El árbol de los sueños (Amber Farrell 6) Capítulo 32
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Capítulo 32

—Una Amber a punto. Caliente, rosa y mojada. Una monada.

Tuve que reírme.

—¿Qué estás haciendo aquí, Bian?

—Órdenes de Skylur.

—¿Nuestro maestro y señor te ordenó entrar en mi habitación de madrugada?

—Bueno, no exactamente, pero tengo cierta libertad para cumplir con las instrucciones, Ojos Redondos.

Suspiré. Olvídate de dormir.

Me había quedado dormida, de lo contrario me habría dado cuenta de su llegada mucho antes. Pero parece que había acabado de solucionar un marrón y ya me estaba cayendo otro.

¿Qué estaba haciendo mi responsable Athanate local que la obligase a visitarme a una hora en la que ella sabía perfectamente que me encontraría en la cama?

Sangre. O, posiblemente, cuerpo y Sangre.

Se me puso la piel de gallina y los músculos del cuello se me aflojaron por la anticipación.

Esquivé con cuidado a Scott, que estaba tumbado en un lado de la cama, y me senté a los pies, todavía secándome el pelo. Seguía desnuda. Supongo que, llegados a ese punto, ponerme un albornoz no iba a hacer mucho más.

—Vamos a meter a este grandullón en la cama, primero —dijo Bian—. Yo lo cojo y tú organizas las sábanas.

Scott estaba en uno de esos sueños profundos que caracterizan el crusis Athanate y la transición licántropa. Posiblemente podríamos haberle tirado al suelo y no se habría despertado, pero suponía que la cama era lo suficientemente grande, así que también podíamos dejarlo ahí.

Lo levantó y retiré las sábanas, así podría colocarlo bien.

Entonces ella me quitó las sábanas, pero se paró antes de taparlo.

—Bonito —dijo—. Tu nueva subcasa sabe cómo elegirlos. —Inclinó la cabeza mientras le miraba de arriba abajo con un ojo crítico—.Me encantan así, débiles y vulnerables. Es tan agradable.

Me reí.

—Estás siento maleducada, Gatita. Deja al pobre chico tranquilo.

Sonrió y lo arropó.

Como no parecía tener mucha prisa por abalanzarse sobre mí, me puse un albornoz y nos acurrucamos en el sofá semi circular que había delante de la ventana panorámica.

Nunca podía saber con qué Bian estaba. Podía cambiar de seria a juguetona a depredadora en cuestión de tres respiraciones. De momento, esta noche, tenía la versión juguetona. Busqué alguna pista en su rostro y ella también parecía cansada, al borde del agotamiento. Y preocupada.

« ¿Por mí? »

—Felicidades por ganar el desafío y haber superado la emboscada —dijo tranquilamente.

—Ah, bueno. ¿Qué piensa Skylur de todo esto? —Yo conocía esas órdenes: tenía que informar a Skylur de cualquier evento significante que ocurriera en Denver, de día o de noche.

—Está preocupado, y cuando está preocupado, cambia cosas. Creo que está satisfecho de que Félix y Cameron hallan instaurado medidas de protección para ti por parte de los hombres lobo…

—¿Los ha contactado directamente?

« Mierda. En mitad de la noche. Yo iba a dejarlo hasta la mañana; mañana como cuando el sol ya ha salido. »

—Sí.

Pensé en eso. Se supone que yo era el sindesmón, la embajadora entre los licántropos y los Athanate.

Se suponía que Skylur no debería hablar con ellos sobre temas importantes sin que yo estuviera al corriente y hubiera dado mi opinión, o incluso estar presente.

Supongo que, si se lo recriminaba, se escudaría en el argumento de que la conversación era precisamente sobre mí, más que sobre las relaciones Athanate-licántropos.

Tendría que dejarlo pasar.

Bian había esperado, dejándome espacio para pensar. Continuó:

—La seguridad es una preocupación creciente. Escúchame, he iniciado un par de procesos.

—De acuerdo. —Debidamente advertida, me recosté en el sofá con los brazos cruzados y mordiéndome la lengua.

—Acabo de llamar a Víctor Gayle para la seguridad en Manassah.

Gruñí.

Vic se estaba poniendo nervioso por la cantidad de efectivos de seguridad e investigación que su agencia estaba dedicando a proteger una casa que, según podía comprobar su personal, no estaba bajo amenaza.

El propio Víctor sabía que había algún tipo de amenaza, pero sin introducirle a él y a todo su equipo de seguridad al secreto mundo paranormal, no podríamos informarle correctamente.

Y, como Vic había señalado, un equipo de seguridad mal informado sólo está un nivel por encima de no tener seguridad; sin tener en cuenta el peligro al que se enfrentaba su gente.

Otra vez, Bian esperó antes de continuar:

—Así que se van a retirar y volver a su trabajo normal de seguridad e investigación y, en su lugar, Skylur ha asignado algunas de las tropas de Ops 4-10.

—Buena opción —dije. Los veteranos de Ops 4-10 estaban al tanto de los paranormales y se habían presentado voluntarios para unirse—. Pero se suponía que se iban a distribuir por todo el país para proporcionar seguridad a todas las Casas Athanate.

—Y lo harán, pero tú eres la prioridad.

—Me siento halagada.

—Bien —dijo—. También he estado hablando con Alex.

Mi corazón se aceleró. Alex había ido a Haven. ¿Por qué?

—¿Sobre qué?

—Tu nueva y gran manada, tan difícil de gestionar. ¿En qué estabas pensando? —Puso los ojos en blanco.

Ignoré la provocación.

—¿Cuál es el problema con la manada?

—Lo que haces con ellos. Haven se ha transformado en el Hotel Hombre Lobo. Las órdenes de Skylur son que demos a Alex lo que necesite. Lugar para alojar a la manada, empleos, transporte. Lo que pida.

Alex no había tenido tiempo de hablarme de eso. Desde un punto de vista objetivo, por un lado, eran buenas noticias para la manada. Pero por otro…

—¿Cuál es el precio por todo esto?

—¿Desde cuándo te has vuelto tan cínica, Amber?

Me rodeó con un brazo y me acercó a ella para darme un beso rápido y abrazarme.

—Relájate —dijo—.  A pesar de las apariencias, Skylur te considera un elemento vital para sus planes de la Revelación.

Y eso incluye a tus parientes y tu Casa, y tu relación con los hombres lobo, así que también incluye a la manada.

La misma lógica se aplica a establecer una relación con los Adeptos.

Cualquier ayuda que pueda contribuir a unir de nuevo a Tullah y Kaothos está incluida en eso.

No hay ninguna obligación por tu parte, más allá de seguir con lo que estás haciendo.

Siempre y cuando tengas éxito total, claro.

Resoplé.

Pero… los mundos Athanate y licántropo me estaban cuidando. Esa parte me gustaba.

Sin importar las bonitas palabras que Skylur hubiera utilizado, no podían ayudarme con los Adeptos. Eso dependía de mí. Responsabilidad y peligro entrelazados.

—Ahora, en cuanto a mí —dijo Bian y su voz se volvió seductora—, puede que tenga que pedirte un par de favores en algún momento. Pero de momento…

—¿Sí?

Su voz se volvió enérgica y profesional.

—Me gustaría dormir aquí, y me gustaría poder usar el sistema de videoconferencias de Jen por la mañana, dentro de… —Miró su teléfono y suspiró— algo menos de cinco horas.

Cuando dijo « aquí » , supe que se refería en la cama de esta habitación.

—Claro, mi casa es tu casa y todo eso. —Intenté que mi voz fuera lo más normal posible—. ¿Por qué es tan importante esa videollamada?

—Órdenes de Skylur: todas las Casas importantes. —Se levantó, bostezó y se estiró—. Ha elegido un nuevo Diakon y quiere presentarlo.

—¿Ah, sí? Claro. —Mi cansada mente lo entendió: Skylur se había quedado sin Diakon últimamente.

Bian había sido Diakon, al sustituir a Naryn; luego Naryn volvió y entonces Tarez desempeñó el rol en Los Angeles.

Pero ahora los tres estaban en diferentes lugares: Los Angeles, Boston y Denver. No podía prescindir de ellos.

Por un momento, tuve miedo. ¡Yelena!

Pero no. Las Casas Panethus no lo habrían aceptado. Aunque Yelena sólo había estado en las Casas Basilikos como espía, estaba el pequeño detalle de que originalmente era cárpata. No era un buen movimiento político que Skylur la nombrase su Diakon.

No. Iría sobre seguro. Alguien que contentase a la sección Panethus.

—Ve a la cama, Ojos Redondos. —Bian fue al baño y escuché la ducha unos minutos más tarde.

Apagué las luces, me quité el albornoz y me metí bajo las sábanas, en el lado opuesto al de Scott.

Por increíble que parezca, estaba casi dormida cuando Bian volvió, caliente y desnuda, oliendo a mi champú y a la pasta de dientes mentolada de Jen. Como era normal, decidió que quería estar en medio de la cama y pasó por encima de mí.

Cuando terminó, yo ya no estaba dormida, pero ella sólo se acurrucó a mi lado.

Le di un beso en la frente.

Respiré hondo.

—¿Qué quieres que haga, Gatita?

—¿Hmmm? —Su voz sonaba confundida. Entonces cambió a vietnamita, lo que me desconcertó durante un segundo—. Tengo sueño. Cuéntame una historia para ir a dormir, hermana —dijo.

No era lo que esperaba.

Por extraño que parezca, era algo fácil para mí. Cuando aprendí vietnamita en el ejército, una de las técnicas que utilizaba nuestro profesor para enseñarnos los sonidos del lenguaje era hacernos recitar cuentos infantiles de memoria.

Aclaré mi garganta y comencé.

—Hace mucho tiempo, una preciosa princesa vivía en una gran ciudad, una ciudad maravillosa cuyos templos dominaban la bahía donde la Madre de las Aguas se encontraba con el mar infinito y reluciente…

—Me encanta este cuento —murmuró Bian.

—Cada día, cuando el sol se ponía y las brisas frescas comenzaban a soplar hacia la costa, la princesa caminaba descalza sobre la arena suave y escuchaba los cuentos que la Madre de las Aguas traía desde las lejanas montañas nubladas, la extraña tierra donde siempre hacía frío y el viento soplaba día y noche.

Donde la gente cosía sus oraciones en banderas y las colgaba, para que el viento las agitara y las llevara hasta los oídos de los dioses.

—Mmm…

Apenas había llegado a la presentación del feroz dragón rojo que vivía en la cima de aquellas lejanas montañas, y Bian estaba tan profundamente dormida que rivalizaba con Scott.

Yo, por mi parte, estaba completamente despierta.