma, la red de canales que llevaba su Sangre desde mis colmillos hasta las glándulas Athanate en la base de mi garganta.
« Síii. Mía. ¡Mía! »
Señora de la Casa. Se supone que debía mantener la calma. El perfume que emanaba de su piel llenó mi nariz y la necesidad de absolverla en mi marca, de hacerlo mío, inundó mi mente.
No se resistió. Su eukori le dijo lo que yo sentía, el aumento del placer, la necesidad abrumadora que incluso había despertado a mi lobo. E incluso así, ella estaba relajada. Se alimentaba de mi placer. Su mano se levantó para acariciar mi pelo.
Qué felicidad.
Cada músculo de mi cuerpo se sentía vivo, pero relajado.
Tanta calidez, tanta comodidad.
Mis colmillos desparecieron y lamí las heridas de su cuello.
De repente, estaba tan cansada.
Eché mi cabeza hacia atrás.
Era su turno.
Mi corazón acelerado se calmó. Poco a poco, del todo.
Extraño.
—Yo… —No podía articular las palabras. Estaba oscureciendo, no podía ver.
—Lo siento —susurró mientras me caía—. Un pequeño truco de la Sangre.